El Juego de los Diez

Abro los ojos. No sé quién soy. No sé dónde estoy. Solo sé una cosa: tengo mucho miedo.

Estoy en el suelo de una habitación grande con paredes grises. La cabeza me duele. No recuerdo nada de mi vida.

Miro a mi lado y veo a otras personas. Cuento: una, dos, tres… somos diez. Diez personas en esta habitación. Nadie habla. Todos tienen miedo en los ojos.

Hay una puerta roja en una pared. Es la única puerta. Es grande, muy vieja, y me da miedo solo de verla.

Una voz sale de la pared. Es una voz fría, sin vida.

—Bienvenidos al juego. Cada hora, una persona debe salir por la puerta roja. Si nadie sale, todos mueren.

Una mujer joven empieza a llorar. Un hombre viejo se sienta en el suelo. Yo siento el corazón rápido y fuerte en mi pecho.

—¿Qué hay del otro lado de la puerta? —pregunta un hombre alto.

La voz no responde. El silencio es peor que cualquier respuesta.

Todos miramos la puerta roja. Nadie quiere ir primero. Los minutos pasan. Veo un reloj en la pared. Tenemos treinta y cinco minutos.

—Alguien tiene que ir —dice una mujer con pelo negro. Su voz es fuerte, pero sus manos tiemblan.

—¿Por qué no vas tú? —pregunta el hombre viejo con los ojos llenos de miedo.

La mujer no responde. Nadie quiere morir.

Veinte minutos. El tiempo pasa muy rápido cuando tienes miedo. Cada segundo es un paso hacia la muerte.

Un joven se levanta. Tiene veinte años o menos. Sus ojos están tristes, pero también tienen algo más: determinación.

—Voy yo —dice—. Tengo menos que perder que ustedes.

—¡Espera! —digo. —Mi voz sale sola—. No sabemos qué hay del otro lado.

El joven me mira con una sonrisa pequeña. —Pero sabemos qué pasa si nadie va.

Camina hacia la puerta roja. Todos lo miramos sin hablar. Pone la mano en la puerta. La abre.

Veo luz. Mucha luz. Blanca y fuerte, como el sol.

El joven entra. La puerta se cierra detrás de él.

Nadie habla. Nadie respira.

—¿Está… muerto? —pregunta la mujer joven que lloraba antes.

Nadie sabe.

La voz vuelve: —Primera hora terminada. Quedan nueve. La siguiente salida es en una hora.

El reloj empieza otra vez desde sesenta minutos. Mi corazón no puede más.

Las horas pasan. Una tras otra. Cada hora, alguien sale por la puerta roja. Primero el joven. Después una mujer mayor. Luego un hombre con camisa azul. Cada vez, vemos la misma luz blanca. Cada vez, la puerta se cierra. Cada vez, no sabemos si están vivos o muertos.

Ahora somos solo cuatro. Yo, la mujer con pelo negro, el hombre viejo, y una joven que no ha hablado en todo el tiempo. El miedo es tan grande que casi no puedo pensar.

—Creo que entiendo —dice la mujer con pelo negro. Sus ojos miran la puerta con algo nuevo: esperanza.

—¿Qué? —pregunto.

—La luz… es como el sol. Creo que la puerta lleva a la libertad.

El hombre viejo se ríe, pero es una risa triste. —¿Por qué nos harían esto para darnos libertad?

—No sé —dice ella—. Pero pienso que es una prueba. Quieren ver quién tiene miedo y quién tiene valor para actuar.

Veinte minutos. Mi corazón dice: espera. Pero algo en mí dice: no más.

—Voy yo —digo. Me levanto. Las piernas me tiemblan, pero camino hacia la puerta. Ya no quiero esperar más. Ya no quiero tener miedo.

—Buena suerte —dice la mujer con pelo negro. En sus ojos veo respeto.

Pongo la mano en la puerta roja. Está fría como el hielo. La abro.

La luz es tan fuerte que no puedo ver por un momento. Después, el mundo cambia.

Estoy en un jardín. Hay flores de todos los colores, árboles grandes, y un cielo azul muy bonito. El sol está sobre mí, caliente y amable. Hay pájaros en los árboles, y su música llena el aire.

Y veo a los otros. El joven, la mujer mayor, el hombre con camisa azul. Todos están aquí. Están vivos. Están sonriendo.

—¡Bienvenido! —dice el joven—. Estás libre.

—¿Libre? ¿Qué es este lugar?

Una nueva voz habla. Esta vez es amable y cálida.

—Este es el final del juego. Todos ustedes tenían miedo, pero eligieron actuar. La puerta roja no era la muerte. Era una prueba de valor. Solo los que tienen valor para enfrentar lo desconocido pueden pasar.

Miro hacia la puerta roja, pero ya no está. Solo hay jardín, sol, y libertad.

—¿Y los otros? ¿La mujer con pelo negro?

—Ella va a venir. Todos vienen cuando eligen pasar por la puerta. El único peligro real era el miedo. El miedo de hacer algo. El miedo de lo desconocido.

Me siento en el jardín, bajo el sol. El pasto es suave. El aire es fresco. Estoy vivo. Estoy libre.

El juego terminó. Y yo gané.

Pero ahora entiendo la verdad más importante de mi vida: el mayor peligro nunca fue la puerta roja.

Fue nunca tener el valor de abrirla.

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