El Cruce Nocturno

—Tú vas primero —dice mi padre—. Solo.

No quiero mirar el río. Pero lo miro. El agua es negra. Muy negra. Y algo se mueve debajo.

Mi padre me mira. Sus ojos están llenos de miedo. Mi padre nunca tiene miedo. Hasta esta noche.

—El bote solo puede llevar a una persona —dice—. Tú vas primero. Yo voy después.

—Padre, no quiero ir solo.

—Lo sé, hijo. Pero no hay otra manera.

Mi padre pone su mano en mi brazo. Su mano no está tranquila.

—Escucha —dice—. Cuando llegues al otro lado, enciende la luz. Entonces yo sé que estás bien. Entonces yo cruzo.

Miro el bote. Es pequeño. Muy pequeño. Y el río es ancho. Muy ancho.

—¿Qué hay en el agua, padre?

Mi padre no responde. Su silencio es peor que cualquier respuesta.

—Rema rápido —dice—. No mires al agua. No pares. ¿Entiendes?

—Sí, padre.

Camino hacia el bote. Mis piernas no quieren moverse. Cada paso es difícil. El aire de la noche es frío en mi cara.

Me siento en el bote. Tomo los remos. El agua toca el bote y hace un sonido raro. Es como si algo grande lo tocara desde abajo.

—Padre…

—Vas a estar bien —dice mi padre. —Pero su voz no suena segura—. Eres fuerte. Eres valiente. Puedes hacerlo.

Muevo el bote hacia el río. El agua me lleva. El bote se mueve solo por un momento.

Empiezo a remar.

El agua es fría. La noche es negra. No hay luz en el cielo. Solo hay negro. Negro arriba. Negro abajo. Negro a todos lados.

Remo. Remo más rápido.

Escucho algo en el agua. Está a mi izquierda. Es como algo grande que se mueve. No miro. No puedo mirar.

Remo.

El bote se mueve de un lado a otro. Algo toca el fondo del bote. Una vez. Dos veces. Tres veces.

Mi corazón late muy rápido. Quiero gritar. Pero no puedo. Porque si grito, mi padre va a preocuparse. Y si mi padre se preocupa, va a hacer algo malo.

Remo.

Mis brazos duelen. El agua se mueve más. El bote sube y baja. Algo está debajo de mí. Algo grande. Algo que espera.

No miro. No miro. No miro.

Veo una luz. Está al otro lado del río. Es pequeña. Muy pequeña. Pero está ahí.

Remo hacia la luz.

El agua se mueve con más fuerza. El bote gira. Casi pierdo un remo. Lo tomo con fuerza.

—¡Vamos! —grito—. ¡Vamos!

Remo con toda mi fuerza. Mis manos duelen. Mi espalda duele. Todo mi cuerpo duele.

La luz está más cerca. Ya puedo ver la tierra. Ya puedo ver los árboles.

El bote toca algo duro. Es la tierra. Estoy en la tierra.

Bajo del bote y corro. Corro hasta que mis piernas no pueden más. Entonces caigo a la tierra.

Respiro. Una vez. Dos veces. Tres veces.

Busco la luz que mi padre me dio. La encuentro en mi bolsillo. La enciendo.

La luz brilla en la noche. Es una señal para mi padre. Una señal que dice: —Estoy bien. Estoy vivo.

Miro al río. Espero.

El tiempo pasa. Un minuto. Dos minutos. Tres minutos.

Entonces veo el bote. Es pequeño en la distancia. Pero se mueve. Mi padre viene.

El bote se mueve rápido. Mi padre es fuerte. Más fuerte que yo.

Pero entonces el bote para.

—¡Padre!

El bote no se mueve. Por un momento, todo está en silencio.

Mi corazón no late. No respiro. Solo miro.

Entonces el bote empieza a moverse otra vez. Lento al principio. Después más rápido.

Corro hacia el agua. No puedo esperar. Necesito ver a mi padre.

El bote toca la tierra. Mi padre baja del bote. Corre hacia mí. Me abraza con fuerza.

—Lo hicimos —dice. —Su voz no suena normal—. Lo hicimos.

—¿Qué pasó? —pregunto—. El bote paró.

Mi padre me mira. Sus ojos están diferentes ahora. Hay algo en ellos. Algo que no quiere decir.

—Nada —dice—. No pasó nada.

Pero yo sé la verdad. Sé que algo pasó en ese río. Algo que mi padre nunca va a olvidar.

Caminamos hacia el bosque. Dejamos el río atrás. Dejamos la noche atrás.

Pero cuando miro una última vez al agua, veo algo. Un movimiento. Grande. Lento.

Y entonces, por un segundo, veo dos ojos. Son amarillos. Son brillantes. Me miran desde el agua negra.

Después no están.

Mi padre toma mi mano.

—No mires atrás —dice—. Nunca mires atrás.

Y yo no lo hago. Nunca más.

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