Wanderer
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Mi abuelo no envejece. Tengo fotos de hace veinte años. En ellas parece joven. Hoy parece igual. Nadie en mi familia habla de esto.
Mi abuelo vive solo en el bosque. Nadie del pueblo lo visita. Dicen que el bosque es peligroso. Dicen que la gente entra pero no sale.
Yo no creo esas historias. Mi abuelo es un buen hombre. Era profesor antes de irse al bosque. Me escribía cartas cada mes cuando yo era una niña pequeña. Ahora tengo veinte años y quiero verlo.
Camino por el bosque durante horas. Los árboles son muy altos y el camino es difícil de encontrar. Mientras camino, siento ojos sobre mí. Pero cuando miro entre los árboles, no hay nadie.
Por fin veo su casa. Es pequeña y vieja, pero tiene flores rojas en las ventanas. Hay humo blanco saliendo de la casa. Mi abuelo está dentro.
Llamo a la puerta. Se abre.
Mi abuelo está allí. No puedo creer lo que veo.
Tiene el mismo pelo negro que en las fotos viejas. La misma cara joven. Los mismos ojos verdes. Parece que tiene cuarenta años, como cuando yo era muy pequeña.
Pero eso es imposible. Mi abuelo debe tener ochenta años ahora.
—Hola, mi niña —dice con su voz de siempre—. Te estaba esperando.
Me toma en sus brazos. Huele a bosque y a tierra. Entramos en la casa. Todo está limpio y en orden. Hay libros en todas partes.
—Abuelo —digo—, ¿cómo es posible? No has cambiado nada en veinte años.
Mi abuelo se sienta. Me mira con sus ojos verdes.
—Los árboles me dan vida —dice—. El bosque me da su fuerza. Mientras los árboles viven, yo no puedo morir.
No sé qué decir. Miro por la ventana. Los árboles son altos y fuertes, muy verdes.
—Ven —dice mi abuelo—. Te voy a mostrar algo.
Salimos de la casa. Mi abuelo camina hacia el bosque. Yo lo sigo. Caminamos durante unos minutos hasta llegar a un lugar especial.
Hay un grupo de árboles. No son como los otros. Son más oscuros. Sus ramas parecen brazos. Sus troncos parecen cuerpos de personas.
—Estos árboles son diferentes —dice mi abuelo—. Cada uno tiene un nombre.
Me acerco a un árbol. En el tronco hay palabras. Un nombre. «Ana Soto». La conozco. Era una mujer del pueblo. Desapareció hace muchos años.
Voy al siguiente árbol. «Carlos Mora». El panadero. Se fue hace diez años.
Mi corazón empieza a latir muy rápido. Cuento los árboles. Uno, dos, tres… veinte… treinta… más de treinta.
Treinta y dos árboles. Treinta y dos nombres.
Pienso en todas las personas que desaparecieron del pueblo durante los últimos veinte años. Treinta y dos personas.
—Abuelo —digo con miedo en mi voz—, ¿qué es esto?
Mi abuelo me mira. Pero ya no hay amor en sus ojos. Es algo muy viejo y muy hambriento.
—El bosque necesita comer —dice—. Los árboles necesitan vida de las personas para vivir. Y yo necesito los árboles para no morir.
Quiero correr. Pero mis pies no se mueven. Miro hacia abajo. Hay raíces saliendo de la tierra. Están subiendo por mis piernas.
—No tengas miedo, mi niña —dice mi abuelo mientras las raíces suben más y más—. No duele. Pronto serás parte del bosque. Serás joven para siempre, como yo.
Las raíces suben por mi cuerpo. Siento que mi piel se hace dura como madera. Mis brazos se están convirtiendo en ramas.
Lo último que veo es la cara de mi abuelo. Sonríe mientras me convierto en el árbol número treinta y tres.
Y lo último que pienso es: el año que viene, alguien del pueblo va a venir a buscarme.
Y mi abuelo va a estar esperando.
Porque el bosque siempre tiene hambre.
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