Wanderer
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Subí las escaleras durante dos horas. Cuando miré por la ventana, todavía estaba en el piso uno.
Era un lunes cuando entré en el edificio. Tenía trabajo a las diez. El edificio era viejo, con ventanas sucias y sin luz. No había nadie dentro.
Busqué el piso cinco. No había otra forma de subir. Solo vi una escalera.
«No hay problema», pensé. «Cinco pisos es fácil».
Empecé a subir. Uno, dos, tres… Las escaleras eran grises y frías. Mis zapatos hacían mucho ruido. Más alto, más alto, más alto.
Después de diez minutos, miré el número en la puerta.
Piso uno.
—Imposible —dije. Había subido muchas escaleras. ¿Cómo podía estar todavía en el primer piso?
Seguí subiendo porque tenía que llegar. Más rápido ahora. Mis piernas empezaban a sentir dolor. Mi cara estaba muy roja. Pero no paré.
Veinte minutos. Treinta. Una hora.
Miré por la ventana mientras subía. Vi la calle. Los coches parecían pequeños. «¡Estoy muy alto!», pensé feliz.
Pero entonces vi el número en la puerta.
Piso uno.
El miedo entró en mi corazón. Esto no era posible. Había subido durante una hora. Mis piernas temblaban. Mi corazón iba muy fuerte.
Bajé corriendo las escaleras. Tenía que salir de aquí. Tenía que encontrar la puerta.
Bajé y bajé. Cinco minutos. Diez minutos.
Llegué a una puerta. La abrí.
Piso uno.
Grité. Mi voz dio vueltas en el lugar vacío. No había nadie. Estaba solo en este edificio imposible.
Quise usar mi teléfono. No funcionaba. Nada funcionaba aquí.
Me senté en el piso frío. Tenía miedo. Tenía mucho miedo. ¿Qué clase de lugar era este?
Entonces escuché algo. Pasos. Alguien bajaba por la escalera.
—¡Hola! —grité—. ¡Ayuda! ¡Estoy aquí!
Los pasos pararon. Después, una voz:
—¿También entraste?
Era un hombre viejo. Tenía pelo blanco y ojos cansados. Su ropa estaba sucia y rota.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le pregunté.
El hombre me miró. Sus ojos estaban vacíos.
—Días. Semanas. Ya no sé. He perdido la cuenta.
—¿No hay forma de salir?
—La puerta de entrada… ya no está. Solo hay escaleras. Escaleras que van hacia arriba. Escaleras que van hacia abajo. Pero todas llevan al mismo lugar.
—El piso uno —dije.
—Siempre el piso uno.
Nos sentamos juntos. El hombre me contó su historia. También tenía trabajo aquí. También entró un lunes. Eso fue hace mucho tiempo.
—¿Has intentado abrir las ventanas? —pregunté.
—No se abren. Y no se rompen. Lo intenté muchas veces.
Miré las ventanas. Fuera, podía ver el mundo. Gente caminando. Coches pasando. Tan cerca, pero tan lejos.
—Alguien tiene que poder vernos —dije.
El hombre viejo rio, pero no era feliz.
—La gente pasa. Pero no nos ven. Es como si no fuéramos reales.
El tiempo pasó. Horas, tal vez días. No teníamos hambre. No teníamos sed. Solo estábamos aquí, sin poder salir.
Un día, escuché algo nuevo. Una puerta.
—¿Escuchaste eso? —pregunté.
El hombre se levantó rápido. Sus ojos tenían luz por primera vez.
Corrimos hacia el sonido. Allí había una puerta nueva. Una puerta que no estaba antes.
—¿La abrimos? —pregunté.
—No tenemos otra opción.
Tomé la puerta. Estaba fría. Muy fría.
La abrí.
Luz. Luz blanca por todas partes. Calor. El sonido de la calle, de los coches, de la vida.
—¡Podemos salir! —grité.
Corrí hacia la luz. El hombre viejo me seguía.
Cuando abrí los ojos, estaba en la calle. El sol brillaba en el cielo. La gente caminaba a mi lado. Todo era normal otra vez.
Me giré para ver al hombre viejo.
Pero no estaba.
Miré el edificio. Era viejo y gris, igual que antes. Pero ahora había un papel amarillo en la puerta.
Me acerqué a leer.
«CERRADO PARA SIEMPRE»
Y más pequeño, en letras rojas:
«Desde 1952»
1952. Hace más de setenta años.
¿Cuánto tiempo había estado el hombre viejo dentro? ¿Cuántos años subiendo escaleras que no iban a ningún lugar?
Caminé hacia mi casa. Nunca volví a esa calle. Nunca quise ver ese edificio otra vez.
Pero a veces, en mis sueños, escucho los pasos en la escalera. Y la voz del hombre viejo, todavía buscando la salida que nunca encontró.
¿Cuántos más están allí dentro, subiendo para siempre?
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