Wanderer
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Mi hombre Carlos nunca cocina. En veinte años de amor, nunca. Ni una vez. Ni un huevo. Yo cocino el desayuno. Yo cocino el almuerzo. Yo cocino la cena. Carlos come. Eso es todo.
Pero hoy es un día especial para mí. Y Carlos tiene una idea.
—Voy a cocinar para ti —dice Carlos con una cara muy feliz—. Va a ser muy bueno.
Tengo miedo. Mucho miedo.
Carlos entra en la cocina. Mira la nevera. Mira los armarios. Mira el libro de cocina como si fuera un libro de otro país.
—Pollo con arroz —dice—. Fácil.
Fácil. Carlos piensa que es fácil.
Encuentra las palabras en el libro. El libro dice: «Un poco de sal». Carlos mira la sal. Es una caja pequeña.
«Un poco no es bueno», piensa. «Mi mujer trabaja mucho. Ella necesita más sal».
Carlos usa toda la sal. Toda la caja. Todo.
El libro dice: «Cocinar por diez minutos». Carlos mira la hora.
«Diez minutos no es bueno», piensa. «El pollo necesita estar muy bien. Voy a cocinar por dos horas».
Dos horas.
Mientras Carlos cocina, yo me siento en el salón y leo un libro. Pero algo no está bien. Hay un olor malo. Muy malo. Como un coche en el fuego.
—Todo está bien —dice Carlos fuerte desde la cocina.
El olor es de algo negro. Algo que se está quemando.
—Todo está perfecto —dice Carlos más fuerte.
Escucho algo. Como algo que se quema. Algo muy grande.
—No entres —dice Carlos—. Es algo para ti.
Espero. Y espero. El aire negro entra en el salón. Es muy negro. Casi no puedo ver mi libro.
Después de dos horas, Carlos sale de la cocina. Su cara tiene negro. Su camisa blanca ahora es gris. Sus manos también son negras. Parece un hombre que trabaja en una mina.
Pero Carlos está muy feliz.
—La cena está lista —dice muy contento.
Entramos en la cocina. Miro la comida. El pollo es negro. No gris. Negro como la noche. Negro como el cielo sin luna. Negro como mis esperanzas de comer bien hoy.
El arroz también es negro. Y está muy duro. Como pequeñas piedras negras.
—Se ve muy bueno —dice Carlos. Pero no es verdad.
Miro la comida más cerca. Algo se mueve. Mi corazón se para.
—Carlos —digo—. El pollo se está moviendo.
Carlos mira. Sus ojos se abren grandes.
—No —dice—. Eso es el aire negro. Solo el aire.
Tiene razón. Es aire negro saliendo de la comida negra. El aire se mueve como algo pequeño que quiere salir.
—Vamos a comer —dice Carlos.
Tomo algo para comer el pollo. Lo pongo en el pollo. No entra. El pollo está muy duro. Como una piedra. Como la mesa. Como el corazón de mi jefe en el trabajo.
Carlos también lo intenta. Se rompe lo que usa.
—Era viejo —dice Carlos.
Miro a Carlos. Carlos me mira. Miramos la comida negra.
—Quiero preguntar algo —digo.
—Sí, mi amor.
—Cuánta sal usaste.
—Toda.
—Toda la caja.
—Sí. Tú trabajas mucho. Necesitas sal.
No digo nada. Cuento hasta diez en mi cabeza. Si no cuento, voy a gritar.
—Y cuánto tiempo cocinaste el pollo.
—Dos horas.
—El libro dice diez minutos.
—Diez minutos no es bueno. Yo sé cocinar.
Miro a Carlos. Él no sabe cocinar. Él nunca va a saber cocinar. En veinte años más, él todavía no va a saber cocinar.
Pero Carlos me mira con tanto amor. Con tanta esperanza. Con sus ojos llenos de alegría. Él quiere que yo esté feliz. Y cuando él me mira así, con esa cara llena de amor, yo no puedo estar enfadada.
—Gracias, mi amor —digo—. Es lo mejor.
Carlos se pone muy feliz.
—Entonces vamos a comer —dice.
—O —digo muy rápido—, podemos ir al restaurante. Porque es un día especial.
Carlos piensa. Mira la comida negra. Mira el aire negro que todavía sale de ella.
—Buena idea —dice—. El restaurante es mejor para un día especial.
Salimos de la casa. Caminamos al restaurante cerca de la casa. El mismo restaurante de todos los años. El restaurante de todas las veces que Carlos intenta cocinar.
El hombre del restaurante nos ve entrar. Él mira a Carlos. Mira su cara negra. Mira su camisa gris.
—La mesa de siempre —dice el hombre con una pequeña sonrisa.
—El año que viene —dice Carlos mientras comemos—, voy a cocinar mejor.
—Claro, mi amor —digo.
Y el año que viene vamos a estar en este restaurante. Otra vez. Como siempre.
Pero miro a Carlos. Él se come su pasta con mucha alegría. Él sueña con ser un gran cocinero.
Y yo estoy feliz. Porque después de veinte años, él todavía me quiere hacer feliz. Y eso, al final, es mejor que cualquier cena perfecta.
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