Wanderer
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Carlos era un hombre con mala suerte. Ese día, su suerte iba a ser peor.
Su jefe le dijo que tenía que ir al funeral de la madre de un hombre del trabajo. Carlos no conocía bien a ese hombre. Pero era importante ir.
El funeral era a las tres de la tarde en la iglesia del centro. Carlos llegó tarde porque se perdió. Cuando entró, la iglesia estaba llena de gente triste.
Carlos se sentó al lado de una mujer mayor. La mujer lloraba mucho. Carlos pensó: «Tengo que llorar también».
Empezó a llorar. Primero un poco. Después mucho más. Las personas a su lado lo miraban. Carlos pensó que lo miraban porque era muy triste. Pero lo miraban porque lloraba muy fuerte.
La mujer mayor le dio un papel. Carlos lo usó para la cara. Lloró más fuerte. La gente pensaba que él era el mejor amigo de la persona muerta.
Un hombre se levantó para hablar. Dijo cosas bonitas sobre la muerta. Carlos escuchó el nombre: Ana. No conocía a ninguna Ana. Pero siguió llorando.
Después, una mujer joven se levantó. Habló sobre su madre Ana. Dijo que a Ana le gustaba cocinar. Que Ana tenía tres gatos. Que Ana cantaba todas las mañanas.
Carlos lloraba más fuerte. «Qué triste», pensaba. «Ana era una buena persona».
Entonces Carlos se levantó. No sabía por qué. Algo lo llevó al frente de la iglesia. Todos lo miraban.
Carlos empezó a hablar. —Ana era especial. Muy especial. Una persona como ninguna otra. Ana nos dio tanto. Su amor. Su corazón.
Se paró. No sabía qué más decir. Nunca había conocido a Ana.
—Su amor por la vida —terminó Carlos.
Se sentó. La mujer mayor le tomó la mano. —Eres muy amable —le dijo.
Después del funeral, todos fueron a comer. Había mucha comida. Pollo, arroz, ensalada, pan, pastel. Carlos tenía hambre.
Mientras comía, un hombre se acercó. Era alto, con pelo gris.
—Perdón —dijo el hombre—. Soy el esposo de Ana. Gracias por sus palabras.
—Gracias a usted —dijo, con la boca llena de pollo.
—Pero… ¿cómo conocía usted a mi Ana?
Carlos se quedó sin mover. Un poco de arroz cayó de su boca.
—¿Ana? —preguntó Carlos.
—Sí, mi mujer. La muerta.
Su cara se puso roja. —Ana. Sí, Ana. La conocía del supermercado.
El hombre lo miró con cara extraña. —Ana nunca iba al supermercado.
Carlos tomó más comida. —Del parque entonces. Ella caminaba con sus gatos.
—Ana no tenía gatos. Tenía perros.
Carlos dejó caer su comida. —¿Qué? Pero la mujer dijo que tenía tres gatos…
—¿Qué mujer?
Carlos miró a la mujer joven. —Esa mujer. La hija.
—Esa no es la hija de Ana. Ana no tenía hijos. Esa es una amiga.
Carlos sintió que el suelo se movía. —¿Quién habló de los gatos?
—Nadie habló de gatos.
Carlos miró a su lado. Todo parecía diferente.
—Perdón —dijo Carlos lento—. ¿Esta es la iglesia del centro?
—No. Esta es la iglesia del norte. La del centro está a dos calles.
Carlos sintió que su cara se ponía más roja. Muy roja. Como un tomate.
—¿Usted no conocía a Ana? —preguntó el esposo.
—No —dijo Carlos—. Estoy en el funeral que no es.
Nadie habló. Otras personas empezaron a escuchar.
—¿Vino al funeral que no era… y lloró así?
—Sí. Lo siento mucho.
—¿Y habló sobre Ana sin conocerla?
—Sí.
—¿Y ahora está comiendo nuestra comida?
Carlos miró su comida. Todavía tenía pollo. Y pastel.
—Sí —dijo Carlos—. Pero la comida está muy buena.
El esposo empezó a reír. Primero un poco. Después muy fuerte. Pronto, todos reían.
—A Ana le hubiera gustado esto —dijo el esposo—. Le gustaban las cosas divertidas.
Carlos se sintió nervioso. —¿No está enfadado?
—Enfadado no. Es la cosa más divertida que pasó en mucho tiempo.
La mujer mayor se acercó. —¿Entonces no conocías a mi hermana?
—No, señora. Lo siento.
—No importa. Tus palabras fueron bonitas.
Carlos tomó más pastel. —Gracias. ¿Puedo llevar comida?
—Toma toda la que quieras.
Carlos llenó un plato grande. Después otro. Puso comida en los bolsillos de su chaqueta.
Antes de salir, se paró en la puerta.
—Ana parece que era una buena persona —dijo Carlos.
—Lo era —respondió el esposo.
—Entonces no lloré por nada.
Carlos salió de la iglesia con los bolsillos llenos de comida y muy feliz. Todavía tenía que ir al funeral de verdad.
Pero ahora tenía un problema nuevo: ya no tenía más ojos para llorar.
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