A Las Tres de la Mañana

Cada noche me despierto a las tres de la mañana. Alguien está de pie frente a mi puerta. Esta noche, la puerta está abierta.

Pero debo empezar por el principio.

La primera vez que pasó, pensé que era el viento. Algo golpeaba mi ventana. Me levanté, miré hacia fuera, pero no vi nada. Volví a la cama y cerré los ojos.

Entonces lo escuché. Pasos. Lentos en el pasillo. Se pararon frente a mi puerta.

No me moví. No respiré. Después de un momento, los pasos se fueron. Cuando llegó la luz del día, pensé que fue solo un sueño.

Pero la segunda noche, pasó otra vez.

Las tres de la mañana. Los ojos abiertos. Y allí, bajo mi puerta, una sombra negra. Algo estaba de pie del otro lado. Podía ver los pies que bloqueaban la luz del pasillo.

Esa noche no dormí más.

Por la mañana, le pregunté a mi madre si ella caminaba por la noche. Dijo que no. Le pregunté a mi padre. También dijo que no. Mi hermana pequeña solo tiene seis años y duerme mucho.

La noche tres, puse una silla contra la puerta.

Las tres de la mañana llegaron como siempre. Me desperté con el corazón rápido. La sombra estaba allí otra vez, pero ahora era más grande. Llenaba todo el espacio bajo la puerta.

Entonces escuché algo nuevo. Una voz muy baja, como el viento entre los árboles. Pero no era el viento.

Era mi nombre.

La noche cuatro, no pude dormir. Me quedé despierto mirando la puerta, esperando. A las tres, la sombra volvió. Esta vez, la puerta empezó a moverse. Lento. Muy lento. Alguien quería entrar.

La silla funcionó. La puerta no se abrió.

Cuando el sol salió, caminé por toda la casa buscando algo. Subí a la parte de arriba. Encontré fotos viejas de mi familia. Pero había una foto que nunca había visto.

Era de un hombre. Tenía mi misma cara. En la parte de atrás de la foto había una fecha: marzo de mil novecientos cincuenta y dos. Y un nombre: Daniel.

Le mostré la foto a mi abuela. Su cara se puso blanca como la nieve.

—No deberías tener eso —dijo ella—. Daniel era el hermano de tu abuelo. Murió en esta casa. En tu habitación.

—¿Cómo murió? —pregunté.

Mi abuela no quiso responder. Pero vi el miedo en sus ojos.

Esa noche, la cinco, puse más cosas contra la puerta. Una mesa. Libros grandes. Todo lo que pude encontrar.

Las tres de la mañana. Todo estaba en silencio. No había sombra. No había voz. Por primera vez en cinco noches, nada pasó.

Pensé que había terminado.

Entonces miré hacia la ventana.

Estaba abierta. Las cortinas se movían con el viento frío. Y en la parte más oscura de mi habitación, donde la luz de la luna no llegaba, había algo. Una forma negra. Sin movimiento.

Quise gritar, pero no pude.

La forma se movió hacia mi cama. Cada paso era lento. Ahora podía ver mejor. Era un hombre. Alto. Delgado. Con mi misma cara.

—Cinco noches esperé —dijo Daniel con una voz seca—. Cada noche más cerca. La puerta nunca importó. Solo quería que supieras que venía.

Quise correr, pero mis piernas no se movían.

—No tengas miedo —dijo muy bajo, ahora al lado de mi cama—. Pronto vas a estar conmigo. Para siempre.

La luz de la luna llegó a su cara. Tenía los ojos vacíos. Negros. Sin nada dentro.

Grité. Esta vez sí pude.

Mi madre entró corriendo. Puso la luz. La habitación estaba vacía. La ventana cerrada.

—Fue un mal sueño —dijo ella, con sus brazos sobre mí.

Pero yo sabía la verdad. No fue un sueño. Daniel estuvo aquí. Y va a volver.

Ahora es la noche seis. Son las dos y cincuenta y nueve. Estoy escribiendo esto porque no sé si voy a ver la mañana.

La puerta de mi habitación está cerrada. La silla está en su lugar. La ventana también está cerrada.

Pero hay algo diferente esta noche.

Daniel ya no está afuera.

Puedo sentirlo. Aquí. En lo oscuro de mi habitación. Esperando. Su voz está en mi cabeza ahora.

Miro el reloj.

Las tres de la mañana.

Ya llegó.

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