El Mensaje en la Botella

La botella verde brilla con el sol de la mañana. Elena la ve entre las piedras de la playa.

Esto no estaba aquí ayer.

Ella abre la botella con manos que tiemblan. Dentro hay un papel viejo. Las palabras son pequeñas pero claras:

«Ayuda. Estoy en la isla. Ven sola. No le digas a nadie. Por favor».

Elena mira hacia el mar. No hay ninguna isla. Solo agua azul hasta donde puede ver.

Pero hay algo más.

Un pequeño bote está en la playa. Elena está segura de que no estaba allí antes. Su corazón va muy rápido.

«Debo llamar a la policía», piensa. Pero el mensaje dice «ven sola». Si llama a alguien, la persona que necesita ayuda puede morir.

El bote. El mensaje. El mar vacío.

—Esto es una locura —dice Elena. Pero ya camina hacia el bote.

Nunca ha usado un bote sola. Pero ha visto a su padre hacerlo muchas veces cuando era niña. Ella sube y empieza a mover los brazos en el agua.

El sol está muy alto ahora. Hace calor. Sus brazos duelen después de veinte minutos. Pero no puede parar porque algo la llama desde el agua.

«No hay isla», piensa. «Esto es imposible».

Entonces el aire cambia.

Todo se pone muy frío. Nubes grandes aparecen sobre el agua. Elena no puede ver nada. Las nubes la cubren.

Silencio. No hay pájaros. No hay viento. Solo silencio.

—¿Hola? Su voz suena muy pequeña.

Nada.

Ella sigue moviendo el bote. No sabe por qué, pero no puede parar.

Las nubes empiezan a abrirse.

Y Elena ve algo imposible.

Una isla. Pequeña y verde. Árboles altos y una playa blanca. No estaba allí antes. Ahora está aquí.

El bote llega a la playa. Elena sale con piernas que no paran de temblar.

—Viniste.

Elena da vuelta rápido. Hay una mujer vieja con pelo blanco y ojos que brillan como el mar.

—Yo envié el mensaje —dice la mujer—. Hace mucho tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—Cien años.

Elena quiere reír. Es imposible. Pero está en una isla que no existe, con una mujer de cien años que no parece loca.

—¿Por qué yo? —pregunta Elena.

—Porque tú puedes ver esta isla. Solo personas especiales pueden verla. Y solo ellas pueden ayudarme a salir.

La mujer mira hacia los árboles. Entre ellos, Elena ve una luz muy fuerte.

—¿Qué es eso?

—Es lo que me tiene aquí. Si tú la tocas, voy a ser libre. Pero debes saber algo.

—¿Qué?

—Si me ayudas, la isla desaparece. Nunca vas a poder volver a este lugar.

Elena mira la isla. Es el lugar más bonito que conoce. El aire es perfecto. No hay ruido de carros ni de personas. Una parte de ella quiere quedarse aquí para siempre.

Pero la mujer ha estado sola por cien años. Cien años enviando mensajes. Cien años esperando.

Elena camina hacia la luz.

Cada paso es más difícil. La luz parece hablar: —Quédate. Aquí tienes paz. Aquí no hay problemas.

Pero Elena piensa en su madre. En sus amigos. En las personas que la esperan.

Ella pone su mano en la luz.

Todo se vuelve blanco.

Cuando abre los ojos, está en su playa. El sol de la mañana brilla sobre el mar. No hay bote. No hay botella.

A su lado, la mujer vieja sonríe con ojos llenos de agua.

—Gracias —dice—. Después de tanto tiempo, soy libre.

—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunta Elena.

La mujer mira hacia el pueblo.

—Vivir —dice—. Finalmente, vivir.

Elena la mira caminar hacia la vida que perdió hace cien años.

El mar sigue azul y tranquilo. La isla ya no existe. Nunca va a volver.

Pero Elena no siente tristeza. Siente algo mejor.

Ella dio todo para ayudar a alguien que nunca conoció. Y eso es más bonito que cualquier isla mágica.

El sol brilla sobre su cara. Es un nuevo día.

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