El Gimnasio

Roberto nunca hace ejercicio. Nunca. Tiene cuarenta años, una oficina, mucho pan y mucha cerveza. Su vida es tranquila. Demasiado tranquila.

Un día, se mira en el espejo y no le gusta lo que ve. —Necesito cambiar mi vida —dice—. Voy a hacer ejercicio.

Su mujer se ríe. Sus amigos se ríen. Pero Roberto está seguro de que va a ser fuerte.

El primer día, Roberto llega muy temprano porque quiere empezar bien. Hay una puerta grande con unas palabras que dicen «ABRIR HACIA TI». Roberto pone las manos en la puerta y la empuja. La puerta no se abre. Roberto empuja más fuerte. Nada.

Un hombre joven abre la puerta desde dentro. —Señor, tiene que abrir hacia usted.

Roberto entra con la cara muy roja mientras el hombre lo mira. —Es mi primer día —dice.

Roberto ve una cosa grande para correr. Hay muchas personas corriendo. Parece fácil. Roberto sube y empieza a caminar. Pero camina en la otra dirección porque no sabe cómo funciona. La cosa lo mueve hacia atrás. Roberto cae al piso.

—¿Está bien, señor? —pregunta una mujer.

—Sí, —dice Roberto desde el piso—. Es parte de mi ejercicio.

El segundo día, Roberto encuentra las cosas para hacer fuertes los brazos. Quiere empezar poco a poco, así que busca las más pequeñas. Encuentra unas muy bonitas de color rosa. Las sube muy fácil. Alto, bajo. Alto, bajo. Roberto está muy feliz.

Un niño de ocho años pasa y dice: —Señor, esas son mis cosas. Son para niños.

Roberto las mira. Tienen imágenes de animales.

—Ah —dice Roberto—. Yo estaba… preparándome.

El niño se va con sus cosas mientras Roberto busca otras. Encuentra unas negras muy grandes. Quiere subirlas. No puede moverlas nada.

El tercer día, Roberto quiere tomar una clase porque piensa que será más fácil. La clase es para personas nuevas. Roberto cree que será fácil porque es solo sentarse y respirar.

La mujer de la clase dice: —Suban la pierna izquierda. Roberto sube la pierna derecha.

—La otra pierna, señor —dice la mujer.

Roberto cambia de pierna y cae sobre otra mujer a su lado.

—Perdón, perdón —dice Roberto mientras se levanta.

—Ahora, pongan las manos en los pies —dice la mujer de la clase.

Roberto no puede poner las manos en sus pies. Solo puede poner las manos cerca de sus piernas.

Una mujer de ochenta años a su lado pone las manos en sus pies sin problema. Roberto la mira muy triste.

El cuarto día, Roberto se sienta en otra cosa y empieza a mover las piernas. Después de cinco minutos, mira los números. Ha hecho doscientos metros.

—¡Doscientos metros! —dice Roberto muy feliz—. ¡Muy bien!

El hombre a su lado ha hecho diez mil metros en el mismo tiempo.

—Cada persona va a su manera —dice Roberto.

Una semana después, Roberto se pone en una cosa que dice cuánto pesas. Ha ganado dos kilos más.

—Cuando haces ejercicio, pesas más —dice Roberto a su mujer esa noche.

—Pero no pareces diferente —dice ella.

—Los cambios son por dentro. No se ven, pero están ahí.

Su mujer no dice nada.

Pasan los días. Roberto sigue yendo a hacer ejercicio. Todos los días hace algo mal. Un día usa la cosa de piernas con los brazos. Otro día se ducha con la ropa puesta porque no encuentra dónde cambiar la ropa.

Pero Roberto está feliz. Muy feliz.

El día treinta, Roberto se mira en el espejo. Su cuerpo es igual que el primer día. Tal vez un poco más gordo.

Pero Roberto está muy feliz. —Mira qué bien voy —dice—. Estoy mucho mejor.

Un empleado lo escucha y pregunta: —¿Mejor en qué sentido?

Roberto piensa un momento. —Ahora sé que la puerta dice «abrir hacia ti». Eso es bueno.

El empleado lo mira sin saber qué decir.

—Y ya no me caigo de la cosa de correr. Solo a veces.

El empleado dice que sí con la cabeza, pero muy lento.

—Y puedo subir las cosas de niños sin problema.

—Señor —dice el empleado—, creo que necesita ayuda de alguien que sabe mucho de ejercicio.

—No, no —dice Roberto—. Estoy muy bien así. Voy a mi manera.

Roberto sale muy feliz. Camina hasta su coche. Pone las manos en la puerta y la empuja. La puerta dice «ABRIR HACIA TI».

Roberto se ríe de sí mismo. —Mañana lo voy a recordar —dice.

Pero todos sabemos que no lo va a recordar. Y todos sabemos que va a volver mañana.

Porque Roberto es feliz. Y a veces, eso es lo único que importa.

Bueno, eso es lo que Roberto le dice a su mujer cuando ella pregunta por qué el gimnasio cuesta tanto dinero.

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