La Alergia a los Gatos

Soy muy alérgico a los gatos. Cuando veo un gato, mis ojos se ponen rojos. Mi nariz empieza a correr. Y no puedo parar de estornudar. Este es mi problema. Me llamo Roberto.

Hace dos años, conocí a María. María es muy buena. Tiene ojos bonitos, una cara muy bonita, y un corazón muy grande. En nuestra primera cita, ella me preguntó:

—¿Te gustan los gatos?

Yo miré sus ojos. Eran tan bonitos. No podía decir que no.

—Me encantan los gatos —dije yo.

Era mentira. La mentira más grande de mi vida.

María sonrió. Estaba tan feliz.

—¡Yo también! Tengo dos gatos en mi casa. Se llaman Luna y Estrella.

Mi corazón se paró. Dos gatos. Pero ya era muy tarde para decir la verdad.

En nuestra segunda cita, fui a su casa. Luna y Estrella corrieron hacia mí. En un segundo, mis ojos empezaron a llorar. Mi nariz empezó a correr. Pero sonreí.

—¡Son tan bonitos! —dije, mientras estornudaba cinco veces.

—¿Estás bien? —preguntó María.

—Muy bien —respondí yo—. Es solo… porque estoy tan feliz de ver gatos tan bonitos.

María me dio un beso. Valió la pena.

Un mes después, María compró otro gato. Se llamaba Sol.

—¡Ahora tenemos tres! —dijo ella, muy feliz.

Tres gatos. Mi problema era peor. Ahora tomaba cuatro pastillas cada día. Pero seguí sonriendo.

Después de seis meses, nos fuimos a vivir juntos. María trajo a Luna, Estrella y Sol. Y también trajo a Nube, un gato nuevo que encontró en la calle.

—¿No es bonito? —preguntó ella.

—Muy bonito —dije yo, con los ojos tan rojos como tomates.

Cuatro gatos. Cada mañana me despertaba con un gato en mi cara. Cada noche, me dormía estornudando. Mis amigos me preguntaban por qué siempre estaba enfermo.

—No estoy enfermo —les decía yo—. Estoy enamorado.

Ellos no entendían. Yo tampoco.

Un día, María llegó a casa con una caja grande.

—¡Sorpresa! —gritó ella.

Dentro de la caja había dos gatos pequeños. Eran hermanos.

—Se llaman Cielo y Mar —dijo María—. ¡Ahora tenemos seis!

Seis gatos. Seis. Ya no había manera de ayudar a mi problema. Compraba papel para mi nariz cada semana. Gastaba todo mi dinero en pastillas. Pero María era feliz, y cuando ella era feliz, yo también era feliz. Más o menos.

El mes pasado, María encontró otro gato. Era viejo y estaba solo.

—Nadie lo quiere —dijo ella, con los ojos tristes—. ¿Podemos quedarnos con él?

¿Qué podía decir yo?

—Claro, mi amor.

Ahora el gato se llama Amor. Y ahora tenemos siete gatos.

Siete gatos. Yo vivo con siete gatos.

Mi vida es muy difícil. Cada mesa, cada silla, cada cama tiene pelo de gato. Mi ropa tiene pelo de gato. Mi comida tiene pelo de gato. Cuando respiro, respiro pelo de gato.

Ayer, María se sentó a mi lado y me miró con ojos preocupados.

—Roberto, ¿por qué siempre lloras? —preguntó ella—. Tus ojos siempre están rojos. Tu nariz siempre corre. ¿Estás triste?

La miré. Miré a los siete gatos que dormían en el sofá. Miré mi caja de papel vacía. Miré mis pastillas.

Y entonces sonreí. Sonreí con agua cayendo por mi cara.

—No estoy triste, mi amor —dije yo—. Lloro porque soy muy feliz. Tan feliz que no puedo parar.

María sonrió y me dio un abrazo.

—Eres el hombre más bueno que conozco —dijo ella—. Por eso te quiero tanto.

Luna saltó a mi cabeza. Estrella se sentó en mis piernas. Sol se puso en mis pies. Nube, Cielo, Mar y Amor vinieron también.

Estornudé siete veces. Una vez por cada gato.

—Te quiero —dije yo, con la voz de alguien que no puede respirar.

—Yo también te quiero —respondió María—. Y los gatos también te quieren.

Sí. Los gatos me quieren. Me quieren demasiado.

A veces pienso en decir la verdad. Pero después miro a María y su sonrisa. Y sé que nunca lo voy a hacer.

Porque el amor es así. A veces el amor significa vivir con siete gatos cuando eres alérgico a los gatos. A veces el amor significa estornudar para siempre.

Y la verdad, no quiero cambiar nada.

Bueno, tal vez una cosa.

Ocho gatos serían demasiados.

¿Verdad?

María acaba de enviarme un mensaje. Dice: «¡Encontré dos gatos en el parque! ¡Son hermanos!».

Nueve gatos.

Voy a necesitar más papel para mi nariz.

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