Wanderer
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Mi hijo desapareció hace tres meses. Todavía puedo ver su cara cuando cierro los ojos. Miguel. Solo tenía siete años.
La policía buscó durante semanas. Mis amigos ayudaron. Pero nadie encontró nada. Ni una nota. Ni una palabra. Nada.
Entonces, una mujer vieja vino a mi puerta. Llevaba un vestido negro y tenía ojos muy oscuros. Tan oscuros que no pude ver dónde terminaban.
—Sé dónde está tu hijo —dijo ella.
Mi corazón se paró. —¿Dónde? ¡Dígame!
—Hay un jardín. Un jardín especial. Las personas perdidas crecen allí. Como flores.
Pensé que ella estaba enferma de la cabeza. Pero me dio una dirección. Un lugar en el bosque, lejos de la ciudad.
Fui al día siguiente. No podía dormir. No podía comer. Solo podía pensar en Miguel.
El camino era largo y difícil. Caminé durante horas entre los árboles. El cielo estaba gris y hacía frío. Pero seguí adelante.
Al final, encontré una puerta vieja entre dos árboles grandes. La puerta estaba abierta. Como si alguien me esperaba.
Entré.
El jardín era el lugar más bonito que había visto en mi vida. Había flores de todos los tipos: rojas, azules, amarillas, blancas. El sol brillaba aquí, aunque fuera todo estaba oscuro. Sentí un olor dulce en el aire.
Pero algo estaba mal. Las flores tenían caras. Pequeñas caras de personas en el centro de cada flor. Algunas estaban felices. Otras estaban tristes. Otras dormían con los ojos cerrados para siempre.
Un hombre apareció a mi lado. Era alto y delgado, con pelo blanco y ojos verdes como las plantas.
—Bienvenida al Jardín de los Perdidos —dijo. Su voz era tranquila, casi como música—. Soy el guardián de este lugar.
—Busco a mi hijo —dije—. Miguel. Se perdió hace tres meses.
El guardián sonrió. —Ah, sí. Miguel. Ven conmigo.
Caminamos entre las flores. Pasamos muchas: una niña que movía los labios sin voz, un hombre viejo que lloraba sin hacer ruido, una mujer joven que dormía en un sueño sin fin.
Entonces lo vi.
Una rosa roja. La más bonita del jardín. Y en su centro, la cara de mi hijo. Tenía los ojos cerrados. Parecía en paz.
—¡Miguel! —grité. Caí al suelo. Las lágrimas corrían por mi cara.
—Está bien aquí —dijo el guardián—. No siente dolor. No tiene miedo. Solo sueña.
—Quiero llevarlo a casa —dije.
El guardián me miró durante un largo momento. —Puedes hacerlo —dijo al final—. Pero tengo que decirte algo importante. Si lo llevas, no será el mismo. El jardín cambia a las personas. Cuando salen, ya no son como eran antes.
—No me importa —dije—. Es mi hijo. Lo quiero de vuelta.
El guardián movió la cabeza lentamente. —Muy bien. Pero recuerda mis palabras.
Tomó la rosa con mucho cuidado y me la dio. Sentí un calor extraño en mis manos. La flor brillaba con una luz de oro.
—Cuando llegues a casa, pon la rosa en agua —explicó el guardián—. Por la mañana, tu hijo va a volver.
Corrí todo el camino a casa. No miré atrás. No pensé en las palabras del guardián. Solo quería a mi hijo de vuelta.
Llegué a casa cuando ya era de noche. Puse la rosa en un vaso con agua al lado de mi cama. Esperé.
No pude dormir. Miraba la rosa toda la noche. Y entonces, cuando el sol empezó a salir, algo pasó.
La rosa comenzó a crecer. Se hizo más grande. Las partes de la flor se abrieron. La luz llenó mi habitación.
Y allí estaba Miguel. Mi pequeño Miguel. En mi cama, mirándome.
—¡Miguel! Corrí hacia él. Lo tomé en mis brazos. Estaba caliente. Era real. Había vuelto.
—Mamá —dijo él. Su voz era la misma. Su cara era la misma.
Pero sus ojos habían cambiado. Antes eran marrones como los míos. Ahora eran verdes. Verdes como las plantas. Verdes como los ojos del guardián.
—Tengo hambre, mamá —dijo Miguel.
Le hice el desayuno. Comió todo muy rápido. Luego quiso más. Y más. Y más.
—¿Qué quieres comer? —le pregunté.
Miguel me miró con esos ojos verdes que ya no eran de él. Sonrió. Pero no era la sonrisa de un niño. Era la sonrisa del jardín.
—Quiero crecer, mamá —dijo—. Necesito luz del sol. Necesito agua. Y necesito…
Se paró. Miró mis manos.
—¿Qué necesitas, hijo? —pregunté, aunque una parte de mí ya sabía la respuesta.
—Necesito tierra, mamá —dijo Miguel—. Tierra buena. Para que otros puedan crecer.
No debí traerlo de vuelta.
Ahora, cada noche, lo escucho en el jardín. Trabajando en la tierra. Plantando cosas que no quiero ver. Creciendo. Esperando.
Y a veces, cuando miro por la ventana, veo flores donde antes no había nada. Flores con pequeñas caras. Caras de mis vecinos que han empezado a desaparecer.
El guardián del jardín tenía razón.
Mi hijo volvió.
Pero trajo el jardín con él.
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