Wanderer
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Era sábado por la mañana. Elena estaba en la cocina haciendo café mientras el sol entraba por la ventana. Todo parecía perfecto. Su esposo, Daniel, dormía en el dormitorio. Se habían casado hace tres meses. Elena era feliz.
Entonces, alguien llamó a la puerta.
Elena dejó el café y caminó hacia la puerta. No esperaba a nadie. Abrió y se quedó sin palabras.
Vio su propia cara. Pero esta cara era vieja. Esta cara tenía veinte años más.
Una mujer estaba frente a ella. Tenía el pelo gris y muchas líneas en la cara. Pero sus ojos… Elena conocía esos ojos. Eran sus propios ojos.
—¿Quién eres? —preguntó Elena. Su voz temblaba.
La mujer la miró con ojos tristes. —Soy tú. Veinte años después.
Elena dio un paso atrás. —Eso es imposible.
—Lo sé. Pero es verdad. —La mujer entró en la casa sin esperar—. He venido para salvar tu vida.
Elena sentía frío en todo el cuerpo. La mujer tenía su misma nariz, sus mismas manos. Era como mirar en un espejo del futuro.
—¿Salvar mi vida? —preguntó Elena—. Mi vida es muy buena.
La mujer cerró los ojos. —Eso pensaba yo también. A tu edad.
En ese momento, Daniel entró en la cocina. Llevaba una camiseta vieja y tenía el pelo mal. —¿Quién es? —preguntó con voz de sueño.
La mujer se quedó helada. Su cara se puso blanca como papel. Sus manos empezaron a temblar.
—No —dijo ella—. No, no, no. Llegué demasiado tarde.
—¿Qué pasa? —preguntó Elena—. ¿Qué tiene que ver Daniel?
La mujer se dejó caer en una silla. Su cuerpo no paraba de moverse. —Él. Él es el problema.
Daniel miraba a la mujer con ojos fríos. —¿Quién es esta loca? ¿Qué hace en nuestra casa?
—No hables —dijo la mujer. Su voz era como hielo—. Sé quién eres. Sé lo que vas a hacer.
Elena se puso entre ellos. —Dímelo todo. ¿Qué va a pasar?
La mujer la miró. Tenía agua en los ojos. —En cinco años, él va a cambiar. Va a ser otra persona. Va a tomar todo tu dinero. Va a destruir tu trabajo. Va a hacerte creer que tú eres el problema. Que tú estás loca.
—Eso no es verdad —dijo Daniel. Caminó hacia Elena y puso una mano en su brazo—. No escuches a esta mujer. Tiene problemas en la cabeza.
—¿Ves? —dijo la mujer—. Así empieza. Siempre dice que los demás están mal. Nunca él.
Elena miró a Daniel. Luego miró a la mujer del futuro. Su corazón iba muy rápido.
—Pero ya me casé con él —dijo Elena—. ¿Qué puedo hacer?
La mujer se levantó. —Todavía puedes irte. Antes de que sea tarde.
—¡Esto es una locura! —Daniel levantó la voz—. Elena, no puedes creer a esta mujer.
Pero Elena había visto algo. Cuando la mujer habló de dinero, los ojos de Daniel cambiaron. Solo un segundo. Pero Elena lo vio.
Era la misma forma de mirar que tenía cuando hablaba del dinero de su padre. La misma mirada fría. La misma cara de hambre.
—Daniel —dijo Elena con voz tranquila—. ¿Por qué nunca me dejas ver tus cuentas del banco?
Daniel se quedó sin palabras. Su cara cambió. Por primera vez, Elena vio algo oscuro detrás de sus ojos. Algo que siempre había estado allí.
—Elena, por favor…
—Responde —dijo Elena.
La mujer puso una mano en la espalda de Elena. —No necesitas su respuesta. Ya sabes la verdad.
Elena miró a la mujer que era su futuro. Veinte años de dolor vivían en su cara. Veinte años de error.
—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Elena.
—Gasté todo lo que me quedaba. Encontré a alguien que podía hacerlo. —La mujer dio una pequeña sonrisa—. Era mi última oportunidad. Para salvarte.
Elena respiró. Miró a Daniel. Él parecía nervioso ahora. Pequeño.
—Gracias —dijo Elena a la mujer—. Gracias por venir.
La mujer empezó a desaparecer. Su cuerpo se volvía claro como el agua.
—No cometas mi error —dijo mientras se iba—. No lo cometas.
Y entonces se fue. Como si nunca hubiera estado allí.
Elena se quedó sola con Daniel. El café estaba frío sobre la mesa. El sol ya no parecía tan bonito.
—Elena —dijo Daniel con su mejor sonrisa—. Eso fue muy raro. ¿Verdad?
Elena lo miró. Ya no veía al hombre de quien se había enamorado. Veía a un desconocido con hambre en los ojos.
—Voy a salir —dijo Elena—. No me sigas.
Caminó hacia la puerta. Esta vez, ella era quien se iba. Esta vez, ella controlaba su futuro.
Detrás de ella, Daniel llamaba su nombre. Pero Elena ya no escuchaba.
Cerró la puerta. El sol le dio en la cara.
Tenía veinte años para vivir de verdad. Y esta vez, los iba a vivir bien.
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