El Nuevo Padre

No he dormido en tres semanas. Mi hijo tiene veintiún días. Él duerme mucho, pero nunca cuando yo estoy en casa.

Mi esposa dice que Lucas es un bebé muy bueno. —Duerme ocho horas —dice ella—. Es perfecto.

Mentira. Es un monstruo pequeño con ojos bonitos y una sonrisa terrible.

Esta mañana me levanto a las seis. Bueno, no me levanto porque nunca me acosté. Lucas lloró toda la noche. Toda. La. Noche.

Voy a la cocina porque necesito café. Mucho café.

Abro la nevera. Saco la leche. Cierro la nevera. Abro el armario. Pongo la leche en el armario. Cierro el armario.

Perfecto.

Ahora el café. Abro el armario. Saco el café. Cierro el armario. Abro la nevera. Pongo el café en la nevera. Cierro la nevera.

Perfecto.

Espero. Espero más. El café no está listo.

Miro la cafetera. Está vacía. No hay agua. No hay café. Solo hay tristeza.

—¿Qué haces? —pregunta mi esposa.

La miro. —Café —digo.

—El café está en la nevera.

—Sí, lo sé.

—¿Y la leche?

—En el armario.

—¿Por qué?

No respondo porque no tengo respuesta.

Me ducho con agua fría. Muy fría. No me importa porque estoy tan cansado que no siento nada.

Me visto. Camisa, pantalones, zapatos. Miro el espejo y un monstruo me mira. Tiene ojos rojos y pelo loco. Soy yo.

—Te ves bien —dice mi esposa.

—Mentirosa —digo.

Ella sonríe y me da un beso.

Bajo las escaleras. Voy a la puerta. Busco mis llaves.

—¿A dónde vas? —pregunta ella.

—Al trabajo.

—Hoy es domingo.

Silencio. Miro mi teléfono. Es domingo. Es realmente domingo.

—Lo sabía —digo.

—No, no lo sabías.

—No, no lo sabía.

Lucas está en su silla pequeña. Es una silla muy pequeña para bebés. Yo me siento en ella.

No sé por qué lo hago. Mi cuerpo actúa solo cuando estoy tan cansado.

La silla hace un sonido terrible. Mis piernas no caben. Mi cuerpo no cabe. Nada cabe.

—¿Por qué estás sentado en la silla del bebé? —pregunta mi esposa.

—No sé, mamá.

Silencio.

—¿Me llamaste mamá?

Pienso un momento. —¿No?

—Sí, me llamaste mamá.

—Oh.

—Soy tu esposa.

—Ya lo sé.

—No soy tu madre.

—Ya lo sé.

—¿Estás bien?

—No. No estoy bien.

Intento levantarme de la silla pero no puedo. No puedo salir. La silla pequeña me tiene y no me deja ir. Es mi nueva casa.

—Ayúdame, por favor —digo.

Mi esposa me mira pero no me ayuda. Saca su teléfono y toma una foto.

—Esta foto es para tu madre —dice—. Tu verdadera madre.

—Por favor, no.

Ella toma otra foto.

—Esta es para mis amigas. Les va a encantar.

—Por favor, ayúdame.

—Espera, necesito una foto mejor. Sonríe.

Otra foto. Y otra más.

Finalmente, ella me ayuda y salgo de la silla. Mis piernas no funcionan bien. Camino como un hombre muy viejo.

Esa noche, estamos sentados en el sofá. Lucas duerme en los brazos de mi esposa.

—¿Sabes qué? —dice ella—. Lucas durmió ocho horas ayer.

—¿Qué? ¿Cuándo?

—De las diez de la mañana a las seis de la tarde. Durmió perfectamente.

—Yo estaba aquí ayer. No lo vi dormir nunca.

—Fuiste al supermercado.

—Solo por veinte minutos.

—Durmió mientras no estabas en casa.

La miro. —¿Nuestro hijo solo duerme cuando yo no estoy?

—Sí, es verdad.

—Pero… ¿por qué?

—No sé. Creo que le gusta verte sufrir.

Miro a Lucas. Lucas abre un ojo. Solo uno. Me mira. Y sonríe.

—No es un bebé —digo—. Es un demonio.

—Es tu demonio —dice mi esposa.

Lucas cierra el ojo y parece dormido.

—¡Mira! ¡Está durmiendo! —digo.

Me acerco. Un paso. Dos pasos. Tres pasos.

Lucas abre los dos ojos.

Y empieza a llorar.

Mi esposa me mira. —Tal vez debes ir al supermercado otra vez.

Miro a mi hijo. Mi pequeño demonio con ojos bonitos. Lo amo más que a nada en el mundo.

Pero esta noche, voy a dormir en el coche.

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