Wanderer
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Compro un perro en la tienda de animales. Es pequeño. Muy pequeño. Cabe en mi mano. Es el error más grande de mi vida.
—Es perfecto —digo—. Un perro pequeño para mi apartamento pequeño.
El hombre de la tienda me mira. Tiene una cara extraña. Como si supiera algo que yo no sé.
—Sí —dice con una sonrisa—. Perfecto.
La primera semana, el perro duerme en una caja pequeña. Come muy poco. Es el perro perfecto.
La segunda semana, el perro ya no cabe en la caja. Ahora duerme en una silla. Come un poco más.
«Está creciendo», pienso. «Normal».
La tercera semana, el perro duerme en el sofá. Come mucho. Cuando me siento en el sofá, no hay espacio para mí.
—Bueno —digo—. Los perros crecen.
Un mes después, el perro es más grande que yo.
No es una broma. Es más alto que yo. Pesa más que yo. Cuando camina por el apartamento, el piso tiembla.
—Esto no es normal —le digo a mi amigo Pedro por teléfono.
—¿Qué come? —pregunta Pedro.
—Todo —respondo—. Come todo.
El perro ahora duerme en mi cama. Yo duermo en el suelo.
No es mi decisión. Cuando intento subir a la cama, el perro me mira. Solo me mira. Y yo bajo de la cama.
Mi novia me llama.
—¿Cómo está tu perro nuevo? —pregunta.
—Bien —digo desde el suelo—. Todo está bien.
—¿Por qué hablas tan bajo?
—El perro está durmiendo.
Dos meses después, las cosas cambian más.
El perro come en la mesa. Yo como en el suelo.
El perro ve la televisión en el sofá. Yo me siento en el suelo.
El perro recibe mis mensajes. Yo no recibo nada.
Un día, mi vecino me ve en el pasillo.
—Hola —dice—. ¿Cómo está tu padre?
—¿Mi padre? —pregunto confundido—. Mi padre vive en otra ciudad.
—No, no —dice el vecino—. El hombre grande que vive contigo. El que pasea al hombre pequeño.
Me quedo en silencio. El perro me pasea a mí ahora. Es verdad. Salimos tres veces al día. El perro lleva la correa. Yo camino.
Tres meses después, acepto mi nueva vida.
El perro paga el alquiler. No sé cómo. Pero lo paga.
El perro cocina la cena. Hace buena pasta.
El perro habla por teléfono con mi madre. Ella dice que el perro es más simpático que yo.
—Tu hijo nunca llama —le dice a él—. Pero tú siempre llamas. Eres un buen chico.
Yo escucho desde el suelo.
Un día, vuelvo a la tienda de animales. El mismo hombre está allí.
—Quiero devolver al perro —digo.
El hombre se ríe.
—No aceptamos devoluciones —dice—. Además, ¿quién es el dueño ahora? ¿Tú o el perro?
Pienso en mi vida. El perro tiene mi cama. Mi comida. Mi televisión. Mi madre lo quiere más.
—El perro —admito.
—Entonces —dice el hombre—, tú eres el que debe ser devuelto.
Esa noche, el perro y yo tenemos una conversación seria.
—Mira —le digo—. Soy un hombre. Tú eres un perro. Las cosas tienen que cambiar.
El perro me mira. Luego mira la puerta.
—¿Me estás pidiendo que me vaya? —pregunto.
El perro dice que sí con la cabeza.
—Pero es mi apartamento —digo.
El perro muestra los documentos del alquiler. Su nombre está en ellos. No sé cuándo cambió eso.
Ahora vivo en la caja pequeña del jardín. La que era del perro.
El perro me visita a veces. Me trae comida. Es amable.
Mi novia ahora sale con el perro. Dice que él es más serio que yo.
Y mi madre viene a cenar todos los domingos. Al apartamento. Con el perro.
Yo los miro desde mi caja.
—La próxima vez —me digo—, compro un pez.
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