No Hay Tiempo

El teléfono suena. Marcos no conoce el número, pero responde. En tres segundos, su vida cambia para siempre.

—Tenemos a tu hijo —dice una voz fría—. Si quieres verlo otra vez, necesitas un millón. Tienes tres horas. A las seis, él muere.

Marcos no puede hablar. Su hijo Tomás tiene ocho años. Esta mañana fue a la escuela como siempre.

—Por favor —dice Marcos—. No tengo ese dinero.

—Tres horas. No llames a la policía. Adiós.

El teléfono queda en silencio. Marcos mira la hora. Son las tres. Tiene hasta las seis.

Corre a su banco. En su cuenta hay veinte mil. Nada más. Piensa en sus amigos, en su familia. Nadie tiene un millón.

Sale del banco y camina por la calle. No sabe qué hacer. El tiempo pasa muy rápido.

—Parece que tienes un problema —dice alguien cerca de él.

Marcos se da la vuelta. Ve a un hombre alto con un abrigo negro. Sus ojos son grises como el cielo antes de una tormenta.

—¿Quién eres? —pregunta Marcos.

—Alguien que puede ayudar. Sé lo de tu hijo. Sé lo del millón.

—¿Cómo sabes eso?

El hombre muestra los dientes pero sus ojos no cambian. —Puedo darte el dinero. Todo. Un millón en efectivo.

Marcos siente algo bueno por primera vez. —¿Por qué? ¿Qué quieres?

—Algo fácil —dice el hombre—. Hay otro niño. Se llama David. Tiene nueve años. Vive en la calle quinta, número diez. Su padre es un hombre muy malo. David necesita… irse.

—No entiendo —dice Marcos, pero sí entiende.

—Un niño vive, otro niño muere. Tú dices cuál.

Marcos da un paso hacia la calle. —Estás enfermo. No voy a hacer eso.

—Entonces tu hijo muere a las seis. —El hombre mira la hora—. Son las cuatro menos diez. Te queda poco tiempo.

Marcos camina lejos del hombre. Piensa que puede encontrar otra manera. Va a la casa de su hermano. Su hermano tiene algo de dinero, pero no mucho.

Llama a todos sus amigos. Uno tiene diez mil. Otro tiene cinco mil. No es bastante. Nunca será bastante.

Son las cinco. Una hora más.

Marcos se sienta en un parque. Mira a los niños jugar mientras el sol baja en el cielo. Piensa en Tomás. En su cara feliz. En cómo le dice «padre» cada mañana.

El hombre del abrigo negro viene otra vez. Se sienta junto a Marcos.

—El tiempo pasa. ¿Has pensado en mi idea?

—No puedo hacer daño a un niño para ayudar a otro —dice Marcos.

—No tienes que hacerlo tú. Solo tienes que llevarlo a un lugar. Yo hago el resto.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. Uno es tu hijo. El otro es un niño que no conoces. —El hombre saca un sobre de su abrigo—. Aquí está el dinero. Solo tienes que decir que sí.

Marcos mira el sobre. Dentro puede ver los billetes. Más dinero del que ha visto en su vida.

Son las cinco y media.

—¿Por qué quieres a ese niño? —pregunta Marcos.

—Su padre me debe mucho dinero. Más de un millón. Y no va a pagar nunca. Así que voy a tomar algo que él quiere mucho.

Marcos piensa. El padre de David es malo. Pero David es solo un niño. No ha hecho nada malo.

—No —dice Marcos—. No puedo.

El hombre se pone de pie. —Entonces, adiós. Lo siento por tu hijo.

Empieza a caminar. Marcos mira su teléfono. Son las cinco y treinta y cinco. Tiempo para nada.

—¡Espera! —dice Marcos con toda su fuerza.

El hombre para pero no se da la vuelta.

Marcos cierra los ojos. Piensa en Tomás. En sus ojos oscuros. En su voz alegre.

—Lo voy a hacer —dice Marcos. Las palabras salen de su boca como algo malo.

El hombre se da la vuelta y muestra los dientes. —Sabía que lo dirías. Todos los padres dicen eso al final.

Le da el sobre a Marcos.

—La dirección es calle quinta, número diez. El niño va a estar solo porque su padre trabaja hasta las siete.

Marcos toma el dinero. Sus manos no pueden parar de moverse.

Llama al número que lo llamó antes. —Tengo el dinero. ¿Dónde lo llevo?

Le dan una dirección. Va en su coche. Deja el dinero. Diez minutos después, su teléfono suena.

—Tu hijo está en el parque del centro. Vivo.

Marcos corre al parque. Tomás está allí, en un banco. Está bien. Marcos lo toma en sus brazos. Siente agua en su cara. Agua de sus ojos.

—Padre, ¿qué pasa? —pregunta Tomás.

—Nada, hijo. Todo está bien ahora.

Pero Marcos sabe que eso no es verdad. Porque ahora tiene que ir a la calle quinta. Número diez.

Mira a su hijo. Mira el cielo que se pone oscuro.

Y empieza a caminar hacia la dirección donde otro niño lo espera.

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