La Abuela que Llora

Mi abuela puede ver el futuro. Pero solo ve las cosas malas.

Hoy, le pregunté sobre mi futuro. Ahora no puede parar de llorar.

Cuando yo era niño, no entendía por qué ella siempre estaba triste. Mi madre decía que la abuela tenía un corazón muy grande, que sentía demasiado. Pero eso no era la verdad.

La verdad era más oscura.

Un día, cuando yo tenía ocho años, mi abuela miró a mi padre durante mucho tiempo. Sus ojos estaban llenos de agua. Ella no dijo nada. Una semana después, mi padre tuvo un accidente. Un accidente muy malo. Pasó tres meses en el hospital.

Cuando él volvió a casa, pregunté a mi abuela:

—¿Tú sabías que iba a pasar?

Ella me miró con sus ojos tristes y no respondió. Pero yo entendí.

Desde ese momento, empecé a ver las cosas de otra manera. Cuando la abuela no quería mirar a alguien, yo sentía miedo. Cuando ella lloraba sin razón, yo esperaba malas noticias.

La abuela nunca decía nada. Una vez le pregunté por qué.

—Porque cuando digo algo, la gente se enfada —me dijo—. Piensan que yo hago que las cosas malas pasen. Pero yo solo las veo. No las hago.

—Eso no es justo —dije yo.

—No, no lo es. Pero así es mi vida.

Pasaron los años. Yo crecí. Me hice un hombre joven con planes y sueños. Un día, fui a ver a mi abuela. Ella vivía sola en una casa pequeña cerca del bosque. Siempre había flores en su jardín, pero nunca flores alegres. Solo flores blancas. Flores para los muertos.

—Abuela —dije mientras tomábamos té en su cocina—, tengo una pregunta.

Ella puso su taza sobre la mesa. Sus manos temblaban.

—Pregunta, mi niño.

—Voy a casarme con Elena el mes que viene. Quiero saber… ¿Puedes ver algo sobre mi futuro? ¿Sobre nuestro futuro?

Su cara cambió. Primero, vi algo nuevo en sus ojos. Después, miedo. Y entonces, algo que nunca había visto antes: terror.

—No me preguntes eso —dijo con voz muy baja.

—¿Por qué? Necesito saber. Por favor, abuela.

—No quieres saber.

—Sí quiero.

Ella cerró los ojos. Una lágrima cayó por su cara. Después otra. Y otra más.

Y entonces mi abuela empezó a llorar. Pero no era un llanto normal. Era muy fuerte. Terrible. Todo su cuerpo temblaba. Las lágrimas caían y caían sin parar. El ruido que salía de su boca era el ruido de un corazón roto.

—Abuela, ¿qué pasa? ¿Qué ves?

Ella no podía hablar. Solo lloraba y lloraba. Quise tomar su mano, pero ella se levantó y caminó hacia la ventana. Miró hacia el bosque oscuro. El sol se estaba poniendo. Todo se volvía rojo. Rojo como la sangre.

—Lo siento —dijo entre lágrimas—. Lo siento mucho, mi niño.

—¿Qué es? ¿Qué ves en mi futuro?

—Veo… veo…

Pero no pudo terminar. El llanto era demasiado fuerte. Nunca había visto a nadie llorar así. Era como si todo el dolor del mundo estuviera dentro de ella.

Me quedé allí durante horas. Ella no paró de llorar. Cuando salí de su casa, la luna estaba alta. Todo era oscuro y frío.

Esa noche, no pude dormir. ¿Qué había visto mi abuela? ¿Qué cosa tan terrible me esperaba?

Han pasado diez años desde ese día.

Me casé con Elena. Tenemos dos hijos. Mi vida es buena. Soy feliz.

Pero cada día me pregunto: ¿cuándo va a llegar?

Porque ella nunca se equivoca. Nunca.

Todavía la visito cada semana. Todavía llora cuando me ve. Todavía no me dice qué vio ese día.

A veces, cuando estoy con mis hijos, los miro y pienso: ¿Es esto? ¿Es uno de ellos?

Y entonces miro a Elena. Y pienso: ¿O es ella?

No lo sé. Ella no me lo dice.

Solo sé una cosa: algo viene.

Y yo lo espero cada día.

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