Wanderer
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La sangre cayó sobre la piedra. Cuatro hermanos, cuatro promesas. Si uno encontraba oro, todos lo compartían. Para siempre.
Ahora eran hombres. Marco, el mayor, tenía treinta años. Después venía Luis, luego Pablo, y el menor era Tomás. Vivían en un pueblo pequeño cerca de las montañas. Eran pobres, pero estaban juntos. Eso era suficiente. O eso pensaban.
Un día de octubre, Marco subió solo a la montaña. Buscaba un caballo perdido. No encontró el caballo. Encontró algo mejor.
Dentro de una cueva oscura, vio algo que brillaba. Se acercó con miedo. Sus manos temblaban cuando tocó el oro. Monedas. Muchas monedas de oro. Un tesoro antiguo, escondido en la montaña durante cien años.
Marco pensó en sus hermanos. Pensó en la promesa. Pero el oro cambia a los hombres.
—Esto es mío —dijo en voz baja—. Solo mío.
Esa noche, Marco no dijo nada. Comió con sus hermanos como siempre. Pero algo había cambiado en sus ojos. Tomás lo notó primero.
—Hermano, ¿estás bien? —preguntó Tomás.
—Estoy bien —respondió Marco—. Solo cansado.
Mentía. Estaba pensando en el oro. ¿Cómo podía tomarlo sin que nadie lo supiera? Necesitaba un plan. Un plan terrible.
Una semana después, Luis desapareció.
—¿Dónde está Luis? —preguntó Pablo por la mañana.
Nadie sabía. La madre de los hermanos lloraba sin parar. Buscaron todo el día en el bosque y cerca del río. Encontraron su sombrero en el agua. Nada más.
—El río está muy fuerte este mes —dijo Marco—. Quizás cayó al agua.
Tomás miró a Marco. Algo estaba mal. Pero no dijo nada. Todavía no.
Tres días después, Pablo también desapareció. Esta vez, encontraron su camisa en el bosque. Tenía sangre.
—¡Hay un animal peligroso! —gritó la gente del pueblo—. ¡Nadie debe ir al bosque solo!
Pero Tomás no creía eso. Él había visto cómo Marco miraba a Pablo antes. Había visto algo oscuro en los ojos de su hermano mayor. Algo frío. Algo terrible.
Esa noche, Tomás no podía dormir. Se levantó de la cama y caminó hacia la habitación de Marco. La puerta estaba abierta. Marco no estaba.
El corazón de Tomás latía muy rápido. Sabía lo que tenía que hacer.
Siguió un camino de tierra hacia la montaña. La luna blanca iluminaba el bosque. El viento era frío. Después de una hora, llegó a una cueva. Dentro, vio luz.
Entró despacio, con el corazón en la boca. Y entonces lo vio todo.
Marco estaba contando monedas de oro. A su lado, en el suelo, estaban Luis y Pablo. Atados. Vivos, pero atados. Sus ojos mostraban miedo.
—¿Los ibas a matar? —preguntó Tomás con voz fría.
Marco se levantó rápido. Sus ojos estaban locos.
—¡Tomás! ¿Qué haces aquí?
—Vengo por mis hermanos.
—Este oro es mío —gritó Marco—. ¡Yo lo encontré! ¡Solo yo!
—Hicimos una promesa —respondió Tomás—. Con sangre.
—Las promesas son para niños.
Tomás caminó hacia sus hermanos. Marco sacó un cuchillo largo.
—No te acerques más.
—¿Vas a matar a tu propio hermano? —Tomás no se detuvo. Su voz era tranquila pero fuerte—. ¿Por dinero? ¿Eso vale más que tu familia?
Marco temblaba. El cuchillo temblaba en su mano. No podía mover los pies. Tomás llegó hasta Luis y Pablo. Cortó las cuerdas con una piedra.
—Eres un monstruo —dijo Luis, levantándose. Su voz temblaba—. Mi propio hermano.
—El oro me cambió —dijo Marco. Cayó al suelo, con la cara en las manos—. No sé qué me pasó. Lo siento. Lo siento mucho.
Los tres hermanos miraron al mayor. Pablo quería golpearlo. Luis quería dejarlo solo en la cueva para siempre. Pero Tomás recordó algo importante. Algo que su padre siempre decía.
—Una promesa de sangre —dijo Tomás—. Para siempre. Eso incluye perdonar.
Tomaron el oro. Todos juntos. Lo compartieron exactamente como habían prometido cuando eran niños junto al río, hace muchos años.
Marco nunca volvió a ser el mismo. Algo estaba roto dentro de él. Pero sus hermanos nunca lo dejaron solo.
Porque una promesa de sangre no se rompe.
Ni siquiera cuando uno de ellos intenta romperla.
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