Las Lágrimas Que Saben

Mi abuela nunca llora. Nunca. Por eso, cuando entro en su casa y veo las lágrimas en su cara, sé que algo muy malo va a pasar.

Ella sabe cosas. Cosas que van a pasar. La gente dice que está loca. Dicen que quiere atención. Por eso mi abuela no habla del futuro. Solo llora.

Pero yo sé la verdad. He visto sus ojos cuando mira a alguien. He visto cómo sus manos se mueven antes de que las lágrimas caigan.

Hoy es domingo. Siempre voy a verla los domingos. Comemos juntos.

Pero hoy es diferente.

Hay un olor a café y a pan. Mi abuela me mira y hay algo raro en sus ojos. Algo que no quiero ver.

—Hola, mi niño —dice ella.

—Hola, abuela —respondo—. ¿Cómo estás?

—Bien, bien —dice muy rápido. Demasiado rápido.

Nos sentamos a comer. El pan está muy bueno. Pero mi abuela no come. Solo me mira.

—¿Pasa algo? —pregunto.

—No, nada —dice ella. Pero sus manos se mueven.

—Abuela —digo—. Quiero preguntarte algo.

Ella se pone blanca. Sus manos dejan de moverse.

—¿Qué quieres saber? —su voz es muy baja.

—Quiero saber mi futuro.

No hay sonido en la casa. Solo el reloj. Tick. Tick. Tick.

—No —dice mi abuela—. No puedo.

—Por favor —digo—. Voy a casarme el mes que viene. Quiero saber si todo va a estar bien.

Mi abuela cierra los ojos. Su boca se mueve, pero no dice nada. Cuando abre los ojos, hay lágrimas.

—Abuela, ¿qué ves?

Una lágrima cae por su cara. Luego otra. Y otra.

—No puedo decirte —dice—. No puedo.

Me levanto. Voy hacia ella. Me pongo a su lado.

—Abuela, por favor. Sea lo que sea, quiero saberlo.

Ella toma mi cara con sus manos. Sus dedos están fríos. Muy fríos.

—Mi niño —dice entre lágrimas—. Mi querido niño.

Ahora tengo mucho miedo.

—¿Voy a morir? —pregunto—. ¿Es eso?

Mi abuela dice que no con la cabeza.

—No vas a morir. Es peor.

—¿Peor? ¿Qué puede ser peor que morir?

Ella no responde. Solo llora. Sus lágrimas caen sobre mis manos. Están calientes. Demasiado calientes.

Entonces, algo pasa. Donde caen las lágrimas de mi abuela, mi piel tiene luz. Una luz de oro.

—¿Qué es esto? —digo con voz alta.

Mi abuela se va de mí. Me deja ir.

—Tú tienes el poder —dice con voz rota—. El mismo poder que yo.

La luz de oro sube por mis brazos. Puedo sentirla dentro de mí. Es como fuego, pero no me quema. Es como agua fría, pero no me congela.

—¿El poder? —digo—. ¿Yo puedo ver el futuro?

Mi abuela dice que sí con la cabeza.

—Sí. Y ahora que el poder ha comenzado, vas a ver cosas. Cosas muy malas. Vas a saber cosas que no quieres saber. Vas a ver la muerte de las personas que amas. Vas a verlo todo. Y no vas a poder decir nada. Nadie te va a creer.

La luz de oro llega a mis ojos. Y entonces, veo.

Veo a mi madre en un hospital. Veo a mi padre solo, con lágrimas. Veo a mi hermana con un vestido negro. Veo una piedra con un nombre. No es mi nombre. Es el nombre de mi futura mujer.

Caigo al suelo. Lo que veo no para.

Veo guerras. Veo fuego. Veo ciudades vacías. Veo el fin de todo.

Mi abuela me toma en sus brazos. También llora.

—Lo siento —dice una y otra vez—. Lo siento mucho, mi niño. Este es tu futuro. Vas a vivir muchos años. Pero vas a ver todo el dolor del mundo. Y no vas a poder hacer nada.

Lo que veo termina. Estoy en el suelo de la cocina. Mi abuela está a mi lado. Fuera, el sol sigue. El mundo sigue.

Pero yo ya no soy el mismo.

—¿Por qué no me dijiste antes? —pregunto.

—Porque tenía esperanza —dice mi abuela—. Esperanza de que el poder no fuera a ti. Pero hoy, cuando entraste, vi la luz en tus ojos. Supe que era tu momento.

Me levanto poco a poco. Miro mis manos. Ya no tienen luz. Pero puedo sentir el poder dentro de mí. Esperando.

—¿Qué hago ahora? —pregunto.

Mi abuela toma mi mano.

—Vives —dice—. Amas. Porque sabes cuánto tiempo te queda. Sabes qué va a pasar. Por eso, cada segundo es importante.

Miro por la ventana. El sol comienza a bajar.

—¿Alguna vez ves cosas buenas? —pregunto.

Mi abuela me mira. Hay tristeza en sus ojos, pero también hay amor.

—A veces —dice—. A veces veo amor. Veo felicidad. Veo momentos perfectos.

El café ya está frío. El pan ya está duro. Pero estoy aquí. Con mi abuela. En este momento.

Y ahora entiendo por qué mi abuela nunca llora.

Porque cuando sus lágrimas caen, todo cambia para siempre.

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