El Vuelo Sin Fin

—Solo tenemos dos horas de vida.

La voz del hombre que vuela el avión llena todo. Cien personas escuchan. Nadie se mueve. Nadie habla.

Tres horas antes, todo era diferente. El avión salía a las ocho de la mañana. Todos estaban felices porque iban a España. Algunos leían libros. Otros dormían. Una mujer miraba por la ventana.

Yo me llamo Ana. Tengo treinta años y voy sola a España. Es mi primera vez en un avión. Tenía miedo, pero también estaba feliz.

Pasaron tres horas. El cielo estaba azul. Todo parecía bien. Pero entonces llegó la voz. Era diferente. Me di cuenta de que algo estaba mal.

—Buenas tardes. Tenemos un problema. No sabemos dónde estamos porque nuestros sistemas no funcionan. Solo vemos agua. Tenemos para dos horas más.

Mi corazón va muy rápido. Miro a mi lado y veo un hombre viejo con los ojos muy abiertos. Una madre tiene a su hijo pequeño en sus brazos.

—No hay tierra. Solo mar. Necesitamos su ayuda.

El hombre que vuela termina de hablar. Por un momento, nadie dice nada. Después, todo cambia.

Una mujer empieza a llorar. Un hombre se levanta. Otros también lloran porque tienen mucho miedo.

Yo me levanto también. —¡No! —digo muy fuerte—. ¡Esto no nos ayuda!

Todos me miran. Soy una persona pequeña, pero mi voz es fuerte.

—Tenemos dos horas. Podemos llorar o podemos pensar. ¿Qué van a hacer?

Un hombre alto se acerca a mí. Tiene pelo gris y ojos serios.

—Tienes razón —dice—. Me llamo Carlos y soy médico. ¿Cómo podemos ayudar?

Una mujer joven levanta la mano. —Yo soy de sistemas. Trabajo con computadoras desde hace diez años.

—Yo era quien volaba aviones antes —dice un hombre viejo desde atrás—. Volé aviones por veinte años.

En diez minutos, tenemos un grupo. Carlos el médico. Marta la de sistemas. Pedro el viejo que volaba aviones. Y yo, Ana.

Pedro habla primero. —Necesito ver donde vuela el avión porque los sistemas pueden tener una respuesta.

Marta dice: —Puedo ver las computadoras. A veces hay problemas simples.

Vamos hacia la puerta. El hombre que vuela nos abre. Se ve muy cansado. Sus manos no paran de moverse.

—Gracias por venir —dice—. No sé qué hacer.

Pedro mira los sistemas mientras Marta ve las computadoras. Yo miro por la ventana. Solo veo agua azul, sin fin.

Carlos se queda atrás. —Voy a ver a las personas —dice—. Algunos tienen mucho miedo. Puedo ayudarlos a estar tranquilos.

—Aquí —dice Marta después de unos minutos—. Hay algo mal con este sistema.

—¿Qué es? —pregunta Pedro.

—Los datos están mal. El avión cree que estamos sobre tierra, pero el sistema de lugar dice agua.

Pedro piensa. —Si el sistema de lugar funciona… podemos saber dónde estamos.

Los minutos pasan. Ahora tenemos una hora y veinte minutos más. El tiempo se va muy rápido.

Marta trabaja rápido. Sus dedos se mueven sobre las computadoras. Todos la miramos.

—¡Lo tengo! —dice muy fuerte—. Estamos a dos horas de las islas del oeste.

Pedro no sonríe. —Dos horas. Y tenemos para una hora y quince minutos. No llegamos.

El silencio es muy largo. Vamos a caer al mar. No hay otra respuesta.

—Espera —dice Pedro—. Si volamos más bajo… usamos menos. Quizás llegamos.

El hombre que vuela no está seguro. —Es muy cerca. Muy poco tiempo.

Pedro lo mira a los ojos. —Es morir aquí o tratar de llegar. ¿Qué dice?

El hombre que vuela piensa por un momento largo. Después dice: —Vamos.

El avión baja. Va hacia el oeste. Los minutos pasan como horas.

Vuelvo con las otras personas. Les digo las noticias. No son buenas ni malas. Son noticias de una pequeña oportunidad.

Carlos está con una mujer que llora. Le habla con voz tranquila. La mujer empieza a estar mejor.

Pasan cuarenta minutos. Todos miran por las ventanas. El silencio es total.

—¡Allí! —dice un niño muy fuerte—. ¡Veo algo verde!

Es verdad. Una isla aparece en la línea del cielo. Verde y pequeña, pero es tierra.

El hombre que vuela habla: —Vamos a llegar. Tenemos para cinco minutos más.

Cinco minutos. Solo cinco minutos entre la vida y la muerte.

El avión baja más rápido. La isla se acerca. Veo árboles, casas, un camino largo.

Llegamos a tierra. El avión se para. Por un momento largo, nadie se mueve. Nadie puede creer que estamos vivos.

Después, todos empiezan a decir cosas muy fuerte de alegría. Personas que no se conocen se dan las manos. Algunos tocan el suelo con las manos.

Carlos me encuentra. —Lo hiciste —dice—. Tú nos ayudaste a estar juntos.

Digo que no con la cabeza. —Todos lo hicimos juntos.

Marta sonríe: —Hace tres horas no nos conocíamos. Ahora somos un equipo para siempre.

Pedro dice algo que nunca voy a olvidar: —El miedo puede matarnos o puede hacernos más fuertes. Hoy, nos hizo más fuertes.

Miro a estas personas. Hace tres horas, no las conocía. Eran caras sin nombre. Ahora son mis amigos. Ahora son mi familia.

El sol cae muy fuerte sobre la isla. Estamos vivos. Estamos juntos. Contra todo, estamos aquí.

Y cuando el mundo dice que vas a morir, a veces la única respuesta es: —No. Todavía no.

The Library

Choose a category

Learn Spanish

Reader

Reader

The Membership

Nómada Digital

Everything — plus the games and the AI companion.

$19.00per month
  • Sample stories + live demos
  • All vocabulary + grammar flashcards
  • All A1–B2 books
  • Conversation flashcards (soon)
  • Learning games
  • AI companion chat