La Escalera Hacia Abajo

Hay una puerta que nunca debes abrir. La abrí. Y ahora, cada noche, la busco otra vez.

El sábado por la mañana, estaba buscando unas cosas viejas en la parte baja de mi casa. Entre las cajas, vi algo que nunca había visto: una puerta pequeña. Una puerta que no tenía que estar allí.

La abrí. Dentro había una escalera de piedra gris. Los pasos iban hacia abajo, muy abajo, hasta donde todo era negro. No podía ver el final.

Tenía miedo. Pero también quería saber. Tomé mi teléfono y empecé a bajar.

El aire estaba muy frío. Cada paso era como un golpe en el silencio. Después de treinta minutos, mi teléfono dejó de funcionar. Pero había una luz pequeña en las paredes. Una luz que no tenía sentido. Seguí bajando.

Una hora. Dos horas. El frío se fue. Mis piernas gritaban de dolor. Quería volver, pero algo me llamaba desde abajo. Lo sentía en el pecho, como un segundo corazón.

Tres horas. El aire cambió. Ahora era como el aire de mi casa. Como la comida de mi madre un domingo por la mañana.

Entonces la vi. Una luz amarilla. El final de la escalera.

Mi corazón iba muy rápido cuando bajé los últimos pasos. Encontré una puerta. Era igual a la puerta de mi casa. Exactamente igual.

La abrí.

Era mi casa. Las mismas cosas. La misma lámpara vieja. Los mismos libros.

Pero algo estaba mal. Todo era un poco más oscuro. Un poco más frío. Como una foto vieja de algo que conoces.

Subí a la cocina. Mi madre estaba allí, cocinando. Cuando me vio, su cara cambió.

—¿Quién eres tú? —preguntó.

Mi sangre se hizo fría.

—Madre, soy yo. Soy tu hijo.

Ella me miró con ojos grandes, llenos de miedo.

—Yo no tengo un hijo.

Mi padre entró en la cocina. También me miró sin conocerme.

—¿Qué pasa? ¿Quién es este chico?

—No lo sé —dijo mi madre—. Dice que es nuestro hijo.

Miré las fotos en la pared. Fotos de mi familia. Pero yo no estaba en ninguna. Donde yo tenía que estar, solo estaban mis padres. Solos. En un mundo donde yo nunca había nacido.

Corrí hacia la escalera. Tenía que volver. Tenía que salir de allí.

—¡Espera! ¡No puedes bajar! —gritó mi padre.

Pero yo ya estaba corriendo. Encontré la puerta pequeña. La escalera me esperaba. Empecé a subir.

Subí durante horas. Mis piernas no podían más. Mi corazón golpeaba con fuerza. Pensaba en mis padres. En mis verdaderos padres. ¿Me recordaban? ¿Sabían que no estaba?

Por fin, vi la luz. Mi luz. Subí los últimos pasos y salí.

Todo parecía igual. Pero ahora tenía miedo. ¿Era esta mi casa? ¿Era esta mi vida?

Corrí a la cocina. Mi madre estaba allí.

—¡Hijo! ¿Dónde estabas? Te busqué por todas partes —dijo ella.

La tomé con fuerza. No la quería soltar.

—Madre, ¿sabes quién soy? ¿Me conoces?

Ella me miró sin entender.

—Claro que sí. Eres mi hijo. ¿Qué te pasa?

Miré las fotos. Yo estaba en todas. Esta era mi casa. Mi vida. Mi madre.

Esa noche, bajé otra vez. Busqué la puerta pequeña entre las cajas.

No estaba.

No había puerta. No había escalera. Solo una pared gris y fría.

A veces pienso en ellos. Esos otros padres que nunca tuvieron un hijo. ¿Están solos? ¿Me buscan?

Y cada noche, antes de dormir, bajo y paso mi mano por la pared.

Buscando una puerta que ya no está.

Porque una parte de mí quiere volver.

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