Wanderer
Every flashcard pack and every book.
- Sample stories + live demos
- All vocabulary + grammar flashcards
- All A1–B2 books
- Conversation flashcards (soon)
- Learning games
- AI companion chat
«No vayas a esa isla». Mi padre me lo dijo. Mi madre me lo dijo. Todos mis amigos me lo dijeron. «Las personas que van nunca vuelven».
Pero mi hermano Juan estaba ahí. Y yo iba a encontrarlo.
El barco llegó a la isla cuando el sol estaba bajo. Me llamo Carlos. El hombre del barco me miró con ojos serios.
—¿Usted está seguro? —preguntó—. Nadie viene a esta isla. Nadie.
—Mi hermano vino aquí hace tres meses —dije—. Necesito encontrarlo.
El hombre no dijo nada más. Solo miró hacia la isla con miedo en sus ojos.
Bajé del barco. Mis pies entraron en la tierra de la playa. El barco se fue rápido. Muy rápido.
Me quedé solo.
Caminé hacia el bosque. El lugar estaba muy tranquilo. No había pájaros. No había viento. Solo silencio.
Entonces los vi.
Niños. Había niños entre los árboles. Diez, veinte, treinta niños. Todos me miraban con grandes caras felices. Demasiado felices.
Una niña de pelo negro caminó hacia mí. Tenía unos ocho años. Su vestido era blanco pero viejo y sucio.
—Hola —dijo—. Te estábamos esperando.
Sentí frío. ¿Cómo sabían que venía?
—Siempre sabemos —dijo ella, como si leyera mis pensamientos—. Siempre llega alguien nuevo.
Los otros niños vinieron más cerca. Sus caras felices no cambiaban. Sus ojos no se movían.
—Busco a mi hermano —dije—. Se llama Juan.
La niña miró a los otros niños. Todos empezaron a reír. Era un ruido malo. Un ruido frío.
—¿Juan? Sí, conocemos a Juan. Él está aquí.
—¿Dónde? Quiero ir con él. Ahora.
—Pronto. Primero debes venir con nosotros. Tienes hambre, ¿verdad?
Mi estómago tenía hambre. Pero algo estaba muy mal. Estos niños… sus caras eran demasiado felices. Sus ojos estaban vacíos. Como ojos de muertos.
—¿Dónde están las personas mayores? —pregunté—. ¿Dónde están sus padres?
—No hay personas mayores aquí —dijo—. Solo niños.
—¿Pero cómo viven solos?
—La isla nos da todo. La isla es nuestra madre.
Sentí mucho frío en mi espalda. Quería correr. Pero tenía que encontrar a Juan.
—Voy a buscar a mi hermano ahora —dije.
Caminé hacia el bosque. Los niños no se movieron. Solo miraban. Treinta caras felices mirándome ir.
Caminé durante una hora. El bosque era grande y negro. Los árboles eran viejos, muy viejos. Algunos parecían tener mil años.
Entonces encontré la casa.
Era pequeña, vieja, con ventanas rotas. Entré. Dentro había un hombre en una silla. Un hombre que parecía muy viejo.
—¡Juan! —dije.
Mi hermano levantó la cabeza. Pero algo era diferente. Muy diferente. Sus ojos estaban vacíos. Y su cara… su cara parecía la cara de un abuelo.
—Carlos —dijo con voz baja—. Viniste. No debías venir.
—Vine a buscarte. Vamos, el barco…
—No hay barco. Los barcos no vuelven.
—¡Tenemos que salir de aquí!
Juan se levantó lento. Muy lento.
—No puedes salir —dijo—. Las personas mayores nunca salen de esta isla.
—¿De qué hablas?
Juan caminó hacia la ventana.
—Cuando llegué, era como tú. Quería salir. Corrí a la playa cada día. Esperé barcos que nunca llegaron.
—¿Y qué pasó después?
—La isla te cambia. Poco a poco. Empiezas a olvidar. Olvidas tu nombre. Olvidas tu familia. Olvidas todo.
—¡Eso es imposible!
—Mira mis manos, Carlos.
Miré sus manos. Estaban viejas. Muy viejas. Las manos de mi hermano de treinta años parecían las manos de un hombre de cien.
—La isla toma tu vida —dijo Juan—. Tu fuerza. Te hace viejo rápido. Muy rápido.
—No entiendo. ¿Por qué?
—Los niños. Los niños son los únicos que viven. La isla los tiene jóvenes para siempre. Pero para vivir así, necesitan algo. Necesitan nuestra fuerza. Nuestra vida.
Un ruido frío llegó del bosque. Risas. Risas de niños.
—Mira por la ventana —dijo Juan.
Miré por la ventana. Los niños estaban ahí. Treinta, cuarenta, muchos niños. Todos miraban la casa. Todos con esas caras felices.
—¿Cuántos años tienen esos niños?
—Cientos de años. Miles, tal vez. La isla los tiene así desde siempre.
Corrí hacia la puerta. Tenía que salir. Tenía que correr.
Abrí la puerta. La niña de pelo negro estaba ahí. Sus ojos vacíos me miraban.
—Ahora sabes la verdad —dijo—. Ahora eres parte de nosotros.
—¡No! ¡Voy a salir de aquí!
—Las personas mayores nunca salen. Pero no te preocupes. Pronto vas a olvidar. Pronto vas a olvidar todo.
Corrí. Corrí hacia la playa. Mis piernas se movían rápido. Pero algo estaba mal. Me sentía muy cansado. Más cansado que nunca.
Llegué a la playa cuando el sol estaba muy bajo. El mar estaba tranquilo. Vacío. No había barcos.
Caí en la tierra.
Miré mis manos.
Estaban viejas. Grises. Las manos de un hombre viejo.
Los niños llegaron. Se pusieron a mi lado. La niña me miró con su cara feliz.
—No es malo —dijo—. Pronto no vas a recordar nada. Pronto vas a estar tranquilo.
Quise hablar. Pero mi voz ya no podía.
Lo último que vi fue el sol bajando sobre el mar. Las caras felices de los niños. Y en la casa, mi hermano mirando desde la ventana con sus ojos vacíos.
Ya no podía recordar su nombre.
Ya no podía recordar mi nombre.
Solo sabía una cosa.
Los niños estaban felices.
Y yo iba a estar con ellos.
Para siempre.
Choose a category
Every flashcard pack and every book.
Everything — plus the games and the AI companion.