Wanderer
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—¡No, no, no! Pedro abrió los ojos y miró la fecha en su teléfono. Quince de marzo. Hoy era el día especial de Ana. Y él no tenía nada. Absolutamente nada.
Miró a su mujer, que todavía dormía con una sonrisa pequeña. Ella era tan bonita. Y él era tan tonto.
—¿Qué pasa, mi amor? Ana abrió los ojos.
—¡Nada! —dijo Pedro muy rápido—. ¡Todo está bien! ¡Voy a comprar pan!
Salió corriendo de la casa. Tenía treinta minutos. Podía comprar algo bonito para Ana.
Corrió a la primera tienda. Cerrada.
—¿Por qué? —preguntó Pedro al cielo.
Corrió a la segunda tienda. También cerrada.
—¡Es domingo! —recordó—. ¡Todas las tiendas están cerradas!
Veinte minutos.
Corrió por las calles buscando algo, cualquier cosa. Pasó por el parque. Nada. Pasó por la plaza. Nada. Pasó por la iglesia donde el padre lo miró con cara seria.
Diez minutos.
Entonces vio la casa de su amigo, el señor Tomas. El señor Tomas tenía un jardín con verduras.
—¡Señor Tomas! —gritó Pedro—. ¡Necesito ayuda!
El señor Tomas salió de su casa. —¿Qué pasa?
—¡Olvidé el día especial de mi mujer! ¡Necesito algo para ella! ¿Tiene flores?
El señor Tomas pensó. —No tengo flores. Pero tengo patatas.
—¿Patatas?
—Sí. Muy buenas patatas. De mi jardín.
Pedro miró las patatas. Eran… patatas. Con tierra. Nada especial.
Cinco minutos.
—No tengo otra cosa —dijo Pedro. Tomó la patata más grande. —Gracias, señor Tomas.
—Buena suerte. La vas a necesitar.
Pedro corrió a casa. Ana estaba en la cocina, haciendo café. Cuando ella lo vio, sonrió.
—¡Feliz día, mi amor! —dijo Pedro.
—Gracias. ¿Y tienes algo para mí?
Pedro puso la patata en las manos de Ana.
Silencio.
—Es… una patata —dijo Ana.
—Sí —dijo Pedro—. Pero no es solo una patata.
Ana lo miró con ojos grandes. —¿No?
—No. —Pedro tomó las manos de Ana con la patata entre ellas. Su corazón latía muy rápido, pero las palabras salieron solas—. Nuestro amor es como esta patata. Es fuerte. Viene de la tierra. Crece sin hablar. Y da vida.
Ana miró la patata. Miró a Pedro. Miró la patata otra vez.
Y sus ojos se llenaron de agua.
—¡Lo siento! —dijo Pedro—. ¡Puedo comprar algo mañana! ¡Flores! ¡Chocolate! ¡Un coche nuevo!
Pero Ana no estaba triste. Estaba… ¿feliz?
—Es lo más bonito que nadie me ha dicho —dijo Ana con la voz muy baja.
—¿De verdad?
—De verdad. Nadie me ha dado una patata antes. Es especial porque viene del corazón.
Pedro no sabía qué decir. Pero Ana ya estaba llevando la patata al salón. La puso encima de la televisión. La miró con mucho amor.
—Voy a llamarla Rosa —dijo Ana.
—¿Le vas a dar nombre?
—Claro. Necesita un nombre.
Los días pasaron. Rosa la patata seguía encima de la televisión. Ana la miraba cada día. Le hablaba. Le decía «Buenos días, Rosa» por las mañanas mientras tomaba su café.
Pedro empezó a pensar que algo estaba mal.
Un año después, llegó otro quince de marzo.
—¿Dónde está mi patata? —preguntó Ana.
—¿Tu… patata?
—Mi patata de este año. Como la del año pasado.
Pedro corrió a la casa del señor Tomas. —¡Necesito otra patata!
—¿Otra vez? El señor Tomas sonrió. —Tu mujer es muy diferente.
—Lo sé. Por eso la quiero.
Y así empezó todo. Cada año, Pedro le daba una patata a Ana. Cada patata tenía un nombre. Después de Rosa vino Clara. Después de Clara vino Julia. Después de Julia vino Carlos.
—¿Carlos? —preguntó Pedro—. ¿Por qué Carlos?
—Porque esta patata tiene cara de Carlos —explicó Ana.
Ahora, después de veinte años, la casa de Pedro y Ana tiene muchas patatas. Todas viejas. Todas con nombres. Están en un armario especial que Ana llama «El Museo de Nuestro Amor».
Sus amigos piensan que están un poco mal de la cabeza. Sus hijos no saben qué decir cuando sus amigos visitan y ven las patatas. Pero Pedro y Ana son felices.
Cada quince de marzo, Pedro va al jardín del señor Tomas. Busca la patata más bonita. Y Ana espera en casa, alegre como una niña esperando un regalo.
Todo empezó porque Pedro olvidó un día especial hace veinte años.
La verdad es esta: A veces, lo mejor que puedes dar es una patata. Pero solo si encuentras a alguien que ve el amor en una patata. Como yo encontré a Ana.
Y mañana es quince de marzo. Ya sé qué voy a comprar.
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