Wanderer
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Mi padre no tiene cara. Pero nadie me cree.
Mi madre dice que mi padre es el hombre más guapo del mundo. Lo mira con ojos de amor. —Tu padre tiene los ojos más bonitos —me dice cada día.
Mi hermano pequeño tiene miedo de mi padre. Cuando él entra en la habitación, mi hermano corre bajo la cama. —Es algo malo —dice—. Tiene la boca muy grande y los ojos rojos.
Yo no entiendo. Porque cuando miro a mi padre, no veo nada.
Donde mi madre ve un hombre guapo, yo veo espacio vacío. Donde mi hermano ve algo malo, yo solo veo el espacio entre la puerta y la ventana.
Esta mañana, abrí los ojos y sentí una mano en mi cabeza. Fría. Muy fría.
—Buenos días, hija —dijo una voz. Pero no había nadie. Solo la mano invisible sobre mi pelo.
—Padre —pregunté al espacio vacío—, ¿por qué no puedo ver tu cara?
No hubo respuesta. Solo pasos que salían de mi habitación.
Bajé a la cocina. Mi madre hacía el desayuno. Miraba hacia la mesa con una cara feliz.
—Tu padre está muy guapo hoy —dijo.
Yo miré la silla. Vacía.
—Madre, ¿qué cara tiene padre?
Sus ojos cambiaron. —Pelo negro. Ojos verdes. Alto y fuerte. ¿Por qué preguntas?
Fui a buscar a mi hermano. Estaba en un lado de su habitación, temblando.
—¿Qué cara tiene padre?
—La cara de una cosa mala —dijo mientras se ponía bajo la cama—. Gris. La boca muy grande. Sus ojos son como el sol rojo.
Dos caras diferentes. Y yo no veía ninguna.
Esa noche, tomé una decisión. Iba a buscar la verdad.
Esperé hasta muy tarde. La casa estaba tranquila. Caminé lento hacia la habitación de mis padres.
La puerta estaba abierta.
Mi madre dormía en la cama. Al lado de ella, las sábanas se movían como si alguien estaba allí. Pero yo no veía a nadie.
—Padre —dije muy bajo—. Necesito saber. ¿Qué eres?
Nada.
Entonces lo sentí. Una mano en mi espalda. Fría como el hielo.
—Hija —dijo la voz cerca de mi oreja—, tú ves la verdad.
—¿Qué verdad?
—Yo soy lo que cada persona necesita ver. Tu madre necesita ver amor. Tu hermano necesita ver su miedo. Pero tú… tú no necesitas ver nada.
—¿Por qué?
La mano fue a mi cara. Dedos fríos cerca de mis ojos.
—Porque tú eres como yo.
Miré mis manos. Estaban cambiando. Poco a poco, mis dedos se volvían claros como el agua.
—No —dije—. No quiero ser como tú.
—No eres nada malo. Eres real. Más real que cualquier cara. Las caras son solo cosas que la gente se pone. Tú y yo, no necesitamos esas cosas.
Corrí. Bajé las escaleras. Llegué al espejo del salón.
Me miré. Todavía podía ver mi cara. Pero mis ojos… mis ojos estaban cambiando. Se volvían vacíos. Dos ventanas sin nada al otro lado.
—Hija —dijo la voz desde algún lugar—, pronto vas a entender. Todos tienen mil caras. Nosotros tenemos la única cara real.
—¿Cuál?
—Ninguna.
Cerré los ojos. Cuando los abrí, vi algo nuevo en el espejo.
Vi a mi padre al lado de mí. Por primera vez, podía ver su forma.
No era un hombre guapo. No era algo malo. Era todo. Y nada. Mil caras que cambiaban cada segundo. Un momento joven, otro momento viejo. Un momento feliz, otro momento triste.
—Ahora puedes verme —dijo—. Porque ahora eres parte de nosotros.
Miré mi propia cara. Estaba cambiando también.
Mi madre me iba a ver como su hija buena. Mi hermano me iba a ver como algo malo. Pero yo, cuando me mire en el espejo, no voy a ver nada.
Solo la verdad.
Y la verdad no tiene cara.
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