El Barco que Se Hunde

El agua fría me llega a los pies. El barco se hunde. Vamos a morir.

Somos diez personas. Solo hay un bote pequeño. El bote puede llevar seis personas. No más.

El capitán tiene una pistola en la mano. Nos mira a todos con ojos serios.

—Familias primero —dice.

Una mujer grita:

—¡Mi hijo! ¡Tengo un hijo de cinco años!

Un hombre la toma del brazo.

—Yo soy el padre. Somos una familia.

El capitán dice que sí con la cabeza. La familia sube al bote. Tres personas.

Otra mujer llora:

—¡Mi esposo está aquí! ¡Somos familia también!

El capitán mira al esposo. El hombre dice que sí. La pareja sube al bote. Cinco personas.

El agua sube más. El barco grande se mueve. Todos tenemos miedo.

Miro a las personas que quedan en el barco. El capitán. Un hombre viejo con pelo blanco. Una mujer joven, sola. Un hombre gordo. Y yo. Tengo veinte años.

—Solo hay un lugar más —dice el capitán.

El hombre viejo me mira. Es mi padre.

—Yo tengo setenta años —dice mi padre—. Ya viví mi vida. Mi hijo debe ir.

—¡No! —grito—. ¡No puedo dejarte, papá!

El capitán me mira.

—¿Es su padre?

—Sí —digo—. Pero mi madre murió hace dos años. Solo somos nosotros dos.

El capitán piensa. La pistola está en su mano. El agua fría llega a mis piernas.

—¿Y ustedes? —pregunta el capitán a la mujer joven y al hombre gordo.

La mujer dice:

—Estoy sola. No tengo familia en este barco.

El hombre gordo responde:

—Mi esposa está en casa. Estoy solo aquí.

El capitán mira el bote. El niño pequeño llora. Su madre lo tiene en sus brazos.

—El joven va al bote —dice el capitán—. Tiene un padre aquí. Es familia.

Miro a mi padre. Él sonríe. Pero sus ojos están tristes.

—¡No! ¡Papá, no puedo!

—Ve —dice mi padre—. Vive por mí. Vive por tu madre. Soy viejo. Tú tienes toda la vida.

No quiero ir. Pero mi padre me lleva hacia el bote. Subo. Lloro. No puedo mirar atrás.

El capitán mira a los tres que quedan con él. Mi padre. La mujer sola. El hombre gordo.

La mujer pregunta:

—Vamos a morir, ¿verdad?

El capitán no responde. Mira su pistola. Luego mira el mar negro.

—Yo no tengo familia —dice el capitán en voz baja—. No tengo esposa. No tengo hijos. Mis padres murieron hace años. Estoy solo en el mundo.

El hombre gordo grita:

—¡Entonces usted debe quedarse aquí! ¡Yo tengo una esposa en casa!

El capitán lo mira con calma.

—Su esposa no está aquí. Dije: familias primero. Familias que están aquí, en este barco. No en casa. Aquí.

El agua llega al cuerpo del capitán. El barco se hunde más rápido.

Mi padre camina hacia el capitán.

—Usted es un buen hombre. Hizo lo que debía hacer.

—No sé si es lo que debía —dice el capitán—. Solo sé que es justo.

La mujer joven mira el cielo negro.

—No quiero morir —dice.

—Nadie quiere morir —responde el capitán—. Pero todos morimos algún día.

El bote se va del barco. Miro hacia atrás. Veo a mi padre. Levanta la mano. Me dice adiós.

Yo levanto mi mano también. Pero no puedo hablar. No hay palabras para este momento.

El agua llega al pecho del capitán. Mi padre cierra los ojos. La mujer llora sin sonido. El hombre gordo dice palabras en voz muy baja.

Veo al capitán. Piensa en algo. Tal vez piensa en su vida. Solo en el mar. Sin esposa. Sin hijos. El mar fue su única familia. Y ahora el mar lo lleva.

—Lo siento —dice el capitán a los tres.

Mi padre abre los ojos. Lo veo desde el bote.

—No lo sienta —dice mi padre—. Mi hijo vive. Eso es todo lo que importa.

El barco va bajo el agua negra. No hay sonido. No hay nada. Solo agua.

En el bote, el niño pequeño deja de llorar. Su madre lo tiene fuerte en sus brazos. El padre de la familia mira el lugar donde estaba el barco. No dice nada.

Yo miro el agua negra. Mi padre está ahí, en algún lugar. El capitán también. La mujer. El hombre gordo. Todos bajo el mar.

—Papá —digo en voz muy baja.

El viento lleva mi voz. Nadie responde. Solo el mar. Solo la noche. Solo yo, vivo, cuando mi padre está muerto.

Nunca voy a olvidar esta noche. Nunca voy a olvidar a mi padre, levantando la mano para decir adiós. Nunca voy a olvidar al capitán, solo, sin familia, decidiendo quién vive y quién muere.

Él no tenía familia. Pero nos salvó a nosotros. Las familias.

Y ahora está muerto. Solo. En el mar negro. Para siempre.

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