Wanderer
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María tenía un secreto terrible. Un secreto que nadie podía saber. Y ahora iba a decirlo.
—Tengo que decirte algo —dijo María a su amiga Elena. Las dos mujeres bebían café en el salón. Era viernes por la noche.
Elena se acercó más. —Dime. No voy a decir nada a nadie.
María miró la puerta. Miró la ventana. Después habló muy bajo.
—A veces… ceno con cereal.
Elena abrió la boca. —¿Cereal? ¿Para la cena?
—Sí. Con leche fría. Dos veces a la semana.
—¡No puede ser! —Elena parecía muy sorprendida.
—Por favor, no se lo digas a nadie —dijo María—. Es mi secreto.
—Claro que no —dijo Elena—. Nunca.
Elena salió de la casa a las diez de la noche. Vio a Rosa, una amiga de su madre, cerca de la calle.
—¡Rosa! —llamó Elena—. Tengo que contarte algo.
Rosa se acercó. —¿Qué pasa?
—María cena cereal. Con leche. Como una niña.
—¡No! —Rosa puso una mano en su cara—. ¿Cereal para cenar?
—Sí, pero no puedes decir nada. Es un secreto.
—Por supuesto —dijo Rosa—. No voy a hablar.
Pero Rosa llamó a su hermana esa noche. Y su hermana llamó a tres amigas. Y esas amigas hablaron con diez personas más. Y esas diez personas hablaron con cien.
El sábado por la mañana, María fue al supermercado. Quería comprar más cereal.
Una mujer la miró. Después otra mujer. Un hombre con su hijo también la miró.
—¿Esa no es la mujer del cereal? —preguntó el hombre a su hijo.
María no entendió. Tomó una caja de cereal y fue a pagar.
La dependiente la miró muy feliz. —¡Eres tú! La mujer que cena cereal.
—¿Cómo? —María no podía creer lo que escuchaba.
—Todo el mundo lo sabe —dijo la dependiente—. Sales en todas partes.
María dejó el cereal en la mesa y salió corriendo. Su corazón iba muy rápido.
En su casa, María abrió su teléfono. Tenía cien mensajes. Abrió su computadora y buscó su nombre.
«LA MUJER DEL CEREAL: ¿ES NORMAL CENAR ASÍ?»
«DIEZ RAZONES PARA CENAR CEREAL COMO MARÍA»
«UNA MUJER COME CEREAL PARA LA CENA Y TODO EL PAÍS HABLA DE ELLA»
María se sentó en el suelo. Su pequeño secreto ahora estaba en todas partes.
Su teléfono empezó a sonar. Era Elena.
—María, ¿viste las noticias? —preguntó Elena.
—¡Tú! —dijo María muy enfadada—. ¡Dijiste que no ibas a decir nada!
—Solo le dije a Rosa. Una persona. ¡Solo una!
—¡Y Rosa le dijo a todo el mundo!
María terminó la llamada sin decir adiós. Quería gritar.
El domingo fue peor. María no quería salir de casa. Pero tenía hambre y no había comida en la nevera.
Se puso un sombrero grande. Caminó al supermercado más lejos de su casa.
Cuando llegó al cereal, no había nada. Las cajas no estaban.
—Perdón —le dijo a un empleado—. ¿Dónde está el cereal?
El empleado se rió. —Desde ayer no tenemos. Todo el mundo quiere cenar cereal ahora. Como usted.
—¿Como yo?
—Sí, usted es muy famosa. ¡Todos quieren ser como usted!
María salió sin comprar nada. Esto era una pesadilla.
El lunes, María fue a trabajar. En su mesa alguien había puesto una caja de cereal con una nota: «¡Para la cena!»
Su jefe vino a verla. —María, tenemos un problema. Hay gente fuera. Quieren hablar sobre el cereal.
María miró por la ventana. Había veinte personas con cámaras en la calle.
—Esto no puede ser real —dijo María.
—La gente te quiere ver —dijo su jefe—. Eres la Mujer del Cereal. La más famosa de la ciudad.
María puso la cabeza en la mesa. Su vida era un desastre.
Esa noche, María se sentó sola en su cocina. Quería cereal. Pero no podía comprarlo porque la gente la seguía. Los supermercados ya no tenían cereal.
Su teléfono empezó a sonar. Un número que no conocía.
—¿Hola?
—Buenos días, señora. Soy de Cereales del Sol. Queremos que usted sea la cara de nuestra empresa.
—¿Yo? ¿La cara?
—Sí. Le vamos a pagar mucho dinero. Y cereal gratis para siempre.
María pensó por un momento. Cereal gratis. Para siempre.
—¿Cuánto dinero? —preguntó.
—Un millón.
María casi se cae de la silla.
Tres meses después, la cara de María estaba en todas las cajas de cereal del país. En la televisión, en el supermercado, en todas partes.
Elena fue a ver a María en su nueva casa grande. María abrió la puerta muy feliz.
—¿No estás enfadada? —preguntó Elena con miedo.
—¿Enfadada? ¡Gracias a ti soy rica!
Las dos amigas entraron en la cocina. En la mesa había veinte cajas de cereal.
—¿Quieres quedarte a cenar? —preguntó María.
Elena se rió. —¿Cereal?
—¿Qué más? —dijo María—. Ahora es lo único que como. Para el desayuno, el almuerzo, y la cena.
Y las dos amigas cenaron cereal juntas. El secreto más terrible del mundo ahora era el mejor negocio de María.
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