Wanderer
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Mañana, uno de ustedes va a morir. Yo sé quién.
Esas fueron las primeras palabras del hombre. Nadie en el pueblo podía creerlo.
El hombre llegó un martes por la noche. Era alto, delgado, con ojos negros como la noche. Caminaba lento por la calle principal. La gente lo miraba desde sus ventanas. Algunos cerraron sus puertas. Otros salieron a ver.
Ernesto Saez fue el primero en hablar con él.
—Buenas noches —dijo Saez—. ¿Busca algo?
El hombre lo miró con ojos fríos.
—Sé que tu hijo abrió la ventana de la escuela y la rompió —dijo—. También sé que dijiste a todos que fue otro niño.
Saez sintió frío en todo el cuerpo. Eso era verdad. Pero nadie lo sabía. Nadie.
—¿Quién eres? —preguntó con voz baja.
—Soy el hombre que sabe todo —respondió él—. Y tengo un mensaje para este pueblo.
En diez minutos, toda la gente estaba en la plaza. El hombre subió las escaleras de la iglesia. Desde allí, miró a todos con calma.
—Mañana, uno de ustedes va a morir —dijo—. Yo sé quién. Pero ustedes deben encontrar a esa persona primero.
—¿Por qué? —gritó una mujer.
—Porque esa persona hizo algo muy malo. Y si no la encuentran antes de las seis de la tarde de mañana, van a morir dos personas.
El pueblo quedó en silencio. El viento frío pasó entre las casas.
—Tienen un día —dijo el hombre—. El tiempo empieza ahora.
Después, el hombre caminó hacia la noche y se perdió en la oscuridad.
Las horas pasaron muy lentas. Nadie durmió. La gente empezó a hablar. ¿Quién había hecho algo malo? Todos tenían cosas malas en su pasado. Todos.
María pensó en el dinero que tomó de su madre. Juan recordó el mensaje que nunca envió. Pedro sabía que él dijo algo que no era verdad sobre el problema del año pasado.
Por la mañana, el pueblo era otro. Los amigos ya no hablaban como amigos. Las personas miraban a las otras personas con ojos de miedo.
A las diez de la mañana, alguien gritó:
—¡Fue el doctor!
El doctor salió corriendo de su casa. Tenía miedo en la cara.
—¿Yo? ¿Por qué yo?
—El año pasado, tu hombre enfermo murió —dijo una mujer—. ¿Fue un problema… o algo más?
—¡Fue un problema de su corazón! —gritó el doctor—. ¡Yo no hice nada malo!
Pero la gente no le creyó. Tres hombres lo tomaron de los brazos. Lo llevaron a la plaza. Lo pusieron en una silla. Todos lo miraban como si fuera un animal.
Las horas pasaban. El sol subía en el cielo. El calor era fuerte. A las tres de la tarde, más personas gritaban en la plaza. Todos tenían palabras malas.
—¡El profesor tomó libros de la biblioteca!
—¡La vieja no dijo la verdad sobre su edad!
—¡El cocinero usa comida mala!
Todo el mundo hablaba muy alto. Amigos de muchos años ahora eran enemigos. Familias se separaban. El pueblo se estaba perdiendo.
Entonces, a las cinco de la tarde, una niña pequeña subió las escaleras de la iglesia. Todos la miraron.
—Yo sé quién va a morir —dijo ella con voz clara.
Nadie habló. El viento paró.
—El hombre dijo que alguien hizo algo muy malo —siguió la niña—. Pero miren lo que están haciendo ustedes. Están perdiendo amigos. Están perdiendo familias. Están matando al pueblo.
La gente bajó la cabeza.
—El hombre que sabe todo no vino a encontrar a una persona mala —dijo la niña—. Vino a mostrarnos quiénes somos nosotros realmente.
En ese momento, el hombre volvió. Salió de entre las sombras y caminó hasta la niña. La miró con ojos diferentes. Ojos buenos.
—Muy bien —dijo—. Al fin, alguien entendió.
—¿Quién eres tú realmente? —preguntó Saez.
—Soy un espejo —dijo el hombre—. Les mostré sus propios miedos. Y miren lo que hicieron con ellos.
—Entonces… ¿nadie va a morir? —preguntó una mujer.
El hombre miró al pueblo. Miró las caras llenas de miedo y dolor. Miró al doctor, solo en su silla.
—No hoy —dijo—. Pero piensen en esto: las cosas malas pequeñas no acaban con pueblos. Las palabras malas sí. El miedo sí. Cuando no creen en sus amigos, eso acaba con todo.
El hombre caminó hacia fuera del pueblo. Antes de irse, se volvió una última vez.
—Cuiden su pueblo —dijo—. Porque yo voy a volver.
Y así, el hombre que sabe todo se fue con el viento. La plaza quedó en silencio.
El pueblo nunca fue el mismo.
Pero algo cambió. La gente fue a la casa del doctor. Le dijeron que lo sentían. Las familias volvieron a hablar. Los amigos pidieron perdón.
Y la niña pequeña miró todo desde las escaleras de la iglesia. Ella sonrió.
Porque ella sabía algo que los otros ahora también sabían.
Que el miedo es fuerte. Pero el amor es más fuerte.
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