El Pájaro Temprano

Todo el mundo en mi oficina cree que soy un espíritu. Una mujer muerta. No es verdad. Solo me despierto muy temprano. Demasiado temprano.

Me llamo María. Mi reloj suena a las cuatro de la mañana. Otras personas duermen hasta las siete, pero yo no puedo. Me levanto cuando todavía no hay luz. Mientras todos duermen, yo me visto y me voy a trabajar.

Trabajo en una oficina grande en el centro de la ciudad. La oficina abre a las ocho. Pero yo llego a las seis. Dos horas antes que todos.

La primera mañana fue muy buena. Entré en el edificio y todo estaba negro. Las luces no estaban. Las sillas estaban vacías. Solo yo estaba allí.

Me senté en mi mesa y empecé a trabajar. Todo estaba en paz. Ningún teléfono sonaba y nadie hablaba. Era como un sueño.

A las ocho llegó mi jefe, Roberto. Es un hombre gordo con poco pelo. Entró en la oficina y puso la luz.

Me vio allí en mi mesa, sin luz.

Su cara cambió. Sus ojos se abrieron muy grandes. Su boca también se abrió. Pero no dijo nada.

Corrió hacia la puerta y salió muy rápido. Escuché sus pasos en la escalera.

No lo entendí. Solo estaba trabajando. ¿Por qué corrió?

Al día siguiente, lo mismo. Llegué temprano. Trabajé sola sin luz. Cuando llegaron los otros empleados, me miraron con miedo.

—Buenos días —dije.

Nadie respondió. Solo me miraban.

Pasó una semana. Cada día yo llegaba primero. Cada día la oficina estaba sin luz y vacía. Y cada día, cuando llegaban los demás, me encontraban en mi mesa, trabajando en silencio.

Empecé a escuchar cosas. Los empleados hablaban en voz baja.

—¿La viste esta mañana?

—Sí. Estaba allí. Sin luz. Otra vez.

—Es imposible. Nadie llega tan temprano.

—Tal vez no es una persona real.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que tal vez es… una muerta. Un espíritu.

Me reí cuando escuché esto. ¿Una muerta? Solo me despierto temprano. Es todo.

Pero la idea creció. Después de dos semanas, todo el mundo creía que yo era un espíritu de la oficina.

Roberto ya no entraba a las ocho. Ahora esperaba hasta las nueve. Quería estar seguro de que había mucha luz.

Una mañana encontré algo en mi mesa. Un pan. Un café muy bueno. Y una nota que decía: «Para el espíritu. Por favor, no nos hagas mal».

¡Un regalo para mí!

Me comí el pan. Bebí el café. Estaba muy bueno.

Al día siguiente, había más. Dos panes. Café con leche. Y unas galletas.

Cada día los regalos crecían. Los empleados dejaban comida en mi mesa antes de ir a casa. Para el espíritu. Para mí.

Empezó a gustarme esta situación. Comía gratis cada mañana. Nadie me hablaba. Todos me respetaban. Bueno, tenían miedo. Pero el resultado era el mismo.

Un mes pasó así. Yo llegaba temprano. Comía los regalos. Trabajaba en paz.

Pero entonces llegó una nueva empleada. Se llamaba Ana. Ana no creía en espíritus.

—Eso es tonto —dijo Ana—. Los espíritus no son reales. Voy a llegar temprano mañana y voy a ver quién es.

A la mañana siguiente, llegué a las seis como siempre. Pero no estaba sola.

Ana estaba allí, sentada en su mesa, sin luz.

Nos miramos.

—Buenos días —dije.

—Buenos días —respondió Ana.

Todo en paz.

—Entonces —dijo Ana—, tú también llegas temprano.

—Sí. Siempre.

—Yo también. No puedo dormir después de las cuatro.

—¡Igual que yo!

Nos reímos. Por primera vez en un mes, alguien hablaba en la oficina.

A las ocho llegaron los demás. Vieron a dos personas en la mesa, sin luz. Dos espíritus.

Roberto casi cayó al suelo.

—¡Ahora hay dos! —gritó—. ¡El espíritu se está haciendo más grande!

Los empleados corrieron a dejar más regalos. Más pan. Más café. Galletas. Fruta. Hasta pasteles.

Ana me miró y sonrió.

—¿Siempre te dan comida gratis? —preguntó en voz baja.

—Cada día.

—Me gusta este trabajo —dijo.

Ahora somos dos. Dos espíritus de la oficina. Llegamos temprano. Comemos los regalos. Trabajamos en paz.

Los empleados hablan de nosotras con miedo. Dicen que somos personas muertas del pasado. Dicen que trabajamos aquí hace cien años y que morimos en este edificio.

No es verdad. Solo nos despertamos temprano.

Pero no vamos a decir nada. ¿Por qué? El café está muy bueno. El pan está muy bueno. Y los pasteles están muy buenos.

Ayer escuchamos algo nuevo. Los empleados quieren poner más regalos. Quieren poner carne y pescado. —Los espíritus tienen hambre —dicen.

Ana me mira. Yo la miro a ella. Sonreímos.

Mañana vamos a llegar a las cinco. Y la semana que viene, a las cuatro.

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