Wanderer
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Bob tiene un problema. Un problema muy grande. Estudió español durante dos semanas en su teléfono, y ahora está en Madrid. En agosto. Y hace mucho, mucho calor.
«Necesito agua», piensa Bob. «Pero primero, voy a practicar mi español con la gente de aquí».
Bob ve a una señora mayor en la calle. Ella lleva un vestido azul y camina despacio con su bolsa. Bob sonríe y se acerca a ella.
—Perdón, señora —dice Bob—. Estoy muy caliente.
La cara de la señora cambia completamente. Sus ojos se abren muy grandes. Su boca forma una O perfecta.
—¡Dios mío! —grita la señora. Corre hacia el otro lado de la calle tan rápido como puede.
Bob no entiende nada. «¿Qué pasó?», piensa. «Solo quería decir que hace calor».
Bob ve a un policía cerca de un banco. «Perfecto», piensa Bob. «Un policía puede ayudarme a encontrar agua».
Bob camina hacia el policía con una gran sonrisa.
—Hola, señor policía —dice Bob—. Estoy muy, muy caliente. ¿Puede ayudarme?
El policía mira a Bob durante tres segundos sin decir nada. Después, lentamente, saca su teléfono.
—María —dice el policía a su teléfono—. No vas a creer esto. Hay un turista aquí que me dice que está muy caliente. A mí. En la calle. A las once de la mañana.
Bob escucha risas desde el teléfono.
—¿Qué? —dice Bob—. No, no. Solo quiero agua. Agua. Porque estoy caliente.
El policía mira a Bob. En su cara hay confusión y algo de diversión.
—Amigo —dice el policía—. Creo que quieres decir que tienes calor. No que estás caliente.
—¿Hay diferencia? —pregunta Bob.
—Mucha diferencia —dice el policía, ahora riendo—. Cuando dices «estoy caliente», no estás hablando del tiempo. Estás diciendo algo muy diferente. Algo… personal.
Bob piensa por un momento. Después, su cara se pone muy roja. Más roja que un tomate. Más roja que el sol de agosto.
—Oh no —dice Bob—. La señora mayor…
—¿Le dijiste eso a una señora mayor? —pregunta el policía.
—Sí. Y ella corrió.
El policía empieza a reír muy fuerte. Tanto que tiene que sentarse en el banco.
En ese momento, pasan tres mujeres jóvenes. Una de ellas mira a Bob y sonríe.
—Mira —dice a sus amigas—. Es el turista caliente. Mi abuela me llamó hace cinco minutos para contarme.
—¿Tu abuela? —pregunta Bob con miedo.
—Sí. Ella vive en esta calle. Un vestido azul, ¿verdad?
Bob quiere desaparecer. Quiere que la tierra se abra y se lo coma.
—Ahora toda la ciudad sabe —dice otra de las mujeres, mirando su teléfono—. Mi madre también me envió un mensaje. Dice que hay un turista muy interesante en el centro.
—Solo quería agua —dice Bob, casi llorando—. Solo quería un poco de agua fría. Nada más.
Las tres mujeres se miran entre ellas y empiezan a reír también.
—Pobre turista —dice una de ellas—. Mi abuela todavía está hablando de ti. Dice que nunca va a olvidar este día.
El policía, todavía riendo, le da una botella de agua.
—Toma —dice—. Y una clase gratis: cuando tienes calor, dices «tengo calor». Cuando estás caliente… bueno, mejor no decirlo a señoras mayores.
Bob bebe el agua rápidamente. Está fría y muy buena. Pero ahora Bob tiene un nuevo problema: toda Madrid piensa que es un hombre muy extraño.
Camina por las calles, y la gente lo mira. Algunos sonríen. Otros hablan en voz baja. Un hombre con un perro se ríe cuando lo ve pasar.
—Es él —escucha Bob decir a alguien—. El turista caliente.
Una hora después, Bob está en un café. Tiene mucha sed otra vez. El camarero se acerca.
—¿Qué desea? —pregunta el camarero.
Bob abre la boca para decir algo, pero se detiene. Piensa muy bien antes de hablar.
—Agua —dice finalmente—. Solo agua. Nada más. Solo agua fría. Por favor.
El camarero sonríe.
—Ah —dice—. ¿Eres el turista caliente?
Bob cierra los ojos.
Dos semanas de español. Dos semanas. Y ahora es famoso en toda Madrid.
Por decir cuatro palabras.
Las palabras equivocadas.
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