Wanderer
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Nadie me habla. Mi café siempre está frío. Alguien escribió «JEFE = MALO» en mi puerta. Y mi madre no para de llamar a toda la familia.
Pero empiezo desde el principio.
Mi nombre es Carlos. Trabajo en una oficina grande en el centro de la ciudad. Tengo muchos amigos en el trabajo. Mi mejor amigo se llama Juan. Todos los días comemos juntos. La vida es buena.
Pero un día, todo cambió.
Mi jefe me llamó a su oficina. Estaba nervioso. ¿Hice algo malo? ¿Voy a perder mi trabajo?
—Carlos —dijo el jefe—, tengo buenas noticias. Vas a ser el nuevo jefe del equipo.
Me quedé sin palabras. ¿Yo? ¿El jefe?
—Gracias —dije—. Es algo muy grande para mí.
Salí de la oficina muy feliz. Llamé a mi madre.
—¡Madre! ¡Soy el nuevo jefe!
Mi madre empezó a hablar muy alto.
—¡Mi hijo es jefe! —dijo—. Voy a llamar a toda la familia. Tu abuelo va a estar muy feliz. ¡Por fin!
Esa noche no pude dormir. Pensé en mi futuro. Más dinero. Más poder. Una oficina más grande. Todo iba a ser mejor.
El lunes llegué temprano al trabajo. Todos me miraron de otra forma. Nadie me dijo «buenos días». Algo estaba mal.
Fui a buscar a Juan para comer juntos, como siempre.
—Juan, ¿vamos a comer? —pregunté.
Juan no me miró.
—No puedo —dijo—. Tengo mucho trabajo.
—Pero siempre comemos juntos —dije.
—Eso era antes —respondió Juan—. Ahora eres el jefe.
Me senté solo en la mesa. La comida no era buena. Miré a mis amigos. Todos comían juntos, lejos de mí.
El martes fue peor. Fui a la cocina por mi café. Mi café estaba en su lugar, pero estaba frío. Muy frío. Como si alguien lo hubiera puesto allí hace horas.
—¿Quién hizo esto? —pregunté.
Nadie respondió. Todos miraron sus computadoras.
El miércoles encontré algo en la puerta de mi oficina. Alguien escribió con letras grandes: «JEFE = MALO».
Me quedé mirando las letras. Sentí algo malo en el estómago. ¿Por qué no me quieren?
Llamé a mi madre esa noche.
—Madre, creo que quiero volver a mi trabajo anterior.
—¿Qué? —dijo mi madre con fuerza—. ¡No! Ya le dije a todos. Tu abuela, tu prima, la gente del pueblo. ¡Todos saben que eres jefe! No puedes dejar el puesto.
—Pero nadie me quiere —dije.
—El trabajo es más importante que el amor —dijo mi madre—. Un hombre debe ser fuerte.
El jueves quise ser amable. Compré galletas para todos.
—¡Hay galletas en la cocina! —dije muy feliz.
Nadie fue a buscar las galletas. Las galletas estaban solas todo el día. Al final, las comí yo. Todas.
El viernes fue el peor día. Llegué a mi oficina y encontré una foto en mi silla. Era una imagen de un hombre triste. En la foto decía: «El jefe malo».
Me senté y miré por la ventana. El sol daba luz a la calle. La gente caminaba feliz. Todos menos yo.
Juan pasó por mi puerta. Por un momento, nuestros ojos se encontraron.
—Juan —dije—, ¿recuerdas cuando éramos amigos?
Juan no dijo nada. Solo siguió caminando.
Esa noche, mi madre vino a comer a mi casa.
—Hijo, te veo triste —dijo.
—Es el trabajo, madre. Nadie me habla. Mi café siempre está frío. Escriben cosas malas en mi puerta.
Mi madre me miró con una cara alegre.
—Eso es normal —dijo—. Todos los jefes pasan por esto. Tu abuelo fue jefe durante veinte años. Nadie lo quería. Pero tenía una casa grande y un coche nuevo cada año.
—Pero yo quiero amigos —dije.
—Los amigos van y vienen —dijo mi madre—. El dinero se queda.
Miré a mi madre. Ella estaba tan feliz. Sus ojos tenían luz cuando decía «mi hijo, el jefe».
¿Cómo podía decir que quería volver a mi vida de antes?
El sábado pensé mucho. El domingo también. El lunes volví al trabajo.
Alguien había puesto una nueva foto en mi puerta. Era un hombre muy triste. En la imagen decía: «Nuestro jefe».
Fui a la cocina. Mi café estaba frío, como siempre.
Tomé el café frío. Me senté en mi oficina vacía. Miré la foto del hombre triste.
Y entonces empecé a encontrar todo muy divertido. Porque la foto era buena. Y porque mi vida ahora era una historia divertida. Una historia triste y divertida.
Mi teléfono empezó a sonar. Era mi madre.
—¡Hijo! Tu prima también quiere ser jefe algún día. Le dije que tú puedes ayudar. ¿No es bueno?
—Sí, madre —dije—. Es muy bueno.
Dejé el teléfono. Miré mi café frío. Miré la foto.
Este iba a ser un año muy largo. Pero mi madre estaba feliz.
Y yo… yo iba a tomar mucho café frío.
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