Wanderer
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Cada miércoles a medianoche, una puerta aparece en la pared de mi habitación.
Mi padre dice que nunca debo abrirla. —Es peligroso —me repite cada semana—. Prométeme que nunca la abrirás, María.
Yo siempre digo que sí. Pero esta noche es diferente.
La puerta aparece a las doce, como siempre. Es una puerta de madera vieja, con luz dorada que sale por los lados. Está donde antes no había nada.
Me levanto de la cama. Mi corazón late muy rápido. Camino hacia la puerta.
Y entonces la veo.
Mi madre está al otro lado.
Ella murió hace tres años. Recuerdo el día. Recuerdo su cara en el hospital. Recuerdo cuando cerró los ojos por última vez.
Pero ahora está aquí. Sonríe como siempre sonreía. Su pelo negro brilla con la luz dorada. Lleva el vestido azul que tanto le gustaba.
—María —dice su voz—. Mi niña. Te he esperado tanto tiempo.
Mis ojos se llenan de lágrimas. —¿Mamá? ¿Eres tú?
—Soy yo, mi amor. Estoy aquí. Abre la puerta. Déjame entrar. Quiero volver a casa.
Pongo mi mano en la puerta. La madera está caliente. Puedo sentir algo al otro lado. Algo que me llama.
—Te echo de menos —digo—. Todos los días.
—Yo también te echo de menos. Por eso vengo cada miércoles. He intentado volver tantas veces. Pero necesito que abras la puerta. Solo tú puedes hacerlo.
Mi mano toca la puerta. El metal está frío, muy diferente de la madera caliente.
—María.
La voz de mi padre. Está detrás de mí, en la puerta de mi habitación. Su cara está blanca como la nieve.
—Aléjate de la puerta —dice—. Ahora.
—Pero papá, es mamá. Está aquí. Quiere volver a casa.
Mi padre camina hacia mí. Sus ojos están llenos de miedo. Un miedo que nunca he visto antes.
—Eso no es tu madre, María.
—¿Qué? Claro que es ella. Mírala.
Miro hacia la puerta otra vez. Mi madre sigue sonriendo. Pero ahora veo algo diferente. Su sonrisa es demasiado grande. Sus ojos no se mueven. No se mueven nunca.
—María —dice la cosa que parece mi madre—. No escuches a tu padre. Él no entiende. Abre la puerta. Déjame entrar.
—Tu madre murió hace tres años —dice mi padre. —Su voz tiembla—. Yo también la veo cada miércoles. Me llama. Me dice que la deje entrar. Pero no es ella.
—¿Cómo lo sabes?
Mi padre cierra los ojos. —Porque una noche casi abrí la puerta. La vi tan real. Tan perfecta. Pero entonces vi lo que hay detrás de su cara. Solo un momento. Pero fue bastante.
—¿Qué viste?
—Algo oscuro. Algo con hambre. Algo antiguo que usa las caras de los muertos.
La sonrisa de mi madre se hace más grande. Ahora puedo ver que sus dientes son demasiado largos. Demasiado finos. Como los dientes de un animal.
—Tu padre miente —dice—. Abre la puerta, mi amor. Abre la puerta y estaremos juntas para siempre.
Quito mi mano de la puerta.
La cosa grita. No es el grito de mi madre. Es algo antiguo. Algo que ha esperado mucho tiempo para entrar.
La luz dorada se vuelve roja. La puerta tiembla. La cosa golpea la puerta una vez. Dos veces. Tres veces.
Pero no la abro.
A la una de la mañana, la puerta desaparece.
Mi padre me abraza. Los dos lloramos.
—La veo cada semana —me dice—. Cada miércoles. Y cada vez es más difícil decir que no.
—¿Qué es esa cosa?
—No lo sé. Pero usa la cara de las personas que amamos. Y si la dejamos entrar… No termina. No necesita hacerlo.
Ahora entiendo. La puerta no trae a los muertos de vuelta. La puerta trae algo que se come nuestro dolor. Algo que usa nuestro amor para entrar.
Miro la pared donde estaba la puerta. Está vacía otra vez.
Pero sé que volverá. El próximo miércoles. Y el siguiente. Y el siguiente.
Y cada vez, veré la cara de mi madre.
Y cada vez, tendré que decir que no.
Es el precio de recordarla. Es el precio de seguir amándola.
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