Wanderer
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El libro escribe un nombre nuevo cada noche. Y esa persona muere al día siguiente. Nadie sabe de dónde viene. Nadie sabe cómo pararlo.
Elena trabajaba sola en la biblioteca. Era su trabajo cerrar cada noche, y le gustaba el silencio. Pero esta noche era diferente.
Escuchó algo. Un ruido que venía de la parte oscura de la biblioteca, donde nadie iba nunca. Allí había libros muy viejos, algunos de más de cien años.
Se levantó de su silla y caminó hacia el ruido. Su corazón empezó a ir más rápido. Era como el sonido de alguien escribiendo. Pero eso era imposible. Ella estaba sola.
Llegó a la última habitación. En una mesa vieja había un libro grande y negro. Estaba abierto. Y las páginas se movían solas.
Elena se acercó con cuidado. Vio palabras en la página. Palabras nuevas que aparecían mientras ella miraba. Una mano invisible escribía en el libro.
Leyó las primeras palabras:
«Mañana, diez de octubre. Juan García. Treinta y tres años. Va a morir en un coche a las tres de la tarde».
Elena no podía creer lo que veía. Pasó la página con manos que no paraban de temblar. Había más nombres. Más fechas. Más formas de morir.
«Aurora Bravo. Cincuenta y siete años. Va a morir en su casa mientras duerme».
«Pedro Sánchez. Veinte años. Va a morir en el hospital después de estar muy enfermo».
Cada página era el último día de alguien. El libro escribía la muerte antes de que llegara.
Elena quería cerrar el libro, pero no podía dejar de leer. Pasó más páginas. Buscó su propio nombre sin saber por qué. Tal vez necesitaba saberlo.
Y entonces lo encontró.
En la página de mañana estaba su nombre.
«Elena Torres. Treinta y dos años. Va a morir en la biblioteca a las diez de la noche. El libro la va a tomar».
En ese momento, escuchó las diez de la noche. Ya no era mañana. Era ahora.
Un frío terrible entró en su cuerpo. Quiso correr, pero sus pies no se movían. Miró hacia abajo y vio que sus zapatos estaban dentro de la tierra. No, no solo los zapatos. Sus piernas estaban bajando.
Se estaba hundiendo en el suelo.
Gritó, pero nadie podía escucharla. La biblioteca estaba vacía. Quiso tomar la mesa, pero sus manos pasaron a través de ella como si fuera aire.
El libro empezó a brillar con una luz amarilla muy fuerte. Las páginas se movían más rápido, buscando una página vacía. Elena lo entendió todo. El libro no solo escribía sobre la muerte. El libro tomaba vidas para poder seguir escribiendo.
Sus piernas ya estaban dentro de la tierra. Sentía un frío que venía de un lugar muy oscuro y malo.
—¡No! —gritó Elena—. ¡No quiero morir!
Pero el libro siguió escribiendo. Nuevas palabras aparecieron en su página:
«Elena Torres aceptó su final. Su vida ahora está en el libro. Ella será la nueva mano que escribe».
Elena sintió que su cuerpo desaparecía. Ya no tenía piernas, ni brazos, ni cara. Solo era una luz pequeña que entraba en las páginas del libro.
Lo último que vio fue su propia mano, una mano invisible, empezando a escribir el siguiente nombre.
A la mañana siguiente, un empleado encontró el libro cerrado sobre la mesa. Pensó que era viejo y bonito. Lo abrió para ver qué había dentro.
En la primera página vio un nombre.
Su nombre.
Y escuchó que el libro empezaba a escribir.
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