El Apartamento Equivocado

Tengo una idea importante: nunca como la comida de otra persona. Nunca. Pero esta noche, no sigo mi idea. Y todo es porque estoy muy, muy cansado.

Hoy fue el peor día de mi vida. Mi jefe me habló durante tres horas. Tres horas sobre problemas que no son mis problemas. Mis ojos quieren cerrar. Mis piernas no quieren caminar más.

Llego a mi edificio. Subo las escaleras porque el edificio no tiene otra forma de subir. Nunca es fácil. Mis piernas dicen «no más» pero yo les digo «un poco más, por favor».

Abro la puerta. Entro. Cierro la puerta. Por fin estoy en casa.

El sofá me llama. Me siento y es tan bueno. Tan, tan bueno. Busco el control de la televisión entre las cosas del sofá. Lo encuentro. Pongo una película de acción. Muy bien. No tengo que pensar.

Entonces mi estómago empieza a hablar. Mucha hambre. No comí nada en el trabajo. Mi estómago habla como un perro enfadado.

Voy a la cocina. Abro la nevera y… mi boca se abre también.

Hay pollo. Hay ensalada. Hay queso. Hay fruta. Hay galletas de chocolate. Mi nevera nunca tiene tanta comida. ¡Qué suerte! Hoy es mi día de suerte.

Pienso: «¿Cuándo compré tanta comida?» Pero no pienso mucho. Tengo hambre. Mucha hambre.

Tomo el pollo. Tomo ensalada. Tomo tres galletas de chocolate. Me siento otra vez en el sofá con toda la comida.

El pollo está muy bueno. Mejor que el pollo que yo cocino. La ensalada también está buena. Las galletas son las mejores galletas de mi vida. La persona que compró esta comida tiene muy buen gusto.

La película también es muy buena. Hay coches rápidos. Hay un hombre que corre mucho. Todo es muy bueno.

Entonces escucho algo. La puerta se abre.

Una mujer entra. Tiene el pelo rubio. Lleva un vestido azul. Me mira. La miro.

Después de tres segundos, ella empieza a hablar muy fuerte.

—¿Quién eres tú? —dice—. ¿Qué haces en mi casa? ¿Por qué estás comiendo mi pollo?

Miro a la mujer. Miro el pollo en mi mano. Miro el apartamento.

Este sofá es gris. Mi sofá es azul.

Esta televisión es grande. Mi televisión es pequeña.

Esta cocina tiene plantas. Mi cocina no tiene plantas.

No. No puede ser.

Este no es mi apartamento. Esta no es mi comida. Este no es mi pollo.

—Perdón —digo—. Yo vivo aquí. En este edificio. Pero creo que…

—¡Voy a llamar a la policía! —dice la mujer muy enfadada. Busca su teléfono.

—Espera —digo—. Puedo explicar. Estoy muy cansado y…

—¡No me importa si estás cansado! ¡Estás comiendo mi pollo!

Me paro muy rápido. Tengo que salir de aquí.

Pero las galletas… Las galletas están tan buenas. Tan, tan buenas.

La mujer encuentra su teléfono. Empieza a llamar.

Corro hacia la puerta. Pero primero tomo las galletas. Todas las galletas. Ya estoy comiendo las galletas mientras corro. Son demasiado buenas para dejar.

—¡Mal hombre! —dice la mujer con mucha fuerza—. ¡Mal hombre que come mi comida!

Salgo del apartamento. Corro por el camino. Subo las escaleras. Un piso más. Aquí es donde vivo yo.

Abro la puerta de mi apartamento. Ahora sí. Mi sofá azul. Mi televisión pequeña. Mi cocina sin plantas. Mi nevera sin comida.

Me siento en mi sofá. Todavía tengo las galletas en la mano. Las miro.

—Bueno —me digo—, al menos la cena estuvo buena.

Como la última galleta. Está muy buena. Muy, muy buena.

Escucho la voz de la mujer. Piso de bajo. Todavía está enfadada. Muy enfadada.

Pero yo tengo mucho sueño. Fue un día muy largo. Me quedo en el sofá. Cierro los ojos.

Mañana voy a comprar galletas para la mujer. Muchas galletas. Y pollo también. Sí, mañana hago eso.

Pero ahora, duermo.

Cinco minutos después, alguien llama a mi puerta. Muy fuerte. Muy, muy fuerte.

Creo que es la policía. O peor. Creo que es la mujer del otro piso.

No abro la puerta. Me quedo muy tranquilo en el sofá. No hago nada. Nada.

—¡Sé que estás ahí! —dice la voz de la mujer—. ¡Me tienes que dar un pollo nuevo!

Tiene razón. Le tengo que dar un pollo. Y una ensalada. Y tres galletas de chocolate.

Pero eso es un problema para mañana.

Ahora cierro los ojos y duermo. Las galletas fueron muy buenas.

Y mañana, cuando vea a la mujer, voy a decir: —Perdón. Y gracias por la cena.

Pero primero, duermo.

Porque la comida de otra persona siempre es mejor. Siempre.

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