Wanderer
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Tengo ciento veinte fotos de mis vacaciones. En cada foto hay un hombre. Un hombre que no conozco. Un hombre con el dedo en la nariz.
Todo empezó en la playa.
Mi esposa Ana y yo estábamos en la playa. Había mucho sol. El mar estaba azul. El agua hacía un sonido tranquilo. Era nuestro primer día de vacaciones.
—Vamos a tomar una foto —dijo Ana.
—Buena idea —respondí.
Nos pusimos delante del mar. Ana levantó su teléfono. Sonreímos. Clic.
—Perfecta —dijo Ana mirando la foto.
Pero no era perfecta.
Detrás de nosotros había un hombre. Un hombre con una camisa amarilla. Un hombre con el dedo en la nariz.
—¿Quién es ese hombre? —pregunté.
—No lo sé —dijo Ana—. Qué asco.
Tomamos otra foto. Clic.
El hombre estaba allí. Con el dedo en la nariz.
—Otra vez —dijo Ana.
Tomamos otra foto. Y otra. Y otra.
En cada foto, el hombre estaba allí. Siempre con el dedo en la nariz. Siempre con la misma camisa amarilla. Siempre mirando directamente a nosotros.
—Vamos a otro lugar —dije.
Caminamos hasta el otro lado de la playa. Nos preparamos para otra foto. Clic.
El hombre estaba allí. Detrás de nosotros. Con el dedo en la nariz.
—¿Cómo llegó tan rápido? —preguntó Ana.
No tenía respuesta.
El segundo día fuimos a la montaña. Estábamos muy lejos de la playa. Subimos durante tres horas. Llegamos arriba. El aire era fresco. Podíamos ver todo.
—Aquí no puede estar —dije.
—Imposible —dijo Ana—. Nadie sube tan rápido.
Nos preparamos para la foto. Sonreímos. Clic.
Ana miró la foto. Su cara cambió.
—No puede ser —dijo con miedo.
Miré la foto. El hombre estaba allí. Arriba de la montaña. Con su camisa amarilla. Con el dedo en la nariz.
El tercer día fuimos al museo. Un lugar cerrado. Con seguridad. Era imposible que el hombre entrara sin que lo viéramos.
Nos pusimos delante de una pintura famosa. Clic.
El hombre estaba en la foto. Detrás de la pintura. ¿Cómo pasó detrás de la pintura? No lo sé. Pero estaba allí. Con el dedo en la nariz.
—Esto es un sueño malo —dijo Ana.
El cuarto día tomamos un barco a una isla pequeña. Una isla sin personas. Una isla sin nadie. Solo playa y árboles.
—Aquí estamos solos —dije—. Por fin.
Tomamos la foto. Clic.
El hombre estaba allí. Saliendo del agua como un monstruo del mar. Con su camisa amarilla mojada. Con el dedo en la nariz. Sonriendo.
El quinto día no tomamos fotos. Decidimos ignorar el problema.
Pero el sexto día era el día especial de Ana. Ella cumplía años. Teníamos que tomar una foto.
Fuimos a un restaurante muy bueno. Pedimos una mesa privada. Cerramos todo. Apagamos las luces. Solo teníamos una luz muy pequeña.
—Ahora sí —dije—. Es imposible que aparezca.
Tomamos la foto. Clic.
Miramos la foto con miedo.
El hombre estaba allí. En lo oscuro. Solo se veían sus ojos. Y su dedo. En su nariz.
Ana empezó a llorar.
—¿Por qué? —gritó—. ¿Por qué nos sigue? ¿Quién es? ¿Qué quiere?
No tenía respuesta. Solo tenía miedo. Y ciento veinte fotos de un hombre con el dedo en la nariz.
El último día de vacaciones, decidimos hablar con él. Lo buscamos por toda la ciudad. Lo buscamos en la playa, en la montaña, en el museo, en la isla. Pero no lo encontramos. El hombre solo aparecía en las fotos.
Volvimos a casa. Miramos todas las fotos de nuestras vacaciones. Ciento veinte fotos. Y en cada una, el hombre estaba allí. Con su camisa amarilla. Con el dedo en la nariz. Mirándonos.
Han pasado tres años desde esas vacaciones. Todavía no sabemos quién era ese hombre. A veces pienso en él. A veces sueño con él.
La semana pasada, mi hija nació. Tomamos una foto en el hospital. Ana, yo, y nuestra hija. Un momento perfecto.
Miré la foto.
El hombre estaba allí. En la ventana del hospital. Con su camisa amarilla. Sonriendo.
Con el dedo en la nariz.
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