Wanderer
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La primera vez que María escuchó la voz, pensó que era un sueño. Pero no era un sueño. La voz era real. Y sabía su nombre.
La casa era vieja. Tenía muchas habitaciones, un jardín grande, y una puerta que siempre estaba cerrada. La puerta llevaba a la parte más baja de la casa. Un lugar oscuro. Un lugar sin luz.
Los niños, María y Pablo, preguntaban sobre esa puerta.
—Madre, ¿qué hay ahí? —preguntó María una noche durante la cena.
Su madre no miró a los niños. Ella siguió comiendo.
—No hay nada —dijo ella—. Solo cosas viejas.
—¿Podemos ver? —preguntó Pablo.
—No —dijo su padre. Su voz era muy seria. —La puerta está cerrada. Siempre.
Los niños no preguntaron más. Pero esa noche, María no podía dormir. Escuchaba algo. Algo pequeño que venía de la parte más baja de la casa.
Toc. Toc. Toc.
Ella pensó que era el viento. Cerró los ojos.
Toc. Toc. Toc.
El sonido no terminaba. María abrió los ojos. Miró hacia la puerta de su habitación. El sonido venía de la parte más baja.
Ella caminó hacia la habitación de Pablo.
—¿Escuchas eso? —preguntó ella.
Pablo estaba en su cama. No dormía. Sus ojos eran grandes y tenía miedo.
—Sí —dijo él—. Viene de la puerta.
Juntos, bajaron la escalera. La casa estaba oscura y fría. Los niños caminaron lento hacia la puerta.
Toc. Toc. Toc.
Algo hacía eso desde el otro lado.
—Hay alguien ahí —dijo Pablo.
María puso su oreja en la puerta. Escuchó algo. Y después, una voz. La voz de un niño.
—María…
Ella corrió lejos de la puerta. La voz sabía su nombre.
—Pablo…
Su hermano escuchó su nombre también. Los dos niños se miraron con mucho miedo.
—¿Quién eres? —preguntó María.
No hubo respuesta. Solo silencio.
Y después, la voz dijo: —Abre la puerta. Por favor. Tengo frío. Tengo mucho frío.
Los niños corrieron hacia sus padres. Entraron en su habitación.
—¡Hay alguien ahí! —dijo María—. ¡Un niño! ¡Sabe nuestros nombres!
Su madre salió de la cama. Su cara estaba blanca.
—Vayan a dormir —dijo ella. Pero su voz tenía miedo.
—¿Quién está ahí? —preguntó Pablo.
Su padre puso luz en la lámpara. Miró a los niños con ojos cansados.
—No hay nadie ahí —dijo él—. Era un sueño.
—¡No fue un sueño! —dijo María—. ¡Los dos lo escuchamos!
Sus padres se miraron. Había algo que ellos no decían. María lo sabía.
—A dormir —dijo su madre—. Ahora.
Los días pasaron. Pero cada noche, las voces volvían. Toc. Toc. Toc. Y el niño que llamaba sus nombres. A veces era un niño. A veces era una niña. Pero siempre los mismos nombres. María. Pablo.
María quería saber la verdad. Una tarde, cuando sus padres no estaban en casa, ella buscó algo para abrir la puerta. Encontró una cosa pequeña en el armario de sus padres. Una llave.
Su corazón iba muy rápido. Bajó la escalera. Pablo la siguió.
—María, no lo hagas —dijo él—. Tengo miedo.
—Necesito saber —dijo ella.
Puso la llave en la puerta. La puerta se abrió.
Había una escalera que iba hacia lo oscuro. María usó su teléfono para tener luz. Bajó los primeros pasos. El lugar era muy frío. El aire era malo.
Y entonces lo vio.
En una parte de la habitación había fotos. Fotos de niños. Muchos niños. Y en cada foto, un nombre escrito.
María. Pablo. Los mismos nombres. Pero las fotos eran viejas. Muy viejas. De hace muchos años.
María no sabía qué pensar. ¿Cómo podían tener sus nombres?
Entonces escuchó la voz. Cerca. Muy cerca.
—Ahora lo sabes.
Miró. No había nadie. Solo la oscuridad.
Y la puerta se cerró sola.
María corrió hacia la puerta. Estaba cerrada. Puso sus manos en la puerta.
—¡Pablo! ¡Ayuda!
Pero Pablo no respondió.
En la oscuridad, escuchó algo cerca de ella. Muy cerca. Pasos pequeños. Y la voz de niño dijo:
—No tengas miedo. Pronto vas a estar con nosotros. Como todos los otros. Como todos los que vinieron antes.
Las fotos. Los niños de las fotos. María lo sabía todo ahora.
La casa no era solo vieja. La casa tenía hambre. Y cada cierto tiempo, buscaba niños nuevos. Niños con los mismos nombres. Siempre los mismos nombres.
María. Pablo.
La luz de su teléfono se apagó. En la oscuridad total, sintió una mano fría tomar la suya. Una mano pequeña. Una mano de niño.
—Bienvenida —dijo la voz—. Ahora eres una de nosotros.
Y arriba, sus padres llegaron a casa. Miraron la puerta abierta. Y la cerraron otra vez. Como siempre hacían.
Como siempre hacían.
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