Los Niños

No hay niños en este pueblo. Eso dice mi vecina. Pero yo los veo cada día en el parque a las tres de la tarde. Cinco niños. Dos niñas con vestidos blancos. Tres niños con ropa vieja. Y siempre me miran cuando paso.

Me mudé aquí hace dos semanas. Quería un lugar tranquilo para descansar. Lo encontré. Demasiado tranquilo. Las calles están vacías. Las casas parecen dormidas. Pero el parque tiene vida. Allí juegan los niños. Sus voces suenan extrañas, como si vinieran de muy lejos.

Hoy me levanté temprano y bajé al parque. Quería verlos de cerca. Quería escuchar sus voces. Pero cuando llegué, el parque estaba vacío. Solo había árboles viejos y una silla que se movía sola con el viento.

Volví a mi casa confundido. Me senté junto a la ventana y miré otra vez. Los niños estaban allí. Jugando. Corriendo. Una niña me miró y levantó la mano. Me saludó. Un frío me recorrió el cuerpo.

Mi vecina se llama Rosa. Es una mujer vieja que vive sola en la casa de al lado. Esa tarde, la vi en su jardín.

—Buenos días, Rosa —dije—. Los niños del parque… ¿son del pueblo?

Rosa dejó de trabajar. Me miró con ojos serios.

—¿Niños? No hay niños en este pueblo.

—Pero yo los veo cada día. Juegan en el parque a las tres.

Rosa se acercó a mí. Su cara estaba blanca como la nieve.

—No hay niños aquí. No desde hace cincuenta años.

Pensé que estaba loca. Esa noche me acosté temprano, pero no pude dormir. Tuve sueños malos. Vi niños que jugaban en la oscuridad. Sus ojos brillaban en la noche como estrellas frías.

Al día siguiente, fui al parque otra vez. Los niños estaban allí. Todos me miraron cuando entré.

—Hola —dije, nervioso—. ¿Cómo se llaman?

Una niña con pelo negro se acercó. Tenía una sonrisa fría.

—¿Quieres jugar con nosotros? —preguntó.

Su voz sonaba extraña. Como si viniera de otro tiempo. De otro mundo.

—¿Dónde viven? —pregunté.

La niña no respondió. Solo sonrió más. Los otros niños se acercaron también. Sus ojos estaban vacíos. Sin vida. Sin luz.

Corrí a mi casa. Mi corazón latía muy rápido. Cerré la puerta y miré por la ventana. El parque estaba vacío otra vez. Como si los niños nunca hubieran estado allí.

Esa noche, alguien tocó mi puerta. Eran las tres de la mañana. Abrí sin pensar. No había nadie. Pero escuché voces de niños en la oscuridad. Risas frías. Pasos pequeños.

Al día siguiente, fui a la biblioteca del pueblo. Busqué periódicos viejos sobre la historia del lugar. Una mujer me ayudó a encontrarlos.

Y entonces lo vi. Un artículo de hace cincuenta años: «Cinco niños mueren en fuego en el parque».

El artículo tenía una foto. Cinco niños. Dos niñas con vestidos blancos. Tres niños. Los mismos niños que yo veía cada día.

El periódico cayó de mis manos.

La mujer de la biblioteca me miró con ojos tristes.

—Muchas personas los ven —dijo en voz baja—. Los niños nunca se fueron. Todavía juegan en el parque. Todavía buscan a alguien que juegue con ellos. Y cuando encuentran a esa persona… no la dejan ir. Nunca.

Volví a mi casa corriendo. Hice mi maleta. Tenía que salir de este pueblo. Ahora. Antes de que fuera tarde.

Pero cuando miré por la ventana, los niños estaban allí. No en el parque. Estaban frente a mi casa. Todos me miraban con sus ojos muertos. La niña del pelo negro levantó la mano. Saludó.

Y entonces, todos empezaron a caminar hacia mi puerta.

Ahora escucho sus pasos en la escalera. Escucho sus risas detrás de mi puerta. Están aquí. Quieren jugar conmigo. Sé que no me van a dejar ir.

Los niños muertos siempre necesitan un amigo más.

Y yo voy a jugar con ellos para siempre.

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