Wanderer
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Tres golpes en la puerta. María abrió y vio su propia cara, pero vieja. Muy vieja.
La mujer delante de ella tenía el pelo gris y la cara llena de líneas. Pero sus ojos… María conocía esos ojos. Eran los suyos.
—¿Quién eres? —preguntó María con la voz rota.
—Soy tú —dijo la mujer vieja—. Tú, pero veinte años después.
María quiso cerrar la puerta, pero no pudo. Sus manos no se movían. Su corazón latía muy rápido.
—Eso es imposible —dijo María.
—No es imposible. He venido a pararte. Vas a tomar la peor decisión de tu vida. Tienes que escucharme.
María miró a la mujer vieja. Vio sus propias manos, pero con más años. Vio su propia nariz. La misma boca. Era verdad. Esta mujer era ella misma.
—¿Qué decisión? —preguntó María.
La mujer vieja abrió la boca para hablar. Pero en ese momento, un hombre apareció detrás de María.
—Amor, ¿quién es? —preguntó el hombre.
Era Pedro, el esposo de María. Se habían casado hace tres meses. María lo amaba con todo su corazón.
La mujer vieja miró a Pedro. Su cara se puso blanca como la nieve. Sus ojos se llenaron de miedo.
—No —dijo la mujer vieja—. No, no, no.
—¿Qué pasa? —preguntó María.
—Llego tarde —dijo la mujer vieja—. Ya te casaste con él.
Pedro miró a la mujer.
—¿De qué habla esta señora? —preguntó.
María no sabía qué decir. La mujer vieja empezó a llorar.
—El casamiento —dijo la mujer vieja—. Esa era la decisión. No debías casarte con él.
María sintió frío en todo su cuerpo.
—Pero yo amo a Pedro —dijo María—. Él es bueno conmigo. Me hace feliz.
—Ahora sí —dijo la mujer vieja—. Pero las cosas van a cambiar. En dos años, él va a…
—¡Basta! —gritó Pedro—. No sé quién eres, pero debes irte de aquí.
La mujer vieja lo miró con odio.
—Tú destruiste mi vida —le dijo a Pedro—. Destruiste todo.
Pedro tomó la mano de María.
—Amor, esta mujer está loca. Cierra la puerta.
Pero María no cerró la puerta. Miró a la mujer vieja, a su yo del futuro, y vio el dolor en su cara. Era un dolor muy profundo. Un dolor de muchos años.
—¿Qué me va a pasar? —preguntó María.
La mujer vieja secó sus lágrimas.
—Vas a sufrir mucho —dijo—. Él no es el hombre que crees. Tiene secretos. Secretos terribles.
Pedro soltó la mano de María.
—No escuches a esta loca —dijo—. Yo te amo. Eso es todo lo que importa.
María lo miró. Vio a su esposo, el hombre que amaba. Pero también vio algo más. Un poco de miedo en sus ojos. ¿Por qué tenía miedo?
—¿Qué secretos tienes? —le preguntó María.
—Ninguno —dijo Pedro—. Te lo juro.
La mujer vieja dio un paso hacia adelante.
—Pregúntale sobre la casa del lago —dijo—. Pregúntale sobre lo que hay en el sótano.
La cara de Pedro cambió. Por un segundo, María vio algo oscuro en sus ojos. Algo que nunca había visto antes.
—¿Qué hay en el sótano de la casa del lago? —preguntó María.
Pedro no respondió. Su silencio fue la peor respuesta posible.
—María —dijo la mujer vieja—, todavía puedes irte. Todavía puedes salvarte.
María miró a Pedro. Miró a la mujer vieja. Su corazón estaba roto en dos partes.
—¿Qué debo hacer? —preguntó.
Pero la mujer vieja empezó a desaparecer. Su cuerpo se volvió transparente, como agua.
—El tiempo se acaba —dijo la mujer vieja—. La decisión es tuya. Yo solo vine a abrir tus ojos.
Y entonces desapareció.
María se quedó sola con Pedro. El hombre que amaba. El hombre con secretos terribles.
—No le creas —dijo Pedro—. Fue una ilusión. Nada más.
Pero María ya no podía mirarlo igual. Algo había cambiado para siempre.
—Quiero ver la casa del lago —dijo María—. Quiero ver el sótano.
Pedro sonrió. Pero no era una sonrisa de amor.
—Por supuesto, amor —dijo—. Te llevo mañana.
María vio sus ojos. Ahora entendía por qué la mujer vieja había venido. Por qué había llorado.
Porque mañana, María iba a ver el sótano.
Y nunca iba a volver.
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