La Mujer del Bosque

Marco iba a morir en el bosque. Lo sabía. Estaba perdido desde hacía horas, y la noche llegaba pronto.

El bosque estaba muy oscuro y hacía mucho frío. Los árboles eran todos iguales. El cielo estaba gris y no podía ver el sol.

Tenía hambre. Tenía frío. Y tenía mucho miedo.

«Nadie me va a encontrar», pensó Marco mientras caminaba. «Voy a morir aquí, solo».

Entonces vio algo entre los árboles. Una luz. Una pequeña luz amarilla.

Marco caminó hacia la luz porque era su única esperanza. Sus piernas estaban muy cansadas, pero siguió caminando. Después de unos minutos, llegó a una pequeña casa.

La casa era muy vieja. Las paredes estaban negras. Había una ventana con luz dentro. Marco tocó la puerta.

Nada.

Tocó otra vez, más fuerte. —¿Hola? ¿Hay alguien aquí?

La puerta se abrió muy lento. Una mujer vieja estaba allí. Tenía el pelo blanco y muy largo. Sus ojos eran muy negros, como la noche.

—¿Qué quieres? —preguntó la mujer con una voz baja.

—Estoy perdido —dijo Marco—. Tengo mucho frío y hambre. ¿Puede ayudarme, por favor?

La mujer lo miró durante un momento largo. Después sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

—Entra —dijo ella—. Te voy a dar comida.

Marco entró en la casa. No tenía otra opción. Dentro hacía calor. Había luz en el centro de la habitación. El lugar olía a comida.

Pero también olía a algo más. Algo viejo. Algo malo.

—Siéntate aquí —dijo la mujer mientras iba a la cocina—. Voy a traer sopa.

Marco se sentó cerca de la luz. La casa era pequeña. Había una mesa, dos sillas, y una cama en un lado. Todo era muy viejo.

La mujer volvió con sopa. Marco comió muy rápido porque tenía mucha hambre. La sopa estaba buena. Tenía carne y verdura.

—Muchas gracias —dijo Marco cuando terminó—. ¿Vive usted sola aquí?

—Sí —respondió la mujer—. Vivo sola desde hace muchos años. Muchos, muchos años.

—¿No tiene miedo? El bosque es peligroso de noche.

La mujer sonrió otra vez. Esta vez, Marco vio sus dientes. Eran muy largos.

—El bosque es mi amigo —dijo ella—. Yo conozco todos los caminos. Todos los lugares. Y el bosque me trae… comida.

Marco estaba muy cansado. Sus ojos querían cerrarse.

—Puedes dormir aquí esta noche —dijo la mujer—. Hay una habitación al lado. Pero tienes que irte mañana temprano.

—Gracias —dijo Marco—. Es usted muy amable.

—Sí, puedes irte en la mañana —repitió la mujer. Sus ojos negros brillaban—. En la mañana.

Marco fue a la habitación. Era muy pequeña. Solo había una cama vieja y una ventana pequeña. La noche estaba muy oscura.

Se acostó en la cama. Estaba muy cansado. Pero algo no estaba bien. Algo estaba muy, muy mal.

«Es solo que estoy cansado», pensó. «Mañana todo va a estar mejor».

Cerró los ojos.

En sus sueños, escuchaba voces. Voces que decían su nombre. «Marco… Marco…» Pero no podía ver nada. Solo oscuridad. Solo frío.

Se despertó de pronto. Era de mañana. La luz del sol entraba por la ventana.

Marco se levantó rápido. Su corazón le decía que tenía que irse. Ahora. Ya.

Fue a la puerta de la habitación. Quiso abrirla.

La puerta estaba cerrada.

—¿Qué? —dijo Marco. Intentó abrir la puerta otra vez. No se movía.

—¡Señora! —llamó Marco muy fuerte—. ¡La puerta está cerrada! ¡No puedo salir!

Nadie respondió.

Marco empezó a tener mucho miedo. Golpeó la puerta con las dos manos.

—¡Por favor! ¡Abra la puerta!

Solo silencio.

Entonces Marco miró hacia la cama. Vio algo debajo. Algo blanco.

Se acercó muy lento. Su corazón iba muy rápido. Miró debajo de la cama.

Lo que vio lo hizo gritar.

Huesos. Huesos de personas. Muchos huesos blancos debajo de su cama. Algunos viejos. Algunos nuevos.

Marco fue hacia atrás hasta tocar la pared. No podía creer lo que veía.

—No, no, no —decía—. Esto no puede ser real.

Escuchó pasos fuera de la puerta. Muy lentos. Cada paso más cerca.

La voz de la mujer llegó desde el otro lado. —¿Ya te levantaste, Marco? Qué bueno. Tengo mucha hambre. Mucha, mucha hambre.

Marco miró la ventana. Era pequeña, pero tal vez podía pasar. Era su única oportunidad.

Corrió hacia la ventana. La abrió con todas sus fuerzas. El viento frío del bosque entró en la habitación.

Detrás de él, la puerta empezó a abrirse.

Marco saltó por la ventana. Cayó al suelo y empezó a correr. Corrió más rápido que nunca en su vida. No miró hacia atrás.

Escuchó un grito detrás de él. El grito de la mujer. No era un grito humano.

Después de mucho tiempo, vio el sol entre los árboles. Había llegado al final del bosque.

Marco cayó al suelo. Estaba vivo.

Esa noche, en su casa, Marco cerró todas las puertas y ventanas. Pero cuando cerró los ojos para dormir, todavía escuchaba la voz de la mujer.

—Tengo mucha hambre, Marco. Y el bosque siempre trae más.

Desde esa noche, Marco nunca volvió al bosque. Pero a veces, cuando el viento es muy fuerte, puede escuchar algo. Una voz que dice su nombre.

Y sabe que ella todavía está esperando.

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