Wanderer
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El sol no salió esta mañana. No salió ayer. No salió hace tres días. Y sé que no va a salir nunca más.
Me llamo Ana. Tengo veinte años y vivo sola en un pequeño apartamento en la ciudad. Cada mañana, me levantaba temprano para ver el sol. Ahora solo veo negro. Negro todo el tiempo.
El gobierno dice que todo está bien. En la televisión, el presidente habla. —Es un problema del momento —dice—. El sol va a volver pronto.
Pero yo veo cosas que el gobierno no quiere que veamos.
Mi amigo, el señor Carlos, siempre era un hombre amable. Cada mañana me decía «buenos días» con una cara alegre. Ayer lo vi cerca de su casa. Sus ojos eran otros. Más negros. Más grandes. Y cuando abrió la boca para hablar, vi que sus dientes habían cambiado. Eran más largos. Como los dientes de un perro.
—Buenas noches, Ana —me dijo. Su voz era fría como el viento.
Cerré mi puerta muy rápido. Mi corazón iba fuerte.
Hoy no salí de mi apartamento. Escucho cosas en el edificio. Pasos lentos cerca de las puertas. Voces que no conozco. Y algo más. Algo que parece… hambre.
Mi teléfono no funciona bien. Puedo recibir mensajes, pero no puedo llamar a nadie. Mi madre me envió un mensaje hace dos días: «¿Estás bien? Aquí hay gente que actúa de manera rara. Tengo miedo».
No he recibido más mensajes de ella desde entonces.
La luz de mi lámpara empieza a cambiar. La luz va y viene. Pronto voy a estar en lo negro total, como todos los demás.
Me acerco a la ventana y miro. En la calle, veo personas caminando muy lento. No van a ningún sitio. Solo caminan. Miran hacia el cielo, hacia donde debería estar el sol. Pero el cielo está negro.
Una de ellas sube la cabeza y mira hacia mi ventana. Es una mujer joven, de mi edad. Pero sus ojos tienen una luz en lo negro. Una luz que no es buena. Una luz de hambre.
Me pongo al lado de la ventana muy rápido para que no me vea.
El gobierno no dice la verdad. Esto no es del momento. Algo muy malo está pasando.
Busco en mi armario. Encuentro una luz vieja. También encuentro un cuchillo grande de la cocina de mi abuela. No sé si va a ayudar contra lo que está fuera, pero me hace sentir más segura.
Son las tres de la noche. Pero ya no sé qué significa «noche» cuando el día nunca llega.
Tres golpes en mi puerta. Luego silencio.
—Ana… —Una voz que conozco. Es mi madre—. Abre la puerta, hija. He venido a verte.
Mi corazón se llena de alegría por un momento. ¡Mi madre está aquí! Corro hacia la puerta, pero entonces me paro.
La voz de mi madre suena otra. Más fría. Más vacía.
—Ana, abre. Tengo mucha hambre. Necesito entrar.
Hambre. Esa palabra me para el corazón.
—Madre —digo con voz baja—, ¿cuál es mi comida que más me gusta?
Silencio al otro lado de la puerta.
Mi madre siempre sabe que mi comida favorita es el arroz con pollo que ella hace cada domingo. Es lo nuestro desde que yo era niña.
—Abre la puerta, Ana. Hace frío aquí fuera.
No responde a mi pregunta. Porque lo que está al otro lado de la puerta no es mi madre. No realmente. No ya.
Me alejo de la puerta muy lento. El agua de mis ojos cae por mi cara.
—Lo siento, madre —digo muy bajo—. No puedo abrir.
Las voces se hacen más fuertes. La puerta empieza a moverse. Escucho otras voces fuera. El señor Carlos. La mujer de los ojos con luz. Otros que no conozco.
Todos tienen hambre. Todos quieren entrar.
Corro hacia la ventana. Estoy en el segundo piso. Es alto, pero puedo caer al jardín. Es lo único que puedo hacer.
Abro la ventana. El viento frío entra. Miro hacia el jardín negro. Puedo hacerlo.
La puerta empieza a abrirse.
Caigo.
Caigo sobre las plantas. La pierna me duele mucho, pero puedo caminar. Me levanto y corro hacia la calle, hacia lo negro.
No sé a dónde voy. No sé si hay un lugar seguro. Pero sé una cosa: el sol no va a volver. Y la gente que quería ya no existe.
Mientras corro, escucho voces en todas partes. La ciudad está llena de hambre.
Solo queda la noche. La noche sin fin.
Y en algún lugar detrás de mí, escucho la voz de mi madre: —Ana… tengo hambre…
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