Wanderer
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Mañana voy a morir. Pero hoy, mi hija va a ver el sol.
Mi familia tiene un secreto. Vivimos en un lugar donde la noche nunca termina. Las estrellas brillan siempre sobre nuestras casas. La luna es nuestra única luz. La gente duerme cuando quiere, trabaja cuando puede. Nadie recuerda el sol.
Nadie excepto mi familia.
Mi abuela me lo explicó cuando yo tenía diez años. Me llevó a una habitación secreta debajo de nuestra casa. Allí había pinturas antiguas en las paredes. Un círculo amarillo. Un cielo azul. Gente con los ojos cerrados, sonriendo.
—Esto es el sol —me dijo—. Y nosotros somos los que lo traemos.
Cada generación, mi familia hace un trato con la oscuridad. Un día de luz cuesta una vida. Mi bisabuelo dio su vida por tres días de sol. Mi tío, por dos. Mi padre…
Mi padre nos dio una semana entera.
Yo tenía cinco años. No lo recuerdo bien. Pero mi madre sí. Ella dice que el cielo se abrió como una flor. Que el calor tocó su cara por primera vez. Que la gente lloraba en las calles, mirando hacia arriba.
Y que mi padre simplemente… desapareció. Como humo en el viento.
Hoy mi abuela tiene noventa años. Está enferma. Y me ha llamado a su habitación.
—Elena —dice con voz débil—. Es tu turno de decidir.
—No —respondo—. No quiero este poder. No lo quiero.
Ella sonríe, pero sus ojos están tristes.
—Yo dije lo mismo. Tu madre dijo lo mismo. Pero el pueblo necesita la luz. Mira a los niños. Nunca han visto el sol.
Pienso en mi hija, Sara. Tiene cuatro años. Sus ojos son grandes y oscuros, acostumbrados a la noche eterna. Nunca ha sentido el calor del sol en su piel.
—¿Cuántos días? —pregunto.
—Eso lo decides tú. Pero recuerda: cada día tiene un precio.
Salgo de la casa de mi abuela. Las calles están llenas de gente. Todos viven bajo las estrellas, como siempre. Un hombre vende pan cerca de una lámpara. Una mujer camina con su bebé. Nadie sabe lo que mi familia hace por ellos.
Mi esposo, Carlos, me espera en casa. Él sabe nuestro secreto. Lo aceptó cuando nos casamos.
—¿Qué te dijo? —pregunta.
—Que debo elegir.
—Elena… —su voz tiembla—. No tienes que hacerlo. Podemos vivir sin el sol.
—¿Pero Sara? ¿Y los otros niños?
Carlos no responde. Los dos miramos a nuestra hija, que duerme en su pequeña cama.
Esa noche, sueño con mi padre. Está de pie en un campo dorado. El sol brilla detrás de él. Sonríe.
—No tengas miedo —me dice—. La luz vale la pena.
Me despierto llorando.
Tres días después, voy a la habitación secreta. Mi abuela me espera allí, aunque casi no puede caminar.
—He decidido —digo—. Un día. Solo un día. Para que Sara vea el sol una vez.
Mi abuela asiente.
—Un día es suficiente. Un día puede cambiar una vida.
Me enseña las palabras antiguas. Las repito tres veces. El aire se vuelve caliente.
Y entonces, por primera vez en años, la oscuridad empieza a moverse.
Subo las escaleras. Salgo a la calle. Y veo algo que nunca olvidaré.
El cielo se abre. Lentamente, como una puerta vieja. Y detrás de las estrellas, aparece una luz. Una luz amarilla, naranja, roja. El sol.
La gente sale de sus casas. Gritan. Lloran. Se abrazan. Los niños corren por las calles, mirando hacia arriba con los ojos muy abiertos.
Carlos me encuentra. Tiene lágrimas en la cara.
—¿Dónde está Sara? —pregunto.
—Aquí.
Mi hija está en sus brazos. Sus ojos están fijos en el cielo. En el sol.
—Mamá —dice—. ¿Qué es eso?
—Es el sol, mi amor. Es la luz.
—Es bonito.
La abrazo fuerte. Siento el calor en mi piel. Veo las sombras en el suelo, algo que nunca había visto.
Mañana, cuando el sol se vaya, yo me iré con él.
Pero hoy, en este momento, mi hija tiene la luz en sus ojos.
Y eso vale más que todos mis mañanas.
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