Wanderer
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Marcos tiene miedo de dormir. Tiene miedo desde hace tres semanas.
Todo empezó una noche. Marcos tiene ocho años y duerme en la cama grande con su madre. Su padre murió hace dos años. Marcos no quiere dormir solo.
Esa noche, Marcos abrió los ojos. Su madre dormía a su lado. Él miró hacia la ventana y vio algo.
Una cara.
La cara era de una mujer. Tenía el pelo largo y negro. Tenía los ojos muy grandes. La cara se parecía a su madre.
Marcos miró a su madre. Ella dormía. Miró otra vez a la ventana. La cara seguía ahí. La cara movía la mano. Le decía «hola».
Marcos cerró los ojos muy fuerte. Cuando los abrió, la cara no estaba. Solo veía la noche por la ventana.
Al día siguiente, Marcos no dijo nada. Pensó que fue un sueño. Un sueño malo, pero solo un sueño.
La segunda noche, la cara volvió.
Marcos estaba en la cama. Su madre dormía. Él miró hacia la ventana y la vio otra vez. La misma cara. El mismo pelo negro. Los mismos ojos grandes.
Esta vez, la cara puso la mano en la ventana. La cara abrió la boca y dijo algo. Marcos no podía escuchar, pero vio lo que decía.
—Abre la ventana.
Marcos sintió frío en todo el cuerpo. Volvió a mirar a su madre. Ella dormía bien. Tan tranquila.
La cara seguía ahí. Movía la mano muy lento. —Abre la ventana.
Marcos se puso bajo las sábanas. No miró más. Escuchó un pequeño sonido en la ventana. Toc, toc, toc.
Por la mañana, Marcos le dijo a su madre:
—Mamá, vi una cara en la ventana.
Su madre le tomó la mano.
—Fue un sueño, mi amor. No hay nada en la ventana. Estamos en el segundo piso. Nadie puede subir hasta aquí.
Marcos quiso creer a su madre. Pero él sabía lo que vio.
La tercera noche, la cara volvió. Y la cuarta. Y la quinta. Cada noche era igual.
Marcos se despertaba. Su madre dormía a su lado. Él miraba la ventana. Y la cara estaba ahí. La cara que se parecía a su madre. La cara que decía «abre la ventana».
Marcos nunca abrió la ventana.
Una noche, Marcos le preguntó a la cara:
—¿Quién eres?
La cara no respondió. Solo abrió más la boca. Su boca era muy grande. Demasiado grande.
Otra noche, Marcos miró bien la cara. Era casi igual a su madre. Casi. Pero había algo malo. Los ojos eran demasiado grandes. La boca era demasiado ancha. La piel era demasiado blanca.
Marcos empezó a tener miedo de su propia madre. Durante el día, miraba a su madre y veía la cara de la ventana. Pero su madre era buena. Su madre lo quería. Su madre era real.
La cosa de la ventana era fría. Marcos lo sabía sin estar cerca. Era fría y mala.
Pasaron dos semanas. La cara venía cada noche. Marcos no dormía bien. Tenía los ojos rojos. No comía mucho. Su madre estaba preocupada.
—¿Qué te pasa, Marcos? Estás muy cansado.
—No es nada, mamá.
No podía decir la verdad. ¿Cómo podía decir que una cosa con la cara de su madre venía cada noche a la ventana?
Anoche fue diferente.
Marcos abrió los ojos a las tres de la mañana. El lado de su madre en la cama estaba vacío. La cama estaba fría.
Marcos sintió mucho miedo. ¿Dónde estaba su madre?
Miró hacia la ventana. Su corazón casi se paró.
La ventana estaba vacía. No había ninguna cara. Por primera vez en semanas, no había nada.
Marcos salió de la cama. La casa estaba en silencio. Demasiado silencio.
—¿Mamá?
No hubo respuesta.
Marcos caminó hacia la puerta. Todo estaba negro. Muy negro.
—¿Mamá? ¿Dónde estás?
Nada.
Marcos bajó las escaleras. Cada paso hacía un pequeño sonido.
La cocina estaba vacía. El baño estaba vacío. El salón estaba vacío.
Entonces, escuchó algo. Venía de la puerta de la casa. Un pequeño sonido. Toc, toc, toc.
Marcos caminó hacia la puerta. Su corazón iba muy rápido.
Toc, toc, toc.
Marcos llegó a la puerta. Puso la mano sobre ella.
—¿Mamá? ¿Eres tú?
Silencio. Y después, una voz. La voz de su madre. Pero algo estaba mal. La voz era demasiado dulce. Demasiado perfecta.
—Sí, mi amor. Soy yo. Abre la puerta.
Marcos miró la pequeña ventana de la puerta. Estaba muy negro fuera. No podía ver nada.
—Abre la puerta, mi amor. Hace mucho frío aquí fuera.
La mano de Marcos estaba sobre la puerta. La mano le temblaba.
—Mamá… ¿por qué estás fuera?
No hubo respuesta. Y después, muy lento, una cara apareció en la pequeña ventana de la puerta.
La cara de su madre. Los ojos demasiado grandes. La boca demasiado ancha. Demasiado blanca.
—Abre la puerta.
Detrás de Marcos, una luz se encendió. Marcos volvió la cabeza. Su madre estaba ahí. Su madre de verdad. Con los ojos llenos de miedo.
—Marcos, ¿qué haces? ¿Por qué estás en la puerta?
Marcos miró a su madre. Miró la puerta. Volvió a mirar a su madre.
—Mamá… hay algo en la puerta.
Su madre caminó hacia la puerta. Miró por la pequeña ventana.
—No hay nada, Marcos. Solo la noche.
Marcos miró. Su madre tenía razón. No había nada. Solo lo negro de la noche.
Pero en el cristal de la ventana, había algo. Cinco pequeñas marcas. Como dedos. Como si alguien hubiera puesto los dedos en el cristal desde fuera.
Su madre miró las marcas. Su cara se puso blanca.
—Marcos… ve a tu cuarto. Ahora.
Marcos subió las escaleras. Entró en el cuarto. Se metió en la cama.
Y entonces lo vio.
En la ventana de su cuarto, la cara estaba ahí. Pero esta vez no pedía que abriera la ventana.
Esta vez, la cara sonreía.
Y en la noche, desde la puerta de abajo, Marcos escuchó un nuevo sonido. No era toc, toc, toc.
Era la voz de su madre.
—¡Marcos! ¡No abras nada! ¡Marcos!
Y después, silencio.
La cara en la ventana seguía sonriendo.
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