Wanderer
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Tengo hambre. No tengo casa. Y esta moneda en mi mano va a cambiar todo.
La encontré en la calle, cerca de cosas viejas. Era pequeña y negra, con una cara que me miraba. Una cara con ojos que seguían los míos.
Fui a una tienda y compré pan. Le di la moneda al hombre. Él la tomó sin mirarla.
Esa noche, dormí en la calle como siempre. Pero me desperté porque sentí algo frío en mi mano. Abrí los ojos.
La moneda estaba allí. En mi mano.
No era posible. La miré durante mucho tiempo. Era la misma moneda. La misma cara negra. El mismo frío.
Al día siguiente, compré más comida. Carne. Fruta. Leche. Cada vez que pagaba, la moneda volvía a mi mano mientras dormía.
Empecé a comprar cosas más caras. Ropa nueva. Zapatos. Una habitación en un hotel. La moneda siempre volvía. Me sentía feliz. Ahora tenía todo.
En una semana, era rico. La gente me miraba de otra manera. Ya no era el hombre pobre de la calle. Era importante.
Pero entonces, el hombre de la tienda murió.
Lo vi en las noticias. «Hombre muere en su casa. No saben la causa».
No pensé mucho. La gente muere.
Tres días después, el camarero del restaurante también murió. Luego, la mujer que me dio los zapatos. Luego, el hombre del hotel.
Todos muertos. Todos en una semana.
Mi corazón empezó a sentir miedo. Recordé sus caras. El hombre de la tienda. El camarero. La mujer. El hombre del hotel.
Todos ellos tomaron la moneda con sus manos.
Me senté en mi habitación y miré la moneda. La cara negra me miraba también. Y ahora podía ver que la boca se abría. No era una boca buena. Era mala. Estaba feliz.
Quise tirar la moneda. La puse fuera de la ventana. La vi caer hacia la calle.
Esa noche, la moneda estaba en mi mano otra vez.
Quise perderla. La dejé en un banco. La puse entre las cosas viejas en la calle. La dejé bajo la tierra en el parque. Siempre volvía.
Ahora entendía. La moneda no era algo bueno. Era algo malo. Y yo estaba dentro de algo que no podía ver ni salir.
No podía usar la moneda porque la gente moría cuando la tomaba. Pero tampoco podía perderla. La moneda estaba en mi mano para siempre.
Empecé a tener miedo de todo. ¿Y si alguien encontraba la moneda? ¿Y si alguien moría sin querer?
Dejé de salir. Me quedé en mi habitación con la moneda en mi mano. No comía. No dormía bien. Solo miraba la cara negra mientras las horas pasaban.
Una noche, alguien llamó a mi puerta.
Era una niña. Tenía hambre. Me preguntó si tenía dinero para comer.
Miré su cara. Era tan joven. Tan pequeña. Quise ayudar, pero no podía dar la moneda. Ella iba a morir si la tomaba.
—No tengo nada —le dije.
La moneda estaba fría en mi mano como algo muerto.
La niña se fue. Yo cerré la puerta y mis ojos se llenaron de agua.
Ahora vivo solo. Tengo mucho dinero pero no puedo usarlo. La moneda está siempre en mi mano, fría y negra.
A veces pienso en el día que la encontré. Pienso en el hombre pobre que era antes. Ese hombre no tenía nada.
Pero era libre.
Ahora tengo todo el dinero del mundo. Pero estoy en una cama de la que no puedo salir. Una cama hecha de dinero y muerte.
La moneda sigue en mi mano. La cara negra sigue mirando. Y la boca sigue abierta, esperando.
Esperando el día en que sea yo quien muera.
Porque cuando tomas algo del diablo, siempre hay un precio.
Y el precio es tu alma.
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