Las Paredes que Respiran

Las paredes respiran. Mi padre dice que es el viento. Pero el viento no tiene hambre.

La primera noche en la casa nueva, algo me despertó. Me senté en la cama y escuché. El silencio era total. Pero entonces lo sentí: las paredes se movían. Entraban y salían, como si la casa respirara.

—Papá —llamé en voz baja.

Mi padre vino a mi habitación minutos después.

—¿Qué pasa, mi amor?

—Las paredes —dije—. Se mueven.

Mi padre sonrió y miró las paredes. Todo estaba quieto ahora.

—Es el viento, Ana. Las casas viejas hacen ruidos. Vuelve a dormir.

Pero yo sabía la verdad. Las paredes no hacen ruidos. Las paredes no respiran. Algo dentro de ellas sí.

Los días pasaron. Observaba las paredes durante el día. Parecían normales. Pero cada noche, después de las doce, empezaban a moverse otra vez.

Una noche, puse mi mano en la pared de mi dormitorio. Estaba caliente. Latía como un corazón.

Grité.

Mi madre llegó corriendo.

—¡La pared está viva! —dije.

Mi madre tocó la pared. Fría. Quieta. Normal.

—Ana, es tu imaginación. Esta casa es vieja, pero segura. Tu padre la compró porque era barata. Nada malo puede pasar aquí.

No dije nada más. Pero esa noche no dormí.

Una semana después, encontré algo en el sótano.

Había bajado a buscar una caja con mis cosas viejas. Las escaleras estaban oscuras. El aire olía a tierra y a algo más. Algo podrido.

En una esquina del sótano, vi un agujero en la pared. Era pequeño, del tamaño de mi mano. Pero dentro del agujero, algo brillaba.

Me acerqué despacio. Miré dentro.

Un ojo me miraba.

Grande. Amarillo. Hambriento.

Corrí. Subí las escaleras tan rápido como pude. No miré atrás.

Esa noche, las paredes respiraron más fuerte que nunca. La casa entera se movía. Podía escuchar algo dentro de las paredes. Algo que se arrastraba. Algo que tenía hambre.

—Nos vamos de esta casa —dije a mis padres la mañana siguiente.

Mi padre dejó el café en la mesa.

—Ana, ya hablamos de esto. No hay nada malo con la casa.

—Hay algo en las paredes. Lo vi. Tiene ojos amarillos y nos está mirando. Tiene hambre, papá. Tiene mucha hambre.

Mis padres se miraron. Mi madre suspiró.

—Ana, los monstruos no existen. Las paredes no respiran. Estás nerviosa porque la casa es nueva. Pronto te sentirás mejor.

Pero vi algo que mis padres no vieron. Detrás de ellos, la pared de la cocina se movió. Solo un poco. Como si algo dentro escuchara nuestra conversación.

Esa noche, no dormí en mi cama. Me escondí en el armario con una lámpara pequeña y esperé.

A las tres de la mañana, escuché pasos. No venían del pasillo. Venían de dentro de las paredes.

Algo caminaba dentro de la casa. Algo grande.

Los pasos se detuvieron frente a mi habitación. Dejé de respirar.

Entonces, la pared empezó a abrirse.

No como una puerta. La pared se abrió como una boca. Dentro había oscuridad total. Y en esa oscuridad, dos ojos amarillos brillaban.

Quería gritar, pero no podía. El miedo me paralizaba.

Una voz salió de la oscuridad. Era la voz de mi padre. Pero no era mi padre.

—Ana —dijo la voz—. Ven aquí, mi amor. Tengo hambre.

Cerré los ojos con fuerza. Cuando los abrí, la pared estaba normal otra vez. Los ojos habían desaparecido.

Pero algo había cambiado.

El armario de mis padres… estaba abierto. Y vacío.

Bajé las escaleras despacio. La casa estaba en silencio. Demasiado silencio.

—¿Mamá? —llamé—. ¿Papá?

Nadie respondió.

En la cocina, encontré el café de mi padre. Todavía caliente. Pero mis padres no estaban.

Miré las paredes de la cocina. Se movían suavemente. Entraban y salían. Respiraban. Y ahora parecían más grandes que antes.

Y entonces lo entendí todo.

La casa no tenía algo dentro de las paredes. La casa era el monstruo. Y el monstruo acababa de comer.

Corrí hacia la puerta principal. Pero cuando toqué la puerta, sentí algo. Estaba caliente. Latía.

La puerta no se abría.

Detrás de mí, todas las paredes empezaron a moverse. La casa respiraba más rápido ahora. Más fuerte. Tenía más hambre.

Grité.

Pero nadie me escuchó.

Las casas viejas hacen ruidos, dicen los vecinos cuando pasan por aquí. Nada más.

Pero a veces, muy tarde en la noche, pueden escuchar a una niña que llora dentro de las paredes.

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