Wanderer
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La habitación siete nunca se abría. Y todos los que preguntaban por ella desaparecían.
Elena no creía en esas historias. Pero ahora el viejo hotel era suyo, y ella iba a encontrar la verdad.
Todo empezó con un mensaje un martes de marzo. Su abuela había muerto y le había dejado el hotel. Un hotel cerca del mar, en una pequeña ciudad donde nadie quería hablar del pasado.
Elena llegó un viernes por la tarde. El edificio era grande y viejo. Las ventanas estaban sucias y el viento movía las cortinas rotas. Pero algo en el lugar la llamaba. Algo que no podía explicar.
Un hombre viejo esperaba en la puerta. Se llamaba Pedro. Sus ojos eran oscuros y sus manos no paraban de moverse.
—Hola, señora Elena —dijo Pedro—. Su abuela hablaba mucho de usted. Demasiado.
Elena entró en el hotel. El salón estaba oscuro. Había muebles viejos en todas partes, pero los espejos brillaban como nuevos. La escalera subía hacia la oscuridad.
—Hay siete habitaciones —explicó Pedro—. Seis están abiertas. Pero la habitación siete… —Se detuvo—. No pregunte por ella. Por favor.
—¿Por qué? —preguntó Elena.
Pedro miró hacia la escalera. Había miedo en sus ojos. Un miedo viejo y profundo.
—Porque nadie que entra vuelve igual.
Esa primera noche, Elena no pudo dormir. Escuchaba cosas en el piso de encima. Una puerta que se abría y se cerraba. Pasos. Y una voz que decía su nombre una y otra vez.
Por la mañana, subió las escaleras. Las habitaciones uno a seis tenían puertas negras. Pero la puerta de la habitación siete era roja. Roja como la sangre. Y tenía una cerradura de oro.
Elena quiso abrirla, pero estaba cerrada con llave.
«¿Qué hay dentro?», se preguntó.
Durante los siguientes días, buscó la llave por todo el hotel. Encontró fotos viejas de su abuela. En todas, su abuela miraba hacia la habitación siete con una sonrisa extraña.
Una noche, antes de dormirse, Elena tuvo un sueño. Estaba en una habitación con paredes rosas. Había una cama pequeña y juguetes por todas partes. Un espejo en la pared. Era su dormitorio de cuando era niña.
Pero en el espejo, había una mujer mayor. Una mujer con su cara.
Se despertó gritando. Su corazón iba muy rápido.
A la mañana siguiente, salió al jardín. Cerca de un árbol viejo, vio algo brillante en la tierra. Lo tomó con cuidado.
Era una llave. Una llave de oro.
Elena subió corriendo las escaleras. Sus manos temblaban mientras ponía la llave en la puerta. La giró. La puerta se abrió con un ruido largo y horrible.
Dentro estaba muy frío. Demasiado frío para ser real.
Elena encendió la luz.
Y entonces lo vio.
La habitación era igual a su dormitorio de niña. Las mismas paredes rosas. La misma cama pequeña. Los mismos juguetes. El mismo espejo.
—No es posible —dijo Elena en voz baja.
Caminó hacia la cama y vio un libro encima. No, era un diario. Un diario con la portada roja.
Lo abrió. La primera página decía: «Diario de Elena Moreno».
Su nombre. Era su propio nombre.
Con manos nerviosas, pasó las páginas. Había notas de cuando tenía cinco años. De cuando tenía diez. De cuando tenía veinte. Todas escritas con su letra.
Pero Elena nunca había escrito este diario.
Llegó a la última nota. La fecha era de mañana.
«Hoy encontré la verdad. Ahora entiendo todo. La habitación no es del pasado. Es del futuro. Y el futuro viene hacia mí. Rápido. Muy rápido. No puedo salir de aquí. Nadie puede escapar del tiempo».
Elena dejó caer el diario y miró el espejo. Vio su cara. Pero la cara en el espejo sonreía. Y ella no estaba sonriendo.
—¿Quién eres? —preguntó Elena.
La cara en el espejo abrió la boca. Y habló con la voz de su abuela:
—Soy tú. Siempre he sido tú.
La puerta se cerró detrás de ella. Elena corrió hacia ella, pero estaba cerrada. La llave de oro había desaparecido.
El sol comenzaba a bajar. Pronto sería de noche. Y después de la noche, llegaría mañana.
Elena entendió todo. No estaba leyendo el diario de otra persona. Estaba leyendo su propio futuro. Un futuro que ya había pasado. Un futuro que siempre pasaba.
En el espejo, su otro yo seguía sonriendo. Esperando. Porque mañana, las dos serían una sola persona.
Y entonces una de ellas tendría que desaparecer.
En algún lugar del hotel, Pedro cerró los ojos y suspiró. Ya había visto esto antes. Muchas veces. Demasiadas veces.
La habitación siete siempre ganaba.
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