El Nuevo Vecino

Mi nuevo vecino se llama Roberto. Es muy simpático. Demasiado simpático.

El primer día, Roberto llamó a mi puerta. Tenía una sonrisa muy grande.

—¡Hola! Soy tu nuevo vecino. ¿Tienes café?

—Sí, claro —dije yo.

Roberto entró en mi casa. Se sentó en mi sofá. Bebió café. Y habló. Habló durante cinco horas. Sobre sus gatos.

—Tengo cuarenta y siete gatos —dijo Roberto—. Se llaman Pelusa Uno, Pelusa Dos, Pelusa Tres…

Eran las once de la noche cuando finalmente se fue.

El segundo día, Roberto volvió. Esta vez trajo galletas.

—¡Buenos días! ¿Tienes café?

—Bueno, yo tengo que trabajar… —empecé a decir.

—¡Perfecto! Yo también tengo tiempo libre.

Roberto se quedó seis horas. Me contó la historia de cada gato. Pelusa Siete tiene miedo del agua. Pelusa Quince duerme en el baño. Pelusa Veintidós come calcetines.

El tercer día, Roberto llegó más temprano. A las siete de la mañana.

—¡Buenos días, amigo!

Esta vez trajo un gato. Un gato gordo y naranja.

—Este es Pelusa Cuatro. Tiene problemas de nervios. Necesita compañía.

Pelusa Cuatro se sentó en mi televisión. Y allí se quedó. Todo el día. Y toda la noche.

El cuarto día, Roberto trajo tres gatos más.

—Pelusa Cuatro estaba triste solo. Ahora tiene amigos.

Los gatos estaban en mi sofá, en mi cama, en mi cocina. Uno dormía dentro de mi nevera. ¿Cómo entró en la nevera? No lo sé. Yo tampoco quiero saberlo.

El quinto día, Roberto trajo diez gatos.

—Estos son los pequeños. Son muy tranquilos.

No eran tranquilos. Para nada. Corrían por toda la casa. Subían por las paredes. Saltaban sobre mi cabeza. Uno durmió en mi cara. Toda la noche.

El sexto día, Roberto trajo el resto de los gatos. Cuarenta y siete gatos. En mi casa. Mi casa pequeña. Muy pequeña.

—Roberto —dije—, esto es demasiado.

—Tienes razón —dijo Roberto—. Tu casa es pequeña. Voy a quedarme aquí para ayudar con los gatos.

—¿Qué?

—Es lo mejor. Los gatos me necesitan.

Roberto fue a su casa. Volvió con una maleta. Y otra maleta. Y otra. Y otra. Y otra. Cinco maletas en total.

—¿Dónde está mi dormitorio? —preguntó.

—No tienes dormitorio aquí.

—¡Ah! Puedo dormir en el tuyo. No hay problema.

Esa noche, Roberto durmió en mi cama. Yo dormí en el sofá. Pero el sofá estaba lleno de gatos. Dormí en el suelo. Pero el suelo también tenía gatos. Dormí de pie. Como un caballo. Un caballo muy cansado y muy triste.

El séptimo día, decidí hablar con Roberto.

—Roberto, esta es mi casa. Tú tienes tu propia casa.

—Mi casa está vacía —dijo Roberto—. Es muy triste. Aquí es mejor. Tengo compañía. Tenemos compañía.

—Pero… es mi casa.

—Nuestra casa ahora. Somos familia.

Intenté cerrar la puerta. Pero había un gato en la puerta. Intenté abrir una ventana. Había tres gatos en la ventana. Intenté llamar por teléfono. Pero un gato estaba sentado en mi teléfono. Me miró. No se movió.

El octavo día, encontré mi solución. El jardín.

El jardín no tenía gatos. El jardín era tranquilo. El jardín era mío.

Moví mis cosas al jardín. Mi ropa. Mis libros. Mi ordenador. Puse una pequeña tienda bajo el árbol grande.

Roberto salió de la casa.

—¿Qué haces?

—Vivo aquí ahora.

—¿En el jardín?

—Sí.

Roberto pensó un momento.

—Bueno —dijo—. Pero vienes a tomar café, ¿verdad?

Miré la casa. Mi casa. Ahora había cuarenta y siete gatos en las ventanas. Y Roberto en la puerta. Sonriendo.

—Sí, Roberto. Vengo a tomar café.

Y así es mi vida ahora. Vivo en el jardín. Mi vecino vive en mi casa. Con cuarenta y siete gatos. Bueno, con cuarenta y siete gatos y mis muebles.

Pero, ¿sabes qué? El jardín no está mal. Es tranquilo. No hay gatos. Bueno, casi no hay gatos.

Esta mañana, Roberto llegó con una sonrisa muy grande.

—¡Buenas noticias, amigo! Pelusa Cuarenta y Ocho acaba de nacer. ¡Y Pelusa Cuarenta y Nueve! ¡Y Cincuenta!

Miré mi pequeña tienda. Miré el jardín de Roberto. Su jardín vacío. Su jardín tranquilo. Su jardín sin gatos.

Creo que sé dónde voy a vivir mañana. Y creo que Roberto también va a necesitar una tienda.

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