Wanderer
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Roberto tenía un problema terrible: no podía recordar las direcciones. Ni una sola. Podía olvidar cómo llegar a su propio trabajo.
Por eso, Roberto amaba su GPS. Lo usaba para ir al trabajo. Al supermercado. A la casa de su madre. El GPS era su mejor amigo.
Un sábado, su mujer Elena le dijo:
—Roberto, necesito que vayas al centro comercial. Tenemos que comprar un regalo para tu hermano.
—No hay problema —dijo Roberto—. Mi GPS sabe dónde está todo.
Subió a su coche y puso el GPS.
—Gira a la derecha —dijo el GPS con su voz tranquila.
Roberto giró a la derecha. Después giró a la izquierda. Después giró a la derecha otra vez. Pasaban los minutos, pero no veía ningún centro comercial.
Después de treinta minutos, el GPS dijo:
—Has llegado a tu destino.
Roberto miró por la ventana. No era un centro comercial. Era una iglesia grande con muchas flores y un coche blanco.
—Esto no es el centro comercial —dijo Roberto.
Pero una mujer mayor corrió hacia su coche.
—¡Por fin llegas! —gritó ella—. ¡La boda va a empezar! ¡Eres el último!
Antes de que Roberto pudiera hablar, la mujer lo tomó del brazo y lo llevó dentro de la iglesia. Roberto se sentó en la última fila. No conocía a nadie.
La novia era muy bonita. El novio estaba nervioso. Roberto no entendía nada. Cuando la novia besó al novio, Roberto aplaudió con todos los demás.
Después, Roberto salió muy rápido de la iglesia. Subió a su coche y puso el GPS otra vez.
—Necesito ir al centro comercial —dijo Roberto al GPS—. ¡Al centro comercial de verdad!
—Entendido —respondió el GPS—. Gira a la izquierda.
Roberto siguió las direcciones. Izquierda. Derecha. Derecha otra vez. Todo recto durante diez minutos.
—Has llegado a tu destino —dijo el GPS.
Roberto miró afuera. No era el centro comercial. Era un cementerio. Había muchas personas vestidas de negro. Estaban llorando.
—No, no, no —dijo Roberto en voz baja—. Esto está mal.
Pero un hombre alto caminó hacia él.
—Gracias por venir —dijo el hombre con tristeza—. Mi padre habría estado muy feliz de verte aquí.
—Yo… lo siento mucho —dijo Roberto muy nervioso.
El hombre lo abrazó fuerte. Roberto caminó entre las personas. No conocía a nadie. Pero todos lo miraban como si fuera un amigo de toda la vida.
Un señor mayor le dijo:
—Eres muy buen amigo. Viniste desde muy lejos.
Roberto dijo que sí con la cabeza. Escuchó palabras bonitas sobre el hombre muerto. Era una persona muy buena.
Cuando todo terminó, Roberto volvió a su coche. Estaba muy confundido.
—GPS —dijo Roberto—, ¿qué está pasando? Necesito ir al centro comercial. ¡Solo al centro comercial!
—Nueva ruta —dijo el GPS—. Sigue todo recto.
Roberto decidió seguir las direcciones una vez más. Ya no tenía opciones. Elena lo esperaba con el regalo.
Esta vez, el GPS lo llevó a una casa grande. Había muchos coches afuera.
—Has llegado a tu destino —dijo el GPS.
Roberto miró la casa. No la conocía. Pero estaba cansado de pelear con el GPS. Bajó del coche y caminó hacia la puerta.
Tocó la puerta.
La puerta se abrió. Adentro estaba todo oscuro.
—¿Hola? —dijo Roberto—. ¿Hay alguien?
De repente, todas las luces se prendieron.
—¡SORPRESA!
Roberto casi se cayó. La casa estaba llena de personas. Sus amigos. Su familia. Había globos, pastel y muchas cosas bonitas.
Y en el centro de todo estaba Elena, con una sonrisa muy grande.
—¡Feliz cumpleaños, mi amor! —gritó Elena.
Roberto no entendía nada.
—Pero… pero… mi cumpleaños es la semana que viene —dijo Roberto.
Elena se rio.
—Lo sé. Pero quería que fuera una sorpresa de verdad. Así que cambié las direcciones de tu GPS.
Roberto abrió la boca con sorpresa.
—¿Tú hiciste que el GPS me llevara a la boda?
—Sí —dijo Elena—. Es la boda de mi prima. Ahora somos amigos de la familia.
—¿Y el funeral?
—El padre de mi amigo del trabajo. Un hombre muy bueno. Ahora tienes nuevos amigos.
Roberto no sabía si reír o llorar.
—¿Todo el día fue tu plan?
Elena dijo que sí con la cabeza.
—Todo. Cada giro. Cada lugar. Todo fue mi plan.
Roberto miró a su mujer. Después miró a sus amigos. Después miró el pastel de chocolate.
Al final, Roberto empezó a reír. Se rio y se rio hasta que le dolía el estómago.
—Eres increíble —dijo Roberto, abrazando a Elena—. Estás loca, pero eres increíble.
Elena le dio un beso en la mejilla.
—Feliz cumpleaños, mi amor. Y mañana puedes ir al centro comercial. Si el GPS quiere.
Roberto sonrió. Pero esa noche, puso una nota en su teléfono: «Cambiar la contraseña del GPS».
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