El Tren de Medianoche

El tren de medianoche nunca paraba. Pasaba cada noche a las doce, con luces de oro en las ventanas. Pero esta noche, el tren paró. Y las puertas se abrieron.

El viejo Miguel vivía solo en una casa pequeña cerca de la estación. Su mujer María había muerto hace cinco años. Sus padres, hace mucho más tiempo. Su hermano también se fue. Todas las personas que quería ya no estaban. Cada noche, mientras miraba el tren pasar, pensaba en ellos.

Esta noche era diferente.

Miguel estaba sentado en su silla, cerca de la ventana. Eran las doce. Escuchó el tren, pero algo cambió. El tren iba más lento. El tren estaba parando.

Su corazón empezó a ir muy rápido. En todos sus años viviendo aquí, el tren de medianoche nunca había parado. Nunca. Se puso los zapatos y caminó hacia la puerta. Cuando salió, el viento era frío.

El tren esperaba. Era viejo, negro, y las ventanas tenían luz de oro. Las puertas estaban abiertas. Viento frío salía de dentro.

Miguel caminó hacia las puertas. Tenía que saber. ¿Por qué había parado el tren? Sus piernas no estaban fuertes, pero siguió caminando. Cuando miró dentro, su corazón paró.

Allí estaba María.

Su mujer estaba sentada en una silla roja. Llevaba el vestido blanco de cuando se casaron. Estaba joven otra vez. Bonita. Con una gran sonrisa.

—Miguel —dijo ella con voz tranquila—. Te esperamos.

No podía hablar. Agua caía por su cara. Miró detrás de María y vio más personas. Su madre estaba allí, con el pelo negro que recordaba de cuando era niño. Su padre también, fuerte y alto como siempre. Su hermano pequeño, que murió en la guerra hace muchos años.

Todos estaban felices. Todos lo esperaban.

—¿A dónde va el tren? —preguntó Miguel con miedo en su voz.

—A casa —respondió María—. A nuestra casa de verdad.

—¿Qué quieres decir?

—Ya lo sabes, mi amor —dijo ella mientras lo miraba con cariño.

Miguel entendió. Miró hacia atrás. Su casa pequeña estaba allí, con la luz de la cocina. Pensó en sus libros, en su silla vieja, en el café de la mañana. Pero todo eso estaba vacío ahora. No tenía a nadie.

—Tengo miedo —dijo Miguel.

María se levantó y caminó hacia él. Tomó su mano. La mano de ella estaba caliente, no fría como él pensaba.

—Yo también tenía miedo cuando vine —dijo ella—. Pero mira, aquí estamos todos. No hay dolor aquí. No estás solo.

Miguel miró los ojos de su mujer. Eran los mismos ojos que amó durante muchos años. Los mismos ojos que se cerraron hace cinco años, cuando ella murió en el hospital.

—¿Es real? —preguntó él.

—Es más real que todo lo otro —respondió María—. Pero tienes que decidir. El tren no puede esperar mucho tiempo.

Miguel escuchó algo. El tren empezaba a moverse. Las puertas iban a cerrarse pronto.

Pensó en su vida. Muchos años de momentos buenos y malos. Trabajo, amor, días tristes, días solo. ¿Qué quedaba para él aquí? Días vacíos mirando la televisión. Noches largas sin poder dormir. Mañanas donde no quería levantarse.

Y aquí, frente a él, estaban todas las personas que quería.

Ya no tenía miedo.

Miguel dio un paso hacia el tren. Y después otro.

A la mañana siguiente, las personas del pueblo encontraron la casa de Miguel vacía. La puerta estaba abierta. El café estaba frío en la mesa. Pero Miguel no estaba.

Algunos dicen que lo vieron esa noche, caminando hacia la estación mientras el tren esperaba. Otros dicen que escucharon el tren parar, algo que nunca pasaba.

Nadie sabe la verdad.

Pero cada noche, cuando el tren de medianoche pasa por el pueblo, algunas personas dicen que ven una cara nueva en las ventanas. Un hombre viejo, feliz, sentado junto a una mujer de vestido blanco.

Algunas noches, el tren va más lento cuando pasa por las casas. Como si buscara a alguien.

El tren nunca para. Pero si escuchas bien, puedes escuchar risas dentro.

Y si tienes suerte, algún día el tren parará para ti también.

Cuando estés listo para ir a casa.

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