La Niña del Agua

Llueve. Y cuando llueve, mi hija muerta viene a mi puerta.

Hace diez años, el río se llevó a mi Elena. Tenía siete años. Yo estaba en la cocina, haciendo la cena. Ella estaba en el jardín, jugando cerca del agua. Escuché su voz. Corrí hacia el río. Pero llegué tarde. Demasiado tarde.

Después de eso, dejé de vivir. Mi casa se volvió un lugar de silencio. Mi corazón se volvió frío. Los días pasaban, pero yo no sentía nada. Solo veía su cara en mis sueños. Solo escuchaba su voz en el viento.

Entonces, un día de octubre, empezó la lluvia.

Yo estaba en el salón, mirando por la ventana. El jardín estaba lleno de agua. Los árboles se movían con el viento fuerte.

Y entonces la vi.

Una niña estaba frente a mi puerta. Tenía el pelo negro. Llevaba un vestido blanco. Me miraba con ojos grandes y negros. El agua caía sobre ella.

Era mi hija. Era Elena. Pero Elena murió hace diez años. Elena tenía siete años cuando murió. Y esta niña también tenía siete años.

Abrí la puerta. Mis manos no podían parar de moverse. La lluvia me tocó la cara. La niña me miró y me dio una gran sonrisa.

—Madre —dijo ella—. Tengo mucho frío.

Su voz era igual. Todo era igual.

La llevé dentro de la casa. Le di ropa nueva. Le di chocolate con leche. Ella se sentó en el sofá y bebió poco a poco. No hablaba mucho. Solo me miraba con esos ojos que yo conocía tan bien.

—¿De dónde vienes? —le pregunté.

—Del agua —dijo ella.

Esa noche, dormí mejor que en diez años. Mi hija estaba en casa. Mi Elena había vuelto.

Pero cuando me desperté, ella no estaba.

La busqué por toda la casa. La busqué en el jardín. La busqué cerca del río. Pero no había nada. Solo el sol sobre la tierra.

Pensé que había sido un sueño. Un sueño bueno y malo al mismo tiempo.

Pero tres días después, la lluvia volvió.

Y ella volvió.

Esta vez, cuando abrí la puerta, corrí hacia ella. La tomé en mis brazos con mucha fuerza. Ella tenía el olor de la lluvia y del río. Tenía el olor de algo viejo. Pero también tenía el olor de mi hija.

—¿Por qué te vas cuando la lluvia termina? —le pregunté.

Ella me miró con ojos tristes. —Porque soy del agua, madre. No puedo vivir sin ella.

Pasamos toda la tarde juntas. Le leí libros. Le dije las palabras de viejas canciones. Ella me habló de historias del lugar donde vivía. Hablaba de un mundo bajo el agua. Un mundo frío y negro, pero también bonito. Un mundo donde el tiempo no existe.

—¿Eres feliz allí? —le pregunté.

—Estoy esperando —dijo ella—. Te estoy esperando a ti, madre.

La lluvia terminó temprano. Y cuando me desperté, ella había ido otra vez.

Empecé a esperar la lluvia. Miraba el cielo todos los días. Buscaba nubes. Cuando veía una nube gris, mi corazón se sentía mejor.

Y entonces algo raro empezó a pasar.

Empezó a llover más.

Primero, una vez por semana. Luego, dos veces. Luego, tres. La gente del pueblo empezó a hablar. Decían que el tiempo estaba cambiando. Decían que era algo del mundo de hoy.

Pero yo sabía la verdad.

Cada vez que había lluvia, Elena venía. Y cada vez, ella se quedaba un poco más. La lluvia no terminaba tan rápido. Los ríos subían más alto. El agua iba a más lugares.

Una noche, mientras la lluvia caía, Elena me tomó la mano.

—Madre —dijo ella—, pronto la lluvia no va a terminar.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Quiero estar contigo siempre —dijo ella—. Y tú quieres estar conmigo. El agua lo sabe. El agua escucha lo que quieres.

Miré por la ventana. El jardín ya no estaba. Solo había agua por todos los lados. El río había crecido tanto que llegaba hasta mi casa.

—El agua viene por ti, madre —dijo Elena—. Como vino por mí hace diez años.

Sentí miedo. Pero también sentí otra cosa. Sentí paz.

Hace diez años, perdí a mi hija. Cada día desde entonces ha sido dolor. Cada noche he estado sola. Pero ahora, mirando el agua que sube, mirando a mi Elena que me da una sonrisa, sé lo que tengo que hacer.

La lluvia cae sin parar.

El agua llega hasta la puerta.

Elena me da la mano.

—Ven conmigo, madre —dice—. El agua está buena. El agua es casa.

Abro la puerta.

El agua entra.

Y por primera vez en diez años, siento a mi hija en mis brazos.

Nunca más voy a estar sola.

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