El Secreto del Abuelo

«Cuando yo muera, ve al árbol grande. Busca en la tierra». Esas fueron las últimas palabras de mi abuelo. Tres días después, estaba muerto.

Mi abuelo era un hombre viejo con ojos tristes. Vivía solo en una casa pequeña cerca del bosque. Mi abuela murió hace muchos años. Yo lo visitaba cada domingo, y él siempre se sentaba en su silla vieja para contarme historias del pasado.

El día que me llamó a su habitación, estaba muy enfermo. Su cara era blanca como la nieve.

—Ven aquí —me dijo con voz débil. —Se levantó un poco en la cama—. Tengo algo importante que decirte.

Me senté cerca de él y lo escuché con atención.

—El árbol grande cerca del río. Busca en la tierra. Cuando lo encuentres, vas a entender todo.

—Abuelo, ¿qué hay allí? —pregunté.

—No preguntes. Solo busca.

Después de su muerte, mi madre estaba muy triste. Mi padre no dijo nada, aunque vi lágrimas en sus ojos. Pero yo no podía olvidar las palabras de mi abuelo.

Una semana pasó. Cada noche pensaba en el árbol grande. ¿Qué había allí? ¿Dinero? ¿Algo viejo y de valor?

Un sábado por la mañana, me levanté muy temprano. Tomé algo para buscar en la tierra. Caminé hacia el bosque. El sol estaba alto, pero yo tenía frío. Algo no estaba bien.

Encontré el árbol. Era muy grande y muy viejo. Era tan alto que casi tocaba el cielo. Este era el lugar.

Empecé a buscar en la tierra. La tierra era difícil. Mis manos me dolían, pero seguí. Una hora. Dos horas. El sol bajó.

De pronto, algo paró mis manos. No era tierra. Era madera.

Busqué más rápido. Mi corazón latía fuerte. Vi algo que no podía creer.

Una puerta. Había una puerta en la tierra.

La puerta era vieja y negra. Tenía un número: siete. Nada más.

¿Debía abrirla? Tenía miedo, pero también quería saber.

Abrí la puerta. Vi escaleras. Escaleras que bajaban hacia la oscuridad.

No podía ver nada. Necesitaba luz.

Recordé mi teléfono. Lo saqué y puse la luz.

Bajé las escaleras. Una. Dos. Tres. Diez. Veinte. Las escaleras no terminaban.

El lugar estaba frío. El aire era viejo, como de cien años.

Al final, llegué a una habitación pequeña. Había una mesa, una silla, y una caja cerrada.

En la pared había fotos. Fotos de mi abuelo cuando era joven. Pero no estaba solo. Había otra persona. Un hombre igual a él.

Eran dos. Mi abuelo tenía un hermano. Un hermano que nadie conocía.

Abrí la caja con manos nerviosas. Mi corazón latía muy rápido. Dentro había papeles viejos. Y un libro.

Tomé un papel y lo leí.

«Querido hermano, no puedo más. El gobierno me busca. Voy a quedarme aquí, en nuestro lugar secreto. Si algo me pasa, cuida de mi hijo. Él no sabe la verdad. Algún día, dile todo».

El papel estaba viejo y amarillo. La fecha era de hace muchos años.

Mi cabeza no entendía. ¿Mi abuelo cuidó al hijo de su hermano? ¿Ese hijo era… mi padre?

Mi padre no era hijo de mi abuelo. Era el hijo de su hermano.

Y el hermano de mi abuelo… ¿dónde estaba?

Miré por toda la habitación. En una parte oscura, vi algo. Una cama pequeña. Y sobre la cama, algo que me dio miedo.

Era una persona. O lo que quedaba de una persona.

El hermano de mi abuelo nunca salió de aquí. Murió en este lugar. Solo. Esperando una ayuda que nunca llegó.

Ahora entendía todo. Mi abuelo guardó este secreto toda su vida. Y ahora, el secreto era mío.

Subí las escaleras lentamente. El sol ya no estaba. Era de noche.

Cerré la puerta y la cubrí con tierra. Nadie más iba a saber.

Caminé a casa con el libro viejo en mis manos. Tenía mucho que leer. Mucho que entender.

Mi abuelo no me dio dinero. No me dio cosas de valor. Me dio algo más importante.

Me dio la verdad.

Y algunas verdades son demasiado pesadas para llevar. Pero ahora, yo las llevo también.

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