Wanderer
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El niño en la escalera tiene la cara de mi hermano. Pero mi hermano murió hace un año. Y este niño está hecho de agua.
Tomás se ahogó en el río. Tenía doce años. Yo tenía diez. Mis padres no podían parar de llorar. Nuestra casa estaba llena de silencio y tristeza.
Un año después, en una noche de tormenta, todo cambió.
La lluvia golpeaba las ventanas. Yo estaba en mi habitación cuando escuché algo extraño.
Pasos. Pasos mojados.
Abrí la puerta y miré hacia abajo. Había alguien subiendo la escalera. Un niño. Se movía lento, dejando agua en cada paso.
Llegó arriba. La luz de la luna entraba por la ventana y pude ver su cara.
Era Tomás.
Pero no era Tomás.
Su piel era clara como el agua. Sus ojos eran azules, muy azules, como el fondo del río. Su voz sonaba como agua corriendo sobre piedras.
—Hola, hermana —dijo—. He vuelto a casa.
Grité. Mis padres salieron corriendo de su habitación. Mi madre vio al niño de agua y comenzó a llorar.
—¡Tomás! ¡Mi hijo!
Lo abrazó. El agua mojó toda su ropa, pero a ella no le importaba.
Mi padre tocó su cara de agua con las manos. Le temblaban.
—¿Eres tú, hijo?
—Sí, padre. El río me devolvió.
Pero yo no podía creerlo. Algo estaba mal.
Esa noche, el niño de agua durmió en la habitación de Tomás. Mis padres estaban felices por primera vez en un año. Yo no pude dormir.
A la mañana siguiente, encontré agua por toda la casa. El niño dejaba agua en todo lo que tocaba.
—Tomás siempre dejaba todo mojado después de nadar —dijo mi madre con una sonrisa.
Pero yo me acordaba de otra cosa. Mi hermano tenía miedo del agua.
Durante el desayuno, el niño de agua se sentó con nosotros. No comió nada. Solo nos miraba con esos ojos azules y profundos.
—¿No tienes hambre? —pregunté.
—El río me alimenta.
Toqué su mano. Estaba fría. Muy fría. Como el agua del río en invierno.
Los días pasaron. Mis padres hacían como si todo fuera normal. Pero yo veía cosas que ellos no veían.
Por la noche, el niño de agua no dormía. Se quedaba sentado en la ventana, mirando hacia el río.
Un día lo seguí. Caminó hacia el bosque, hacia el río. Me escondí detrás de un árbol.
El niño de agua entró en el río. Su cuerpo se hizo uno con el agua. Por un momento, desapareció. Luego volvió a formarse y caminó de regreso a casa.
Esa noche, fui a su habitación. Mi corazón latía fuerte.
—Sé lo que eres —dije—. Tú no eres mi hermano.
—Sí lo soy.
—No. Mi hermano tenía miedo del agua. Por eso se ahogó. Pero tú amas el agua. Tú ERES el agua.
El niño sonrió. Era una sonrisa fría, como el fondo del río donde no hay luz.
—Tu hermano está aquí. Dentro de mí. Yo lo protejo ahora.
—¿Qué quieres? —pregunté. Mi voz temblaba.
—Una familia. El río está muy solo.
Pensé en mis padres. Estaban felices. Después de un año de tristeza, al fin sonreían.
Pensé en Tomás. ¿Estaba dentro de esta cosa del agua?
—Quiero hablar con él —dije—. Con el verdadero Tomás.
El niño de agua cerró los ojos. Cuando los abrió, eran diferentes. Más cálidos. Más humanos.
—¿Luna? —dijo con la voz de mi hermano—. ¿Eres tú?
—¡Tomás!
Las lágrimas corrían por mi cara.
—Escucha, hermana. No tengo mucho tiempo. Él me encontró en el fondo del río. Me salvó… a su manera. No es malo. Solo está solo.
—¿Qué hago?
—Déjame quedarme en el agua. Pero visítame, ¿sí? Ven al río y háblame.
—Te echo de menos —dije.
—Yo también. Pero estoy bien aquí. El agua es mi casa ahora.
Sus ojos cambiaron otra vez. El niño de agua volvió.
—¿Tenemos un acuerdo? —preguntó.
—Sí. Puedes quedarte. Pero tienes que cuidar de él.
—Siempre.
Han pasado seis meses. El niño de agua vive con nosotros. Mis padres lo aman como si fuera Tomás. Y tal vez lo sea, de alguna manera.
Cada domingo voy al río. Me siento cerca del agua y hablo con ella. Le cuento a mi hermano sobre la escuela, sobre mis amigos, sobre mamá y papá.
Y a veces, cuando el sol brilla sobre el agua, puedo ver una sonrisa. La sonrisa de Tomás. La sonrisa de mi hermano, que ahora vive en el río.
No sé si esto es un final feliz. Pero es nuestro final.
Mi hermano de agua.
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