La Mujer del Espejo

La mujer en el espejo no era Elena.

Elena se despertó esa noche con una sensación extraña. Fue al baño y miró el espejo viejo de su abuela. La mujer que vio tenía su misma cara, sus mismos ojos oscuros. Pero sonreía.

Elena no había sonreído así en tres años. Desde la muerte de Miguel.

—Hola —dijo la mujer del espejo.

Elena dio un paso atrás. Su corazón latía muy rápido. —¿Quién eres?

—Soy tú. Pero de otro lugar.

La extraña se sentó en una silla que Elena no tenía. Detrás de ella, la habitación era diferente. Las paredes eran amarillas, no grises. Había flores en la ventana. Y había una foto de Miguel en la mesa.

—Él está vivo —dijo Elena. No era una pregunta.

—Sí. Mi Miguel está vivo. Estamos muy felices.

Elena tocó el espejo con la mano. Estaba frío. —¿Cómo es posible?

—Hay muchos mundos —explicó la otra Elena—. Algunos son casi iguales. En el mío, Miguel no fue al hospital ese día. No murió.

Cada noche, Elena volvía al espejo. Se sentaba en el suelo y miraba la vida de la otra mujer. Veía cómo la otra Elena cocinaba con Miguel. Cómo se reían juntos. Cómo bailaban en la cocina sin música.

—Me duele ver esto —dijo Elena una noche—. Pero no puedo parar.

—Lo sé —respondió la otra—. Por eso tengo una idea.

La otra Elena se acercó al espejo. Sus ojos brillaban. —Podemos cambiar de lugar.

—¿Qué?

—Tú vienes a mi mundo. Yo voy al tuyo. Solo por un día. Para que puedas verlo otra vez.

Elena pensó en Miguel. Su voz. Sus manos. Su manera de decir «buenos días» cada mañana.

—Solo un día —dijo Elena.

—Solo un día.

El viernes por la noche, Elena puso la mano en el espejo. El espejo se volvió líquido, como agua fría. Cerró los ojos y pasó al otro lado.

Cuando abrió los ojos, estaba en la otra habitación. Las paredes amarillas. Las flores. Y allí, dormido en la cama, estaba Miguel.

Elena lloró sin hacer ruido. Se acercó despacio y tocó su pelo. Era real. Estaba caliente. Respiraba.

—Elena —dijo Miguel sin abrir los ojos—. Ven a dormir.

Ella se acostó a su lado. No durmió. Solo lo miró toda la noche, escuchando su corazón.

Por la mañana, Miguel se despertó y la besó.

—Buenos días, mi amor.

Elena no podía hablar. Las lágrimas caían por su cara.

—¿Estás bien? —preguntó Miguel, preocupado.

—Sí. Solo… te quiero mucho.

Miguel sonrió. —Yo también te quiero. Siempre.

Pasaron el día juntos. Caminaron por el parque. Comieron en su restaurante favorito. Miguel contó los mismos chistes malos que Elena recordaba. Ella se rio como no se había reído en años.

Pero el sol empezó a bajar. La noche llegaba.

—Tengo que irme —dijo Elena.

—¿Irte? ¿A dónde?

Elena lo besó. Un beso largo y triste. —Te amo. Nunca lo olvides.

Volvió a la habitación. El espejo la esperaba. La otra Elena estaba del otro lado, lista para volver.

Pero Elena no se movió.

—¿Qué haces? —preguntó la otra.

—No puedo dejarlo otra vez.

—Teníamos un acuerdo. Solo un día.

—Lo sé. Pero…

La otra Elena golpeó el espejo con la mano. —¡Este es mi mundo! ¡Mi vida! ¡Mi Miguel!

—Tú tienes tres años con él. Yo no tuve nada. Solo dolor.

—Eso no es justo.

Elena bajó la cabeza. —Lo sé. Nada es justo.

Se miraron a través del espejo. Dos mujeres iguales con vidas diferentes. Una con todo. Una con nada.

—Por favor —dijo la otra Elena. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. —No me hagas esto.

Elena miró hacia la puerta. Podía escuchar a Miguel en la cocina, preparando café.

Cerró los ojos. Pensó.

—Voy a volver —dijo finalmente—. Pero no porque sea justo. Vuelvo porque él te ama a ti. No a mí. Yo solo soy una extraña con tu cara.

Pasó al otro lado del espejo una vez más.

Cuando abrió los ojos, estaba en su habitación gris, sola. El espejo mostraba solo su cara ahora. La puerta entre los mundos se había cerrado.

Elena se sentó en el suelo y lloró.

Pero después de un rato, algo cambió dentro de ella. Pensó en el día que había vivido. En la voz de Miguel. En su risa. En ese último beso.

No podía quedarse en ese mundo. Pero había tenido un día más con él. Un día que nadie podía quitarle.

Se levantó. Se lavó la cara. Se miró en el espejo una última vez. Solo vio su cara.

Fue a la ventana. El sol estaba saliendo. Un nuevo día empezaba.

Y por primera vez en tres años, Elena sonrió.

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